Kitabı oku: «Nínive», sayfa 12

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El ruido que hacen al comer –crujidos, raeduras y masticación– le añade dinamismo al acontecimiento. A Katya le resultaría intolerable compartir muchos más almuerzos de esta índole. Por el momento, sencillamente agradece la ausencia de conversación.

Los chicos parecen bellos insectos: pequeños ayudantes que mantienen a raya las plagas del jardín, cuyas quijadas no dejan de moverse. Toby es alto y esbelto, de ojos gigantescos y mentón triangular, semejante al de una mantis religiosa. Incluso tiene las manos enlazadas, como si orara de forma inconsciente por algo. ¿Por qué no lo advirtió antes? Los gemelos: larvas adyacentes. Tasneem es un escarabajo lustroso y atareado.

Comparada con ellos, Katya es demasiado blanda, demasiado indolente para ser un insecto. A lo sumo podría identificarse con una mariposa nocturna que, de manera sigilosa, muda su materia orgánica en un rincón. Hunde su probóscide, humildemente, en el aderezo de la ensalada. La ira de ayer se ha disipado. En lo que concierne a los chicos, se trata de la edad, piensa. La edad imbatible. ¿Cómo puede negarles algo?

Tasneem, animada, idea nuevas maniobras para recoger los platos y la cubertería: se apilan y amontonan a la velocidad de la luz y a continuación trasbordan hacia la cocina, donde los recibe Annabel. La mesa es un soldado en descanso a la espera de las próximas directrices.

Toby tiene a un infante en cada rodilla y Alma merodea tras él, y la estampa se asemeja a un diagrama de la reproducción. Katya está anonadada: ¡todos esos seres flamantes han salido del cuerpo de su hermana!

Se siente erizada, de nuevo fuera de lugar. Como si poseyera ranas en el bolsillo. Aún no le ha contado nada a Alma acerca del encuentro con su padre, y ahora duda si lo hará. El riesgo de liarse en otro altercado es demasiado grande.

Ociosa, coge un juguete tirado en el césped, a sus pies. Es una rana de plástico: uno jala un cordel de su boca, amplia y sonriente, y el animal deglute el cordel mientras se oye una canción metálica. Sostiene el artilugio con una sonrisa.

Alma le devuelve la sonrisa, pero sus ojos son adustos: no reconocerá ningún mérito; no el día de hoy.

–Es del hermano de Kevin –dice–. Bonito, ¿no?

La rana engulle el dedo de Katya, atrapado en el aro del cordel. Resulta levemente doloroso. Extrae su dedo con un suspiro. Todo esto es muy vivificante, pero ya fue suficiente. Evoca al señor Brand: su carácter mercenario, su anillo de oro grabado, su apretón de manos refinado y categórico. Se levanta de la mesa y los demás apenas se percatan: están absortos en su juego.

–Ahora debo retirarme –dice–. Llamadas de negocios.

Tasneem sonríe y Toby se despide con la mano, igual que los gemelos. Pero Alma pone los ojos en blanco, fastidiada, y Katya sabe por qué lo hace: escucha la voz de su padre cuando su hermana menor habla de ese modo.

XII. SACRIFICIO

Los prados de Constantia se antojan insulsos y yermos tras haber experimentado los placeres menos ostentosos y más intrincados de la ciénaga. Todo es pacífico; al parecer, todo está recortado, siguiendo una disciplina que no da lugar a la menor desobediencia. Pero una experta en reubicación de plagas siempre puede detectar los baluartes anarquistas en un paisaje. Por ejemplo, esas aves, ibis hadada, no deberían estar aquí en absoluto. Grandes y escandalosas holgazanas, con sus picos similares a los de los pterodáctilos y sus gritos estridentes. Se trata de inmigrantes recién llegadas del norte, que empujan a un lado a la gallina de Guinea. Katya siente cierta admiración hacia esas alborotadoras taimadas. En lo que respecta a las pestes, son dignas adversarias.

En la residencia de los Brand, Katya se estaciona junto al jardín rocoso, se echa la bolsa al hombro y asciende por el césped. El sitio le parece vasto y silencioso: hoy no tiene lugar una fiesta. El agua azul yace en el regazo de la piscina con forma de alubia. Árboles de plata se dirigen susurros unos a otros, y sus manos planas se curvan para disfrazar el sonido.

El árbol que fue víctima de las orugas luce saludable, aunque quizá un poco convulso aún por sus peripecias recientes. Ya han comenzado a brotar unas cuantas hojas nuevas. Por puro hábito, Katya fisga el macizo de flores en busca de hormigas león, insectos palo y camaleones.

Algo surca el aire, como un relámpago, por encima de su cabeza. Katya se agazapa y luego mira a su alrededor. Más allá del cantero se alza otra amplia meseta de césped, y sobre ella, a la distancia, hay una silueta familiar balanceando un palo de golf. ¡Qué maravilla dedicar los días a juegos y pasatiempos! La distancia reduce el imponente volumen del señor Brand: se ve simplemente fornido.

El arco que traza la pelota es hermoso y atrae la atención... Hasta que una de las ibis hadada decide remar a lo largo del cielo y parodia el curso elíptico –y necio– de la bola de golf. El hombre hace una pausa, se inclina sobre su palo y sigue al ave con la mirada. La ibis hadada vira a la izquierda, de manera socarrona, y aletea para posarse en la copa de un árbol. Katya surge del sector posterior del macizo de flores.

Un extenso sendero de césped puede concebirse como las tablas de un escenario, un escenario que expone y le da forma al cuerpo que se sitúa sobre él. Mientras se desplaza, Katya tiene una conciencia perspicua de la forma que va dibujando en el trayecto: una figura verde brillante sobre un verde tenue, una figura que sujeta un cuaderno contra el pecho. Sin embargo, cuando se camina sobre la hierba, los pasos son mudos y debe transcurrir cierto intervalo –en el que podría cambiar de idea, volverse, huir– para que él repare en su presencia. El señor Brand no reacciona, no exactamente; sólo gira en torno a su palo de golf para confrontarla de modo más directo: otro actor sobre las tablas del escenario verde. Se encuentra demasiado lejos como para que ella pueda otear su expresión.

En tanto Katya se acerca, él amenaza con volverse más alto; se torna más corpulento a cada paso. Ahora puede ver que la contempla con la boca cerrada, circunscrita. Difícilmente aquello sea una sonrisa.

–Señor Brand –dice, con la mueca de una trabajadora entusiasta.

–Grubbs –responde–. Grubbs hija.

No obstante, ha perdido ímpetu, igual que Zintle.

–¿Quería usted verme? Solicitó que viniera.

Las cosas ya se estropearon, puede percibirlo. Lo ve cansado y fuera de sus casillas. Basta con echarle un vistazo a lo que lleva puesto: un atuendo deportivo azul y flácido. Es obvio que había olvidado la cita. Y basta con echarse un vistazo a sí misma: está aferrada a una rana, sonríe como idiota, viste un uniforme verde ponzoña y soporta una carga de incentivos personales enrevesados. No es un paquete de regalo seductor.

Lo que necesitan en este momento es un whisky.

–Excelente –dice–. Ven, tomemos un trago. Mi esposa está fuera.

Una vez en la casa, el señor Brand olfatea el bar e, indiscutiblemente, recobra algo de su brío anterior. La residencia es fresca, espaciosa, de techos altos, y huele a madera pulida y a lavanda. Hay una estancia con puertas de cristal que conducen a los prados y a la piscina.

Cuando Katya era niña, las normas y la armonía de las casas de otras personas la desconcertaban y atemorizaban un poco. Recién ahora puede columbrar un sitio como este –su destello de alto nivel– y advertir la labor incesante de un batallón de sirvientes que revitalizan y protegen las superficies impolutas. Una tarea sempiterna. En el instante preciso en que mira las cosas, una delgada película de suciedad lo cubre todo: el vidrio de la mesa de centro, el arreglo floral desecado, la propia figura del señor Brand.

El individuo se mueve con bullicio en un bar esquinero y coloca dos vasos de límpido whisky en la mesa de centro. Hay un sofá de un lado y, del otro, dos sillones reclinables. Katya titubea y luego elige el sofá. Observa que el señor Brand cavila, hace un cálculo rápido y opta por el extremo opuesto del sofá. El almohadón se hunde con el peso de su corpulencia y ella se siente irresistiblemente atraída hacia él.

–Bueno. Tengo algo que mostrarle –saca la caja con un ademán teatral. En aras de su presentación el día de hoy, transfirió a la rana de su antigua lata a una cajetilla de cigarros de madera, mucho más distinguida. La pone en el centro de la mesa.

–¿En la caja? –extrae de su bolsillo unos pequeños lentes de ver de cerca y los desliza sobre sus ojos. Le dan un aspecto de hombre de edad avanzada y, a la vez, de tipo astuto. Y la balanza del encuentro se inclina nuevamente hacia el negocio que les atañe. Ella repara en que el señor Brand está aguardando que su empleada abra la caja. El sujeto no hará nada por sí mismo.

Katya se toma su tiempo y despliega el cuaderno sobre la mesa, alisando las páginas. Él encuentra sus garabatos ininteligibles, pero al menos constatan alguna clase de diligencia: un poco de tinta derramada a fin de rendirle cuentas. En su bolsa también lleva un reporte escrito a máquina, cuyo contenido es muy exiguo.

Ella necesita un rato para meditar las cosas. Debe ponderar varios factores; hay elementos que revelar y otros que ocultar. No debe perder de vista lo que vino a hacer aquí, lo que desea conseguir.

–Le complacerá saber –comienza– que hallé algo muy interesante en el área de Nínive. Obtuve una muestra –abre con brusquedad la caja, cual un joyero que alardea del destello de un anillo frente a un novio indeciso.

Vierte a la rana sobre la mesa. La toca con la punta de su lápiz. En este instante, se siente una con la criatura: están en sincronía; realizan un acto a dúo en una feria. Es como si sólo tuviera que desafiarla para que elabore una suma, dos más dos, y la rana pudiese marcar el ritmo de la respuesta con una de sus patas palmeadas.

El señor Brand contempla a la rana con frialdad. El animal emite un hipo asombrosamente estentóreo. Es la primera vez, en toda la jornada, que rompe su silencio.

–Es una rana –dice él.

–Bueno, sí.

–Una rana. Una sola rana. Me has traído una sola rana. ¿Y para esto te estoy pagando?

–No, bueno. Obviamente, su problema de infestación no se trata de esto, no como tal. Lo demás tomará más tiempo. Según entiendo, los insectos aparecen después de la lluvia –Katya prosigue, cometiendo un error garrafal–, pero lo que tenemos aquí es muy peculiar –arrea al bicho, utilizando el lápiz a modo de fusta, hacia su palma. Le da golpecitos reconfortantes con la punta.

Advierte que el hombre la mira fijo. Su cabeza gravita hacia un lado; sus dedos circunvalan el cristal de la mesa.

–Ustedes los Grubbs y sus ranas –dice con aire indulgente–. ¡Ranas! Tu padre también trató de embaucarme con eso, ¿sabes? Trató de venderme un balde de ranas. ¿Por qué demonios habría de preocuparme por una rana?

Katya no tarda en darse cuenta de que la situación está fuera de su control. Respira profundo y ejecuta su lance:

–Porque representa una complicación.

Él refunfuña.

–Grubbs, ¿a dónde quieres llegar?

–El asunto es que tiene usted un medio ambiente de lo más inusual. Todos esos animales en vías de extinción...

–¿Animales en vías de extinción? ¿Qué, rinocerontes? –ríe de manera agresiva, proyectando su mentón hacia fuera.

–Animales como este. Heleophryne rosei –extiende su mano hacia el señor Brand para ilustrar su discurso. La rana permanece en su palma, displicente, inmutable y extrañamente pesada–. Es la rana fantasma de la Montaña de la Mesa. Rarísima. Amenazada de modo crítico. Sólo se encuentra en unos pocos arroyos de la montaña. Y, da la casualidad, también en su urbanización.

El hombre repliega una mueca mordaz, a la espera de la estocada.

Ella le sonríe, pesarosa.

–Ocurre que estoy legalmente obligada... Tengo que informarle al Consejo de Parques Nacionales. Puede afectar el curso de las cosas. Puede generar demoras.

–¡Jesucristo! ¡Mierda! ¡Construí un maldito río a lo largo del lugar para las jodidas ranas! ¿Qué más quieren?

–El asunto es que podría requerir a alguien, en su complejo, capaz de lidiar con las circunstancias. De forma más duradera. Personal de mantenimiento, por así decirlo.

–Esa serías tú.

–Esa sería yo. Podría alojarme en las dependencias destinadas a los conserjes, en el departamento que ocupé. Creo que mis honorarios le parecerán razonables.

–¿Durante cuánto tiempo?

–El que sea necesario.

El tipo bufa, indignado.

Ella sigue sacando provecho:

–Sabe, sus arrendatarios podrían mudarse de inmediato. Siempre y cuando haya alguien in situ, controlando lo que suceda. Supervisando ese fragoso ecosistema.

Él la escruta y, por primera vez, ella percibe que la examina propiamente y calibra sus palabras. Algo cambia y se tensa en la atmósfera.

–Grubbs hija, ¿no estás intentando, acaso, encandilarme y salirte con la tuya?

–En lo absoluto, señor.

Tras un largo rato, el individuo deja de inspeccionarla como un fiscal, echa la cabeza hacia atrás y ríe –una risa de perro formidable–, palmeando sus muslos. Se le ve tan distendido, tan regocijado con ambos, que ella desearía recostarse y darle a esa pierna carnosa una fuerte palmada por cuenta propia.

Sin duda, él adivina dónde se hallan los ojos de Katya, porque ahora, sin preámbulo alguno ni falta de tacto –en tanto ella sigue preguntándose si habrán llegado a un acuerdo–, se inclina hacia delante en el sofá y desliza la mano entre los botones de su uniforme. La mano es tan grande que arranca un botón y ella puede sentir cómo se aferra a un costado entero de su costillar.

–Vamos, Grubbs –dice–. No emprendiste todo el camino hasta aquí para hablarme de una rana.

Una parte de sí misma está tan alelada que el movimiento la sorprende con las manos en el aire –el lápiz en una de ellas y la rana en la otra–: una caricatura del estupor. Se queda congelada mientras investiga qué es lo que siente al respecto.

Otra parte de sí misma no experimenta el menor asombro, por supuesto. Es la parte que hoy decidió prescindir de su ropa interior.

Ya sea por los jóvenes amantes que dejó en casa de Alma o su hogar cada vez más agrietado o el dolor de la mordedura de mangosta, pero de súbito esto es exactamente lo que necesita. Retrocede ante la sujeción de aquel hombre, ante su fuerte sacudida, que la remite a un anuncio publicitario de cigarros. Todo sucede con comodidad y sin apremio, como si se tratara de algo que hubieran acordado antes, quizá bajo la enredadera en la glorieta, el día que se conocieron. Y ella se siente relajada para arrojar el lápiz a un lado, librarse de su mano –sosteniéndola de la muñeca peluda–, agacharse a fin de poner a la viajera VIP otra vez en su caja, y a continuación desabrochar el resto de los botones del overol y tomar de nuevo aquella mano y colocarla en su piel. Lo besa. La boca es ancha y cálida, mucho más amplia que la suya, y sabe a whisky. Él la oprime contra el sofá –un gozoso abrazo de cuerpo entero– y, en algún instante, en medio del subsiguiente fárrago de caricias, el tipo rueda sobre ella y su codo alcanza la orilla de la mesa y derriba la caja. Los pasadores están sueltos, la rana sale en libertad. Un salto –que parece un salto con pértiga– directo al rostro del señor Brand.

Katya presume que el impulso natural de un golfista es efectuar un swing contra algo en momentos de histerismo. El señor Brand, que ha elevado un brazo debido al dolor, no lo duda un segundo. Da un giro inverso y le da un revés a la rana en pleno vuelo. Katya brama, rueda debajo de él y aterriza de rodillas sobre la alfombra.

Su prisionera VIP. Extendida: la pálida barriga expuesta y agonizante. Una pata se crispa. Se retuerce ya sin desenfado. Katya cubre al animal con una mano: un latido, dos latidos. Con la otra mano se abotona el uniforme verde.

El señor Brand se sienta en el sofá y le da un sorbo mesurado a su whisky.

–Vaya, me iré al infierno –dice.

Ella recoge el cadáver y lo acomoda cuidadosamente en su caja.

–El tema es –apunta– que está en peligro de extinción. Ya lo discutimos.

–Dios, lo lamento –ahora ríe en el interior de su vaso de whisky.

El semblante de Katya permanece inexorable.

–Mierda –añade el sujeto–. En vías de extinción, afirmaste.

–Sí.

–Bueno, pero al parecer no han infestado mi propiedad. Hay muchísimas más en aquel lugar del que esta cosa proviene, ¿no es cierto?

–Tal vez –vacila, y atranca los ahora ineficaces pasadores de la caja: uno y luego dos. La coyuntura es incierta; podría conducir a incontables posibilidades, podría desviarse en cualquier dirección–. ¿Entonces? ¿Debo llamar a Zintle? Para concertar los términos de un contrato. Para la labor de mantenimiento de la que hablamos.

Sin embargo, ensimismado, él mira, por la ventana.

–Ah, desde luego –dice vagamente, ondeando su trago–. En definitiva. Conversa con ella. Zintle se encarga de esa clase de cosas.

Katya le da un par de rodeos a la cuestión.

–¿Y qué debo hacer ahora?

–¿Qué?

–¿Regreso a Nínive? ¿Sigo adelante?

El hombre se ve hastiado: el juego se ha vuelto tedioso. Resquebraja el vaso de whisky contra la mesa.

–Aún no has terminado tu trabajo, ¿no es así? Una jodida rana...

Katya deja su irrisorio reporte sobre la mesa y se retira. Cuánto ha invertido en este plan, piensa.

No obstante, quizá haya obtenido lo que tanto anhelaba, después de todo.

A su retorno, detiene su camioneta en la senda que conduce a la salida de la residencia para sustituir el botón perdido con un imperdible. Mientras se arregla, la señora Brand maneja un Mercedes en sentido contrario. Un auto despampanante, un motor de seda. El camino es angosto: la franja entre ambos vehículos se reduce. El Mercedes disminuye su velocidad para ir a paso de hombre y frena.

–Carajo –susurra Katya. ¿Realmente la mujer desea charlar? Si ambas bajaran las ventanillas de sus coches, sin duda la señora Brand percibiría el calor que comienza a desvanecerse de sus mejillas y olfatearía la ráfaga a almizcle que despide el interior de su remendado overol.

La señora Brand le echa un vistazo con suspicacia. En aquel matrimonio, ella es, por supuesto, la espabilada, la insidiosa. Katya rememora su presencia dictatorial, el dominio que ejercía desde el fondo del jardín, la potencia de sus acendrados ojos azules.

La señora Brand asiente con la cabeza. Eso es todo. A continuación se dirige a la casa.

–Cretino –dice Toby, que parece a punto de llorar–. Rufián.

–Pues sí. Y la llevé hasta ese lugar con tanta cautela –de algún modo, tras su muerte, la rana se ha vuelto hembra también para Katya–. Pero bueno, ya no te enfades así.

Ella está al volante y Toby lleva la caja en su regazo. Pobre Toby, piensa. Este proceder tan humanitario es en verdad un chiste; nunca prosperará. No es lo que la gente quiere. El futuro es la erradicación. Y este pobre chico no está preparado para eso.

Katya observa cómo Toby sostiene trágicamente a la rana en su palma: esa palma extensa, tan disímil a las de los Grubbs, y desea despojarlo de aquella occisa pequeña y tumbada, limpiarle los dedos y plegarlos.

–Ya, tírala, deshazte de ella –le dice de pronto–. En serio. No corre ningún peligro de extinción. Es sólo una típica rana de marisma. Hay miles como esa en el marjal.

Toby le dirige una mirada turulata. Pobre niño. Es demasiado joven para comprender. No sabe que resulta imperioso establecer convenios.

–Y cierra la boca –ordena Katya.

El firmamento posee una sucesión de nubes afiligranadas, altas y blancas, como las venas en el mármol de las superficies de Nínive. El clima está cambiando.

Cuando baja de la camioneta ante el portón de Nínive, advierte el señorío y el ímpetu del canto de las ranas. Están locas a rabiar: el júbilo anfibio es masivo. Resulta adorable: el concierto eleva el estado de ánimo de Katya pese a la atmósfera mortecina del vehículo. Se siente medio rana y medio niña, lamiendo la humedad del aire, tan denso y exuberante. Su piel de rana está mojada y viva. Brinca hacia las verjas hercúleas con patas de rana, se aferra a los barrotes con dedos de rana. Su garganta palpita de excitación. ¡Otra vez en casa!

Pascal le pone la correa al gran perro. Soldado parece asustadizo; se estremece ante su propia cola y levanta las garras como si no le gustara el contacto con la tierra. Pascal cierra la puerta de la caseta y se arroja una mochila desteñida al hombro. Se ve menos asertivo sin sus lentes de sol: sus pequeños ojos han quedado expuestos de manera patética. Se ve, inequívocamente, como alguien preparado para rehuir alguna situación.

–¿Adónde va? ¿Qué ocurre?

El hombre frunce su larga nariz.

–La lluvia está a punto de caer. Mire al perro, sólo mírelo.

Con toda certeza, el comportamiento de Soldado es muy extraño. El animal blande el hocico de acá para allá, husmea el suelo y echa la cabeza hacia arriba, desgarrando su cadena. Sin embargo, Katya no divisa ningún signo de sabandijas.

–¿Cuándo regresará?

–Una vez que todo haya pasado –hace una pausa y la escruta, la calibra–. ¿Estará bien aquí?

–Oh, claro, claro. Salvo que... Bueno, ¿qué pasa si usted se ausenta? –inquiere– ¿Qué ocurrirá con la seguridad?

Él golpetea el walkie-takie que lleva en el hombro.

–La misma historia. Presione el botón rojo. Yo la oiré.

–¿Pero vendrá?

–Alguien vendrá. Y yo no me encontraré lejos –alza la barbilla en dirección al barrio de chabolas y, por primera vez, ella se percata de que probablemente viva en aquel asentamiento.

El hombre abre las verjas que emiten un chasquido, y se escabulle por una lateral. Soldado debe hacer una contorsión para apretujarse y caber en el hueco. De pronto, Pascal vacila:

–¿Está usted segura? Quizá no deba esperar. No son nada amables estos insectos.

Katya se siente tentada por un instante. Nínive se percibirá desnudo sin un guardia en el portón, en especial sin el impertérrito Pascal. Pero se resiste.

–Está bien. Gracias pero, después de todo, para eso estoy aquí.

Él sacude la cabeza ante su porfía.

–Sólo empuje y cierre el enrejado cuando haya concluido, ¿sí?

Deja el candado enorme y dorado colgando de un brazo de la verja. Posteriormente, hombre y perro enfilan hacia la avenida, que se ha vuelto lúgubre por el cambio de clima. Las hojas de las palmeras han perdido su centelleo y penden, onerosas, de sus tallos, como plumaje de pájaros colosales y empapados. Soldado toma la delantera, a todas luces contento por abandonar el lugar. Ninguno de los dos mira hacia atrás. Alfileres de lluvia comienzan a punzar la piel de Katya.

Toby la ayuda a trasladar las cajas de recolección y las provisiones a lo largo del puente de madera, hasta arribar a la Unidad Dos. Luego extiende una mano pálida, a través de la ventana del copiloto, y ella le devuelve el gesto de despedida. El chico maniobra la camioneta en sentido contrario y se interna en el ocaso lluvioso, llevando consigo el cadáver de la infausta rana. Katya experimenta cierto desasosiego cuando cierra el candado con un crujido. ¿Habrá dicho Pascal la verdad, que vendrá si hay problemas? Es mejor estar confinada dentro que fuera, ¿no es así?

Regresa a la Unidad Dos justo en el momento en que la lluvia cobra fuerza y carga su equipaje hasta la cocina. Se siente tensa, excitada; la humedad hace que se le erice la piel. Se despoja de los zapatos a puntapiés y deambula de habitación en habitación, asomándose por cada ventana. Ninguna bicicleta dibujando una circunferencia, ninguna fogata de centinela solitario.

Afuera, las voces de las ranas crecen y crecen, hasta que la lluvia se torna tempestad y las sofoca. Lluvia es lo que estuvieron aguardando, lo que estuvieron conjurando con su canción. Pronto se aparearán y pondrán huevos.

Quizá de eso se trató aquella inusitada escena con el señor Brand: ¡temporada de apareamiento de ranas! Riendo aún, Katya cae de espaldas sobre la cama. Desprende el broche de su overol y desliza la mano hacia dentro. A modo de experimento, aprisiona su costillar, sus senos. Sus manos son mucho más pequeñas y frías que las del señor Brand. Resulta imposible recrear ese impetuoso tocamiento. Resulta imposible recrear cualquier pormenor de lo sucedido: ahora que se halla lejos de él, el incidente se antoja ficticio. No logra imaginar, a partir de un sesudo ejercicio memorioso, el modo en que sus dos cuerpos –tan diferentes, cuyo contacto era tan improbable– colisionaron.

Una eterna contrariedad en su vida erótica: la incapacidad de fabular los encuentros, antes o después de ocurridos. Sus aventuras siempre fueron así: fáciles de emprender, muy desconcertantes durante su transcurso y bastante ridículas unos segundos más tarde. Sus amantes han sido inverosímiles. Y nunca puede predecir su llegada. O su partida (siempre parten).

Conoció a su primer novio a los diecisiete años. La relación no duró mucho. Aún vivía con su padre y trabajaba como su asistente. El chico era estudiante. Anhelaba quedarse con él, acurrucarse con él en el mugriento agujero de su colchón de hule espuma, tendido en el suelo de la comuna donde residía, y jamás dejarlo. Tuvieron un pleito acerca del tema, ella y papá. Len quería mudarse: había oído de un empleo en Pietermaritzburg, un empleo del que le había hablado el amigo de un amigo.

En el punto más álgido de la discusión, ella abofeteó a su padre. Le sorprendió descubrir, en ese preciso instante, cuánto deseaba hacerlo. Len le devolvió el golpe y le fracturó la nariz. Esa noche, Katya se la pasó sangrando sobre la almohada de su novio.

Fue la primera ocasión en que la violencia entre ambos se tornó cruel e intencional, en vez de ser una especie de daño colateral disparatado. Parecía lo correcto. Era la forma apropiada, la única forma suficientemente rotunda de separarse de su padre. Y, después de todo, a Alma le había funcionado.

A Alma también le llegó su momento decisivo de virulencia cuando contaba con diecisiete años. Len las había obligado a mudarse temporalmente a un departamento rentado donde los tres compartían una sola habitación. Las niñas estaban creciendo demasiado: no sólo ya no tenían edad para llevar esa clase de vida, sino que además sus cuerpos se agrandaban y desarrollaban jornada tras jornada. Había cada vez menos espacio entre ellos. Pronto estaban rozándose unos contra otros, igual que las ramas de un árbol contraído, ramas que friccionaban las únicas áreas tersas de la corteza del resto. Había cada vez más reyertas entre Alma y papá. Alma se replegaba de manera más y más honda en aquel silencio que lo enfurecía como nada en el mundo.

Ese día, Katya estaba sentada en el alféizar de la ventana, con un libro que se erigía como empalizada entre ella y la borrascosa vida familiar de los Grubbs, de modo que no advirtió el inicio del temporal. Quizá haya sido Alma quien atacó primero, actuando al fin con insolencia. Lo que sea que haya hecho, Len actuó con mayor celeridad. Cuando Katya levantó la mirada, su padre tenía los dedos de Alma sujetos en su mano, y los doblaba hacia atrás con tanta fuerza que se podía oír la fragmentación.

Alma no lloró; ni siquiera gritó. Se puso muy pálida y se sentó rápidamente en una silla, con la mano alzada frente a sí. Aún se asemejaba a su propia mano, pero se veía maltrecha, desviada. Todos callaban y todos lo sabían: por fin, tras tanto hostigamiento y tantas palizas, algo se había quebrado... de forma premeditada y definitiva.

Katya no recuerda el momento en que Alma se marchó, o si dijo adiós. Lo que sí recuerda es haber estado a solas con su padre en la habitación rentada, ese mismo día o el siguiente. Len yacía en la cama, jugando con una red para cazar mariposas. Katya se encontraba en el alféizar –los pies sobre la estrecha superficie– y notaba lo extenso que se percibía el cuarto ahora que Alma había desaparecido. Len se colocó la red en la cabeza y apretó su rostro contra la malla para hacerla reír. Ella observó aquel nuevo espacio entre ambos. Y la asaltó el pavor –similar al miedo que sufren los niños ante la oscuridad bajo la cama– de caminar sola por ese paraje de alfombra desvaída.

Años después, mientras sangraba en la almohada de su novio, Katya sintió que finalmente había concluido el periplo a través de la alfombra y huyó de la habitación. Pero, transcurrida una semana en compañía del estudiante, sus compañeros de casa acordaron que ella debía irse. Era una chica demasiado extraña, demasiado ruda, demasiado joven y olía mal. Katya recuerda haber salido de la casa a la luz de un sol blanco, con una pequeña mochila y sin saber adónde dirigirse, carente de lazos con toda cosa que pudiera llamarse humana. Su rostro aún estaba ulcerado y lleno de moretones. De cualquier modo, nunca había congeniado con aquella turba universitaria.

Se retrajo en el sofá de la tía Laura en Pinelands. Fue en esa época cuando se reencontró con Alma, que por azar vivía no muy lejos de allí, en Mowbray. Visitó un par de veces su minúsculo e impecable departamento de soltera –obvio, demasiado minúsculo e impecable para albergar a Katya– y sostuvo al bebé de pocos meses en su regazo. Alma, que por entonces tenía sólo veinte años, parecía exhausta y victoriosa, cual un soldado a su retorno de una ardua campaña bélica. Se hallaba más lejos que nunca, en el extremo opuesto de un infinito desierto de experiencia, y muy fatigada para soslayar la distancia y llamar a su hermana. Jamás refirió la génesis de Toby. Y Katya jamás habló de su nariz rota, ultraje que –creyó por un momento– podría establecer una nueva alianza entre ambas. Sin embargo, a fin de evadir la posibilidad de una conversación, se pasaban al bebé de los brazos de una a los de la otra.

Toby aún no poseía la corpulencia ni el carácter serpenteante y espabilado de cuando cumplió dos años, y Katya temía desbaratarle un brazo o el cuello con algún gesto tosco de afecto. Por tal motivo, se sentaba completamente inerte, hasta que el bebé comenzaba a pesarle sobre las piernas y la sensación de parálisis y claustrofobia casi la arrollaba. Alma, que contemplaba la escena con los ojos rojos por falta de sueño, siempre parecía esperar que su hermana llegara a ese límite para recuperar al niño –hábilmente, pese a sus dedos tortuosos– y liberarla.

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292 s. 5 illüstrasyon
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9786078764266
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