Kitabı oku: «Nínive», sayfa 11
–Me siento como Rip van Winkle –dice, y los chicos le responden con una mirada impertérrita–. ¿Qué sucedió?
–Se ve bien, ¿no?
–¿Qué han hecho? ¿Dónde...? ¿Dónde está el maldito casillero?
¿Por qué, de entre todas las cosas que considera invaluables, se concentra en ese lúgubre artículo de mobiliario oficinesco para acusarlos? No tiene idea. La interrogante le parece burlesca desde el instante en que sale de su boca. No le importa.
–Toby, ¿y las jodidas alfombras? ¿Dónde carajos está todo?
–Pensamos que te gustaría –dice la muchacha, taciturna, detrás del hombro de Toby. Sin embargo, lo dice con cierto tono piadoso.
–¡Así fue! ¡Creímos que te gustaría! Vamos, tía Katya, ¡no te pongas como loca! ¡No pierdas el seso! –le toma la mano, intenta persuadirla, la consuela, le sonríe desesperadamente–. Vamos, por favor, se ve estupendo, ¿no? ¡Limpiamos todo! ¡Echa un vistazo! ¡Compruébalo!
Ella retira la mano. Él abre con brusquedad las alacenas de la cocina, enciende las luces, le enseña sus cajas de cereal en fila y su vajilla organizada. Por alguna extraña razón, Katya está al borde de las lágrimas. Aquel pobre y viejo casillero y sus tripas de papel estreñidas. Sus horribles gavetas congestionadas, que colgaban, deformes. Sus manchas de óxido negro.
–¿Dónde está?
–¡No te preocupes! Lo conservamos. ¡Está en el ático!
–¿Ático? ¿Cuál ático?
–¡Mira, mira! ¡Déjame mostrarte! No nos deshicimos de nada. Es sólo que... Aplicamos un poco de fung shu en este lugar, mientras no estabas. Creímos que sería una linda sorpresa para ti.
–¿Qué?
–Feng shui –corrige Tasneem por encima del hombro del muchacho, conteniendo la risa. Clava los ojos en Toby, como si fueran dardos–. Caray, hay gente que paga para que le limpien la casa.
–¿De eso se trata? –Katya se dirige a la chica– ¿Debo hacerte un cheque?
–¡Ey! –Toby se interpone entre ambas– ¡Por Dios!
Katya comienza a sentir horror, una zozobra que le aguijonea el pecho, pero al mismo tiempo, una parte recóndita de sí misma se deslumbra ante el espectáculo que supone este chico, este joven crédulo que no desiste de lo que ha resuelto. Observa el modo en que endereza la espina dorsal para defender a su chica. Mira a Katya con ojos aguerridos. Ella jamás lo ha visto obsesionado con alguien pero, por supuesto, no puede sino ser uno de esos héroes de historias de amor que ostentan un espíritu indomable.
Katya mueve la cabeza de un lado a otro, en señal de recriminación. “Mierda.”
–Tía...
–¡Joder, Tobes! ¡Limpiaste la casa!
Toby está enajenado. Le entrega algo... ¿Qué? Sus cuadernos. Los han desalojado del casillero y alineado en un estante impoluto. Los apuntala, a modo de sujetalibros, una fotografía de Sylvie: ¿qué genio perverso los condujo a esa decisión? Su madre refulge tras el cristal, en un portarretratos barato de madera barnizada con laca roja.
Katya no sabe en qué momento cogió la imagen, pero la sostiene en la mano y la arroja por encima del hombro en un rapto que le genera alivio: la tensión de su brazo se mitiga a partir del lanzamiento y el misil gira como un trompo, fuera de su alcance. ¡Un tiro impecable! No ha definido ningún blanco; sin embargo, el portarretratos no se estrella, por un pelo, contra la cabeza de Tasneem y, en cambio, destroza un tazón de arcilla repleto de fruta que Katya no compró y los fragmentos se diseminan en el suelo descarnado, y hay naranjas y manzanas en derredor. El estrépito es fabuloso, perfecto. Posee el tono preciso y la reverberación de un cataclismo, algo que la satisface. Siente que el sonido vibra a través de ella y escucha una voz que surge de su interior y se traduce en un grito rabioso: “¡Ni siquiera me gusta la maldita fruta!”
Los chicos han huido y ella contempla el escenario, confundida. Desanda el camino y halla a Toby y a Tasneem en el extremo opuesto de la casa, junto a la puerta de entrada, con los ojos desorbitados, encogidos y aferrados uno al otro como una pareja desventurada en una película de terror. Es gracioso. Ríe.
–Muy bien –dice Toby con un hilo de voz–. Creo que debemos irnos.
Y a continuación le da un zarpazo nervioso a las llaves y los ojos de la chica son una llamarada detrás de su hombro; acto seguido, ambos están fuera de la casa.
Katya permanece de pie durante largo rato, escrutando la mano que alzó para causar el estrago. Tiene sangre en el nudillo. Una sola gota, perfectamente redonda y escarlata. La observa mientras cae, milímetro a milímetro, y recorre su dedo, y luego se desliza por el anverso de la mano. No hay dolor. No entiende cómo llegó ahí. No recuerda lo que pasó, pero experimenta sosiego, casi paz, como si aquello hubiese ocurrido un millón de veces.
Se seca el nudillo. Lo mira de nuevo. La sangre no es suya.
¿Cómo?
Debe haberse rociado. La herida es de uno de los chicos. Quizá un pedazo de vidrio haya volado por los aires.
Se agacha para recoger los cristales y la alfarería rotos. Recoge una, dos, tres piezas, y posteriormente vuelve a desperdigarlas y se tumba en medio del desastre, y apoya la cabeza en la duela y gime.
–Oh, mierda –dice–. Oh, mierda, oh, mierda, oh, mierda.
Una esquirla afilada de arcilla se le incrusta en la frente, pero no se mueve. Presiona el rostro contra el suelo y se abisma en el dolor.
La rana sigue viva en su lata: eso ya es algo, al menos. La traslada escaleras arriba, con mucho cuidado para no trastabillar en la pendiente escarpada.
En el techo, a la altura del rellano de la escalera, vislumbra el contorno cuadrangular de un escotillón. El ático. Recuerda vagamente que siempre ha estado allí. Debe haberlo entrevisto en miles de ocasiones, pero nunca se le ocurrió aventurarse en él. No obstante, los chicos evaluaron las posibilidades; descubrieron que la casa tiene otras dimensiones, que la construcción podría expandirse. Que tal vez fuera más vasta, que tal vez excediera su demarcación conocida.
Katya se enjuaga la mano. Se dice a sí misma que no fue tan grave. Una breve escena en la que se tiran y desintegran objetos. Alguna gente lo hace todo el tiempo.
Pero no arrojárselos a Toby.
Su garganta se contrae de remordimiento. De un modo que no consigue descifrar, las horas han pasado: en el exterior impera la oscuridad. Demasiado tarde para llamar a Toby –odiaría despertar a Alma–. Demasiado tarde en todos los sentidos.
Por fortuna, Toby y Tasneem no purgaron los armarios del piso superior, y aún posee su reserva de materiales necesarios: una antigua pecera, un plato en el que suele verter agua. Un pequeño truco para tranquilizar a una rana: la volteas y le haces cosquillas en la panza, y se vuelve una masilla en tus manos. Es verdad. Katya la relaja y la posa en la humedad fría de la pecera. En una bolsa con cierre, que extrae de cierto cajón especial, hay una provisión de moscas muertas. Echa media docena en la pecera. Algunas ranas son quisquillosas –insisten en comer sólo insectos vivos y veloces–, pero esta examina a las moscas con interés.
Desde la ventana de su cuarto puede contemplar una melancólica vista panorámica del área de demolición. Parece una estampa de la Primera Guerra Mundial, con las trincheras llenas de agua. En este momento, resulta difícil evocar las formas de que lo que había allí previamente. En el extremo opuesto del parque, las calles residenciales dan lugar a bodegas y talleres, antes ocultos por los árboles. Ahora, sin embargo, el envés ajado de ese conjunto de edificios ha quedado expuesto. Las farolas de sodio evidencian desconchados en el revoque, agujeros herrumbrosos y toscos en el hierro corrugado. Seniles pero monumentales: sobrellevan la vida indolente y misteriosa de los edificios que han rebasado los límites del tiempo. Edificios que nadie ama y nadie habita, que no fueron construidos para tal propósito.
Katya sitúa escrupulosamente la pecera donde reposa el anfibio, sobre la mesa contigua a su cama. Es extraño lo que un pequeño acompañante puede lograr, incluso si la más humilde de las criaturas está a tu lado por la noche. Recuerda ese aspecto de su infancia: se quedaba dormida con una mascota diminuta y condenada a muerte, cautiva en una caja, junto a la almohada. La oscuridad era menos atroz, la soledad se atenuaba.
Nota
11 Palabra en lengua afrikáans que es una expresión injuriosa de desdén o rechazo. En este contexto significaría “lárguense”. [N. de la T.]
XI. ALMA
Durante la noche, las grietas en las paredes se acentúan.
Una ganzúa desmesurada irrumpe en el sueño de Katya para abrir de cuajo y horadar el mundo. Es una ejecución tan repentina, y finaliza tan súbitamente, que al despertar está convencida de que el ruido provino de su invención onírica: una de esas erupciones pesadillescas que te dejan con la sensación de una explosión amortiguada, como si el propio cráneo fuera una caja tapizada con fieltro donde se detonó una bomba minúscula.
Katya se incorpora, enciende la lámpara de su mesa de noche y tan sólo escucha. Nada. Salvo que el agua en el vaso cuadrado que hay a un lado de su cama se mueve, oscila de manera sutil a causa de alguna réplica del temblor. Observa las ondas en el agua, de formas geométricas; observa sus líneas de interferencia. Se vuelve hacia la cabecera y descubre que una nueva fisura negra serpentea verticalmente en la pared. Una hendidura de enorme grosor, un auténtico despeñadero. La raja desgarra la pared en medio de dos clavos que deben haber sostenido los cuadros de un inquilino anterior. Nunca se le ocurrió reemplazarlos con los suyos. Las diminutas astillas de yeso y pintura que bordean la grieta parecen agitarse (¿será verdad?) a partir de una brisa tan suave y acompasada como la respiración de un durmiente.
¿Es aquello un chirrido? ¿Un lamento sísmico? Un gruñido cimbreante, rítmico. Se detiene de improviso. Y después, tras unos instantes de silencio, escucha con claridad: “¡Jesucristo!” Una voz ronca, seca y con una tesitura de infinito sarcasmo.
–¿Toby?
Pero el ruido llega a través de la pared. Katya apretuja las sábanas y las desliza hasta su barbilla. Después se yergue y se apoya en la cabecera. Asoma un ojo por la abertura. Mira hacia dentro. Negrura absoluta en el intersticio. ¿Es este un muro de carga, sea cual sea, estrictamente, su significado?
Alguien tose.
¿Papá?
Su dormitorio se erige sobre la cochera y siempre ha podido oír, a través de la pared, el tumulto velado del callejón: el traqueteo de los contenedores de basura, los silbidos de los hombres encargados de transportarlos. Pero ahora es capaz de detectar nuevos elementos, de modo sensible y pormenorizado: el bufido de un aliento, un refunfuño apenas audible.
–¡Ay! –se aflige un hombre–. Oh, Dios. Otra vez, otra jodida vez.
Una voz hastiada del mundo, trágicamente divertida.
Se trata de Derek, de la voz que conoce, pero su tono le resulta ignoto: ¿dónde está el engatusador, el mendigo de monedas y café, el coleccionista de palillos y vasos de cartón? ¿Quién es este otro Derek? Abre la boca junto a la grieta, lista para vociferar su nombre, pero la cierra de inmediato. Se cohíbe.
De nuevo un chirrido y una crepitación desde el interior del muro. Del otro lado, alguien se tira un pedo –el fragor es inequívoco– y alguien más se queja: una mujer, piensa. El polvo del yeso flota en torno a su cabeza, proveniente del techo, como el más delicado confeti.
¿Caerá la estructura entera encima de ellos? Si da un paso fuera de la cama, ¿se partirá en dos la construcción, igual que un huevo? ¿Sería pertinente ir a la planta baja y agazaparse bajo la sólida mesa de la cocina? No recuerda lo que se supone que uno debería hacer en caso de un terremoto. ¿Sería oportuno convocar a la pandilla de Derek y parapetarla dentro de su casa? ¿O estarán más a salvo fuera? Sin embargo, el cielo que otea desde su ventana se ve relumbrante e inerme, lleno de cosas incisivas.
Ni una sola palabra traspasa el muro, pero después de un rato discierne un resuello: alguien husmea, constipado y con la boca abierta. Poco más tarde, el olisqueo se modula y transforma en un ronquido perruno. Ella apaga la lámpara de su mesa de noche. La fisura persiste: una raya dibujada con carboncillo, de matiz apenas más lívido que la pared. El amanecer debe estar en camino. Katya yace en la cama, separada de Derek y sus compinches únicamente por la anchura y la altura de un muro fracturado. ¿Cuánta gente duerme en el callejón? ¿Cuántos hálitos percibe? Se propone contar los ronquidos. ¿Será audible su propia respiración en medio de la noche?
Es una casa antigua, edificada con solidez, que se ha mantenido en pie durante casi un siglo pese a sus cimientos tornadizos. No consigue imaginar algún peligro real: las paredes en efecto desmoronándose sobre ella. Se recuesta bocarriba, mirando al techo. De pronto fantasea con que las junturas de las paredes se desensamblan con docilidad, como un huevo de Tiffany o el armazón de un telescopio ciclópeo, dejándola a la intemperie, bajo las estrellas. Rememora imágenes de casas que padecieron ataques aéreos o terremotos: camas suspendidas, impávidas, y muros y tejados desaparecidos. Su cama escora ligeramente hacia aquí y hacia allá: un navío que se mece en el océano a medianoche. Y en la esquina de la habitación, a modo de acompañamiento de la melodía de su sueño, inicia un croar rítmico, a garganta batiente: la pequeña rana cantando en la oscuridad, muy, muy lejos de su pantanoso hogar.
Por la mañana, Katya se dirige escaleras abajo y barre el piso y guarda la fruta magullada. Observa todo a su alrededor y aprecia lo que Toby y Tasneem lograron. Ahora puede distinguir lo que siempre estuvo oculto bajo el cochambre y el hacinamiento: superficies que, de hecho, jamás había palpado antes. Alguien colocó hojas de helecho en una botella de cristal, sobre la repisa de la cocina. También distribuyó abarrotes en prístinos tarros de vidrio: arroz, cierto tipo de harina amarillenta, nueces. Se ve bien. Organizado. Flamante. Incluso espacioso.
No consigue hallar nada. Una inteligencia alienígena –sin duda Tasneem– empacó y clasificó los objetos en función de tácticas y categorías desconocidas. Las tijeras cuelgan de un nuevo trozo de cordel atado a un gancho, a un costado de la alacena. Los imanes del refrigerador están dispuestos en fila. Los viejos periódicos, plegados y acomodados bajo el fregadero. Todo obedece a una lógica cabal.
Ciertamente, alguien vociferó la orden de asear y modificar el espacio, y cada pequeño objeto de la casa se sacudió el polvo y se subordinó al mando (tal como se esperaba de él): las revistas conforman una pila con los bordes aplanados, las copas de vino se erigen firmes y al pie del cañón. ¡Tasneem! Tan joven y ya convertida en un poderoso sargento instructor del mundo material.
Resulta extrañamente excitante habitar este escenario trasfigurado, pero de pronto Katya ignora a quién le pertenece en realidad el lugar.
Es como si estuviera custodiando la casa de una versión diferente de sí misma, que mora en otro universo.
Desayunar, eso es lo que necesita.
Tras una larga búsqueda, encuentra los tazones de cereal agrupados en el cajón inferior del aparador, pero no localiza las cucharas. Por fin atina con el filtro de papel, el café, la leche y lo demás. Inaugura la jornada con una enorme taza de café muy fuerte, que agradece como si fuera la última que beberá en su vida, y se pregunta si la inverosimilitud de los últimos días –algo más acentuada de lo que considera normal– podría atribuirse a la falta de cafeína.
Una vez que ha terminado de comer, se descubre lavando la taza y el tazón y colocándolos en el sitio donde los halló. Empuja las sillas, en posición sesgada, para que queden prolijamente yuxtapuestas a la mesa. Coge su bolsa, algunas prendas y la caja en la que alberga a la rana. Cuando echa el cerrojo de la puerta tras de sí, es como si estuviera abandonando la habitación de un hotel, un lugar donde quizá nunca vuelva a pernoctar.
El hecho de que Katya no recuerde en automático la ruta supone un indicio del vínculo entre ambas: no visita con frecuencia el hogar de su hermana en Claremont. En la calle donde reside Alma las casas son modernas, de una sola planta y con exuberantes jardines delanteros y traseros, hermosamente cultivados. No hay ni una sola fachada oprobiosa. La de Alma se ha embellecido de modo singular: pintaron el muro en tiempos recientes.
En ocasiones parece insólito que un niño, tan chapucero como Toby, haya emergido de este disciplinado seno familiar. Katya sabe que eso también conflictúa a su hermana. Alma está atenta a su incierto linaje y procura verlo expresado en su hijo: siempre destaca la forma de la oreja, de una mano, y trata de rastrear hasta el más mínimo rasgo de papá, de Katya y de mamá que podría haberse infiltrado en la mixtura. Jamás ha querido revelar quién es el padre de Toby, lo cual –opina Katya– evidencia su deseo de recluirlo, de conservar partes de él sólo para ella. Sus bebés, los gemelos que tuvo con Kevin, el rollizo marido, tienen rostros anchos, vivaces, rozagantes, y cabello castaño. Y, como sucede con Toby, no se asemejan en nada a los Grubbs.
Resulta bastante difícil ingresar a la casa de Alma, y no porque haya una puerta de cochera averiada. Aquí los obstáculos son más bien deliberados: muro prominente, valla electrificada, ningún timbre (lo eliminaron a fin de que los pordioseros no importunaran a la familia). Katya hace tintinar sus llaves en la verja de seguridad. No hay respuesta.
–¡Alma! –se aferra con los dedos al remate del muro, como si se tratara de garfios, y se impulsa hacia arriba –las puntas de los pies escarban las juntas que unen los paneles de hormigón prefabricado.
–Aquí estoy –dice Alma, que surge repentinamente empuñando una pala de jardinería. Sus semblantes se hallan a pocos centímetros de distancia–. Acabamos de pintar esa pared, ¿sabes? Y la estás rasgando.
–Entonces déjame entrar, ¿por qué no?
Sin embargo, Alma la obliga a escalar. Una conducta infantil por parte de ambas. Alma eleva la mano, como si tuviera la intención de auxiliar a Katya, pero ni siquiera la toca mientras se contorsiona, prendida del muro. Es alto, pero Katya posee vigor en la parte superior de su cuerpo. Da un salto y sus pies aterrizan en la tierra removida de un cantero de flores.
Siempre es así: Alma y ella. Ambas en estado de alerta ante una guerra no declarada. Su hermana baja el arma y la entierra en el suelo.
A sus espaldas se despliega el jardín, derrotado. Cada planta conoce su sitio. No es un jardín frondoso, sino más bien un mosaico, un entramado de concreto con incrustaciones que son parcelas de césped, circundado por angostos parterres de flores de pétalos pequeños, flores hieráticas, sembradas en puntos estratégicos. Alma está muy orgullosa de él, pero Katya nunca ha visto semejante colección de plantas descorazonadas, vencidas. Y el césped, el césped, el césped: nada pletórico y rimbombante como el de los Brand, sino cuadriculado, dividido en rombos y paralelogramos. En el centro de cuatro senderos convergentes se alza un bebedero para aves hecho de hormigón. No hay algas en él y, con toda certeza, ni un solo pájaro. Hace tiempo que Katya no se paseaba por aquí. Mira de soslayo a su hermana y la examina. A Alma le disgusta que la miren, y siempre advierte cuando alguien lo está haciendo.
Aún tan delgada... Katya no es voluminosa, pero toda la vida su hermana la ha hecho sentir regordeta, abultada, constreñida dentro de su ropa. Alma viste de blanco, enteramente de blanco, y su cabello lábil pende hacia atrás, en una trenza apretada.
¿Quién se dedica a la jardinería con un atuendo blanco? No obstante, Katya admite que se trata de un uniforme impar.
–Viniste a pedir disculpas –dice Alma.
Katya desvía la mirada.
–¿Anda por aquí?
–Ayer estaba muy enojado –Alma arquea una ceja en dirección a la puerta principal, entreabierta–. Se encuentran en el fondo.
Katya sigue el bonito trasero de su hermana, que enfila hacia la casa y se desliza por un pasillo. De algún modo, Alma se las arregló para atinar con una casa tan simétrica como ella misma. Un extenso corredor conduce hacia el fondo; hay puertas a izquierda y derecha. Al final está la cocina, de ángulos rectos, cuya puerta posterior se ubica entre dos grandes ventanas.
Todo resplandece. Los vidrios lucen inmaculados; las persianas recorren exactamente una quinta parte de la extensión total de los cristales. Afuera, más césped y otro muro de hormigón prefabricado, con sus tablillas rectangulares tan homogéneas como las celdas vacías de una hoja de cálculo.
–Qué tal, Annabel –le dice Katya a la niñera, que lava la vajilla.
–Hola, mi querida –sonríe Annabel, una mujer más o menos de su misma edad. Katya no frecuenta esta casa, pero cuando acude, siempre charla con Annabel. Se dirigen sonrisas cómplices ante las pequeñas manías de Alma: a sus espaldas, por supuesto. En ocasiones, Katya fantasea con robársela a su hermana y contratarla como su secretaria, pero la triste realidad es que no puede darse el lujo de pagarle lo que obtiene aquí por cambiar pañales.
La cocina está en penumbra; sin embargo, el mundo exterior que se columbra a través de la ventana arde con una luz franca y cándida. Y he ahí sus tres sobrinos: Toby en el pasto, con las piernas en un arenero, y los gemelos jugando en torno a sus pies. ¡Arenero! Katya no recuerda la última vez que vio uno. Lo juzga extrañamente obsoleto, igual que las casas rodantes y las piscinas armables. Rememora un arenero de su pasado remoto, en algún jardín de infantes situado quién sabe dónde. Nadie jugaba en él porque tenía caca de perro. Pero no hay perros ni gatos que puedan arruinar la sedosa consistencia de esta arena.
–Lo enfureciste –reitera Alma. Habla sin la menor discreción frente a Annabel, como si la mujer no estuviera allí.
–Él me enfureció a mí.
–Por el amor de Dios, Katya. Los chicos creyeron que sería un gran detalle para ti. Toby ha reparado tres millones de cosas en tu casa y jamás protestaste. Pero ahora asea todo por ti y tú... tú te vuelves loca –Alma cruza los brazos a la altura de su pecho reducido–. Y no me levantes las cejas de esa manera.
–No discutamos, Alma. No soporto la idea de pelearme contigo y con Toby a la vez. Y sí, en efecto vine a ofrecer una disculpa, dicho sea de paso.
–Eso sería el principio. ¿Y qué tal si también te disculparas por todo lo demás, ya que estás en ello? Todo aquel trabajo que le has pedido que hiciera...
–¡Ey! Tú eres quien me lo manda constantemente.
–No me refiero a ese trabajo. Me refiero al tuyo. ¡Está cubierto de mordeduras, Dios mío! –su voz árida se quiebra; es, por unos instantes, la voz de una niña, aguda, casi sibilante de aflicción–. Y pienso en mamá...
–Alma.
–Esa vida. La aniquiló.
El corazón de Katya da un vuelco en tanto ambas hacen una pausa gélida.
–Alma –repite desdichadamente.
–No, no... No me estoy desestabilizando, no me voy a conturbar. No –respira, inhala y exhala de manera deliberada, y cuando vuelve a pronunciar palabra, su voz es incolora–. Haz algo por mí, Katya. Contempla tus manos.
Pese a su reticencia, las analiza. Están llenas de cortes y rasguños, costras y mordeduras.
–Eso es lo que te has hecho a ti misma a partir de esa vida. Piénsalo.
Comprende lo que Alma quiere decir. Lo que observa son las manos de papá. Y su hermana la ha acallado: aquel es otro elemento indisputable.
–Vayamos afuera –dice Alma–. Han preparado ensalada.
Katya se demora un segundo en la puerta posterior, mirando a los gemelos jugar. Los han provisto, con opulencia, de juguetes educativos, y el arenero rebosa de excavadoras y camiones de plástico rojos, amarillos y azules. Los niños los hacen acometer la arena con ansias, pero el suelo no es idóneo para excavar: por más que lo intenten, las perforadoras no dejan huella. La arena seca resbala una y otra vez y rellena las hondonadas, cubriendo los vehículos de plástico y las manos rechonchas que los sujetan. Debe haber toda clase de cosas perdidas en ese arenero, perdidas para siempre. Katya se pregunta qué tan profundo será. Los pies desnudos de Toby están completamente hundidos en él, hasta los tobillos. Cada cierto lapso estira uno de sus largos brazos, y atrapa y mantiene alejado a algún gusano errante. Tasneem deambula detrás del grupo, sosteniendo un tazón de vidrio.
Alma toma en brazos a uno de los gemelos, al varón, y lo acuna. Katya no puede evitar sentir orgullo y admiración hacia su hermana, pese a todo. Es tan esmerada... tan pulcra, tan precisa... Sus facciones nítidas, su cabello ceñido con severidad, su simetría. ¿Se trata de una quimera? ¿Poseen algunas personas rasgos genuinamente más equilibrados que otras? Y es que no existe otro modo de describir el fenómeno. Alma posee una simetría peculiar y bilateral, como una mariposa nocturna desvaída pero cuyas alas exhiben una urdimbre exquisita.
Lo cual resulta curioso, desde luego, porque Alma no lo es. No es simétrica, a decir verdad.
Su hermana siempre lleva el mismo tipo de prendas. Es una de las cosas que tienen en común: no usan vestidos a menudo. A Alma no le agradan porque con frecuencia carecen de bolsillos y necesita ocultar su mano. Mucha gente, relaciones casuales o incluso amigos, ignoran una de sus particularidades: dos dedos de su mano derecha están curvados, cual si fueran zarpas. Tiempo atrás se los fracturó de manera aparatosa y los huesos jamás soldaron correctamente. Esperó demasiado para ver a un doctor. O quizá nunca consultó a un médico –Katya desconoce la historia completa–. El hecho de que sea capaz de disimular tan bien la lesión da testimonio de su temple y del dominio que ejerce sobre sí misma. Puedes entablar un vínculo con ella durante años y no reparar en la deformidad. Solía ser diestra, pero ahora sostiene los bolígrafos con la mano izquierda.
Katya atisba a Alma caminando por el jardín –las piernas del niño alrededor de su cadera– y advierte una tenue pérdida de ecuanimidad: imperceptible, sin duda, para cualquiera excepto ella.
Es un día soleado. A Alma no le generan inconvenientes los árboles que brindan sombra en virtud de su follaje, que dejan caer hojas y subvierten el aliño del césped. Katya suspira y se posa sobre el césped. Todos se vuelven para mirarla: Alma, Toby, los gemelos de pelo oscuro y Tasneem. Kevin no se encuentra aquí –por lo regular está en viajes de negocios–, pero eso parece tener escasa relevancia. Alma y su prole constituyen una familia íntegra. Una familia dispuesta a incorporar a Tasneem –eso indican las circunstancias–, pero no del todo a Katya.
–Hola a todos –dice.
Toby ondea el brazo de la bebé en señal de saludo.
–Hoy te ves elegante –afirma Tasneem, y la exaspera. Katya no viste nada especialmente chic: jeans negros, que acaba de comprar, y una blusa entallada. Quizá la muchacha crea que ha hecho un esfuerzo desusado a la hora de arreglarse.
–Perdón por lo de ayer –Toby se apresura a decir–. La casa y demás.
–Sí, bueno –Katya le dirige una sonrisa sesgada a la gemela–. Como sea. Tal vez puedas explicarme dónde pusiste el maldito sacacorchos.
–Tercer cajón, debajo del fregadero –dice Tasneem. Sus ojos son inquisitivos. ¿La tía Katya desea frenéticamente su sacacorchos? ¿Beberá en exceso?
A su vez, Katya examina a los adolescentes; escudriña su piel de modo furtivo. Alma exageraba, por supuesto, cuando aseguró que Toby posee mil mordeduras. El chico es de porcelana y vidrio marino. ¿Cómo demonios se entreveraron los genes sórdidos de los Grubbs para crear a semejante espécimen? Ambos, Toby y Tasneem, parecen ilesos, de hecho. Recién salidos de fábrica.
No obstante, Toby gira el rostro y Katya ve una pequeña cisura en su mejilla, una fina pincelada escarlata justo debajo del ojo. Tal visión hace que sus propias mejillas y su nuca se hielen.
Aguarda a que sólo Toby la mire y atestigüe su contrariedad, y entonces toca su propio semblante con la punta del dedo. Él se encoge de hombros y tuerce el gesto.
Hay que pedir disculpas. Katya –eso se le ha dicho– no se portó bien con ellos.
Al menos la sangre no era de Tasneem. Experimenta cierto consuelo, un ápice de alivio abyecto. Al menos todo quedó en familia.
Han instalado una mesa de caballete. Con cuchillos y tenedores y servilletas. Katya permite que la conduzcan, como a una inválida, a su asiento, y durante los primeros minutos impera un silencio circunspecto.
¡Ensalada! ¿Qué clase de chicos estrafalarios son estos? Comen ensalada y, más aún, lo hacen con gran seriedad, concentración e ingenio. Toby organiza tazones de colores verdes y rojos troceados y amarillos hechos puré, y elabora complejas parcelas de lechuga dispuestas en capas. Tasneem punza la piel de un tomate con sus aguzados incisivos. La mandíbula de Toby se torna desmesurada cuando mastica, y su manzana de Adán rebota conforme cada manojo triturado baja por la faringe.
Los dos muchachos han recobrado su buen humor. Quizá la furia de una tía –igual que una casa caótica– sea fácilmente doblegada con juventud y tesón. Los ojos de Katya y Tasneem se cruzan a través de la mesa y ambas instituyen un armisticio raudo y tácito: la primera lo sella con un guiño y la segunda con un toque en los labios, para lo cual utiliza una servilleta de papel.
Katya podrá introducir tal cantidad de vegetales en su sistema, pero nunca estará hecha de la misma tela con la que estos niños puros fueron confeccionados. Ellos jamás se habrían llevado a la boca la carne de ternera –comida del inframundo–. Tal vez, tras haberse alimentado de esa toxicidad, Katya ahora deba regresar una y otra vez a Nínive.
