Kitabı oku: «Nínive», sayfa 7
Notas al pie
6 Planta de la familia de las restionáceas, llamada Elegia tectorum. Se le denomina dakriet en lengua afrikáans. [N. de la T.]
7 La frase que usa la autora en el original, “rats-in-a-rat-trap, squashed-flat”, obedece a la popular melodía cómica de siete notas musicales que en inglés se conoce como “Shave and a haircut, two bits”. Suele usarse rítmicamente, entre otras cosas, para llamar a una puerta. En México, por ejemplo, la célebre tonada corresponde al insulto “Chinga a tu madre, cabrón”. [N. de la T.]
VII. GOLF
Algo ha cambiado: hay un nuevo sonido en el aire. Irregular, enfático. Toc, se oye. Y después, tras una larga pausa: woch. Parece provenir de algún lugar situado en lo alto. Katya asciende, discretamente, las escaleras que conducen a la terraza de la Unidad Dos.
En un principio no reconoce al personaje con el palo de golf. El cuerpo de un hombre se ve diferente en momentos de tensión muscular. Hay una línea de pelotas de golf en el borde de la pared baja que circunda la terraza, y el señor Brand también está encaramado allí, cimbrándose cual un robusto pretzel para efectuar un swing con cada una de ellas. Chop. Se trata de un espectáculo insólito: la pelota vuela con suavidad, lanzada por una figura tan pedestre como el señor Brand, cuyas mangas de la camisa están sudorosas.
Pero cuando se da vuelta, Katya observa su rostro encendido y aniñado, y la exultante acrobacia de la pelota cobra sentido. La alegría del señor Brand se transforma en otra cosa en el instante en que repara en su presencia. Clava los ojos en ella y a continuación brama de risa, doblándose sobre su palo. El lodo crea cuarteaduras en su frente y sus mejillas, y Katya advierte su desaseo. Entonces ese era el motivo por el que Reuben sonreía. Al menos el señor Brand no se dará cuenta de su rubor bajo los remanentes de cieno.
–¡Grubbs! –clama– ¡Eres tú, niña mugrienta!
Brinca desde la pared con una gracilidad asombrosa, y se aproxima a ella, palo de golf en mano –la vara plateada vibra, divertida–. Pese al sudor, el hombre se muestra tan atildado como siempre. Pantalones de traje color crema, camisa blanca e incluso zapatos de gamuza, también en tono crema. ¿Cómo demonios emprendió una caminata lunar sobre el fango sin que lo alcanzara una sola impureza?
–No sabía que tendríamos una reunión –dice Katya.
–Sólo estoy haciendo una visita casual. Solía tomar por sorpresa a tu antecesor, Grubbs padre. Controlar al viejo bandido periódicamente –apunta esto último como si se relamiera, blandiendo la cabeza del palo y dibujando con ella círculos en el aire–. Él y yo, antes de que las cosas se tornaran agrias, acostumbrábamos alinear las pelotas porque nos daba la gana, y azotarlas y arrojarlas a los arbustos. Buen pasatiempo.
–Me está tomando el pelo. ¿Mi padre jugó golf? Resulta inverosímil.
–No jugaba muy bien, no. Yo debía salvaguardar mi cabeza. Tenía algo de salvaje –el señor Brand simula agacharse bajo una pelota que vuela casi a ras del suelo–. ¿Tú juegas?
–Por favor. ¿Imagina usted la escena?
Él hace una pausa y la examina.
–Algún otro deporte, quizá. Lucha en lodo.
“Estoy muy roñosa”, recuerda Katya.
–Grubby8 Grubbs –dice el señor Brand de manera infantil (ella lo percibe así)–. Ve, date un baño y luego tomemos un trago y me cuentas lo que ha sucedido con esta “invasión de bichos” –sus ojos se dilatan al pronunciar las últimas palabras, a modo de incitación.
Katya se retira al departamento. Un trago... ¿Habrá insinuado el sujeto que debería invitarlo a pasar? Ya es tarde para indagar: el tipo ha regresado a sus pelotas. Katya no comprende con exactitud qué papel interpreta en tal circunstancia: ¿empleada?, ¿anfitriona? Con un talante contemporizador, se abstiene de cerrar la puerta. La deja apenas entornada.
En el espejo del baño contempla a una persona envuelta, prácticamente desde la punta de los pies hasta la coronilla, en un barro sedoso y oscuro –como si se tratara del tratamiento de spa más sofisticado–, que ahora se seca y comienza a tensarle la piel de una manera que no resulta molesta en absoluto. Atisba el centelleo de un semblante negro con dientes blancos, lengua rosada y párpados albinos. He ahí la dignidad de una profesional en reubicación de plagas. Sus perneras, salpicadas de manchas, están llenas de pequeños viajeros: garrapatas, decenas de ellas. Coloca el pie en el margen de la tina y las desprende una por una. Le llega el turno a la otra pierna. Tarea difícil: sus uñas son demasiado cortas. Se deshace de los parásitos en el retrete y tira de la cadena: no es precisamente una matanza. Le da una última palmada a sus pantalones.
Ahora tendrá que revisar cada pliegue de su piel en busca de esos organismos estrujados y repugnantes. Se desviste de forma minuciosa, al acecho. Su cuerpo se ve grotesco de tan lívido, esposado con tobillos, manos, cuello y cara de un marrón profundo: un efecto interesante. La pestilencia es peor dentro del cuarto, como si los residuos empezaran a descomponerse. También hay rastros de cieno en la alfombra, descubre Katya con cierto abatimiento.
Quizá esa sea la causa por la que le disgustan tanto las garrapatas más que cualquier otro insecto: escudriñarlas supone la única situación en la que debe fisgar su cuerpo de modo impávido, explorar cada centímetro de piel.
Alma y ella poseen la maldición de una piel marcada con cicatrices. Una piel que conserva, para siempre, los signos de la negligencia de Len, de la misma manera en que el papel conserva la tinta. Sus llagas no son tan hondas como las de otros niños y lo sabe, pero los padres estigmatizan a sus hijos de distintas formas. Las cicatrices de Katya están distribuidas de forma equitativa por todo su cuerpo. Incisiones y arañazos y suturas y huesos mal soldados. Y quemaduras de cigarro, innumerables. Cuando era niña atesoraba esas huellas. Constituían insignias de familia, exponían su mutua pertenencia. Sentía menosprecio por Alma, que sufría una pérdida cada vez que su piel se desgajaba.
Las marcas más tenues de Katya son diminutas motas esparcidas a lo largo de su cuerpo, que sólo ella notaría. Su padre solía colocar la cabeza de una cerilla en la piel para arrancar las piezas bucales de las garrapatas. El procedimiento le dejaba minúsculas ampollas a las niñas, que eliminaban con un rasguño después de uno o dos días. La secuela era una serie de pecas. Por supuesto, existe un mejor método y ahora Katya lo conoce bien: uno aplica un poco de vaselina en la garrapata y esta se sofoca y se suelta. Completamente indoloro. Pero Len carecía de tolerancia para tales lindezas.
La más cruenta de sus cicatrices fue resultado de una humillante mordedura de perro, en una nalga. El hecho ocurrió cuando tenía once años y estaba trabajando con su padre. Aún perduran dos estrechos arcos de laceraciones punzocortantes, hoy nacaradas y un poco hendidas. Un pequeño triángulo en su pie atestigua el momento en que a Len se le cayó una caja de piezas de motor mientras instalaban trampas para ratas en una bodega. Muchas de sus cicatrices poseen configuraciones interesantes, que sugieren la impronta de objetos artificiales. Si uno las transcribiera, si las copiara de forma meticulosa en una página, conformarían un alfabeto grandilocuente.
En lo que se refiere a los amantes, el asunto ha sido un escollo. Cuando uno yace junto a otro cuerpo desnudo, ¿acaso es convencional enumerar cicatrices, tocarlas y escuchar sus historias, ponerse a leer la piel? Es como consentir que alguien husmee el propio diario íntimo. ¡Un diario con tantas entradas...! Y resulta embarazoso confesar cuántas han sido escritas por su padre.
Katya se enjuaga el cuerpo en la ducha y, debajo del lodo, su carne es resbaladiza y exigua, casi traslúcida, como si la onerosa capa exterior hubiese sido arrasada por el fuego, dejando una membrana pueril. En medio del agua que mana, puede oír al señor Brand deambulando por el departamento. ¿Qué está tramando? Desde luego, tiene derecho a acceder a su propio edificio. Quizá fue una insolencia de su parte no invitarlo a entrar. Pero aun así resulta anómalo ducharse mientras un extraño, totalmente vestido, se encuentra a pocos centímetros de ella, tras una pared delgada. Cierra la llave del agua y escucha, atenta. Pisadas, tintineos y crujidos. ¿Objetos que recoge y acomoda? ¿Cajones que abre?
Katya se seca y las cicatrices reaparecen, blanquecinas, surcando la piel rosada. Le han brindado una sola toalla, cuyas medidas son algo insuficientes. La sujeta con firmeza alrededor de su pecho antes de salir del baño. No hay indicios del señor Brand en ninguna parte; sin embargo, la puerta principal está entreabierta. Katya se precipita hacia la habitación. ¿Qué cosas ha hurgado? Busca objetos fuera de lugar, pero no halla ningún desbarajuste manifiesto.
Ropa limpia y no el uniforme en esta ocasión. No hay mucho de dónde elegir. Con todo, le toma más tiempo de lo debido evaluar las posibles combinaciones entre dos jeans y tres blusas. Al final opta por un atuendo oscuro: jeans negros y blusa azul marino de mangas largas. Decide ir sin zapatos: hacen que sus piernas parezcan más cortas. Se cepilla el pelo y lo alisa detrás de las orejas, como es habitual. En el espejo, se asemeja a un adolescente a punto de marcharse a una cita, un chico de los años cincuenta, engominado con Brylcreem, de rasgos angulosos y excitado. Debería colocarse un cigarro sobre la oreja. Se dobla salvajemente a la altura del talle, arroja la cabeza entre las piernas y sacude su cabello. El zarandeo le produce vértigo y hace que se vea como una lunática, como alguno de los colegas más frenéticos de Derek, procedentes del parque. Vuelve a peinarse el cabello mojado con los dedos por última vez, y abandona el cuarto para evitar cambiarse las prendas de nuevo, igual que una quinceañera ansiosa.
Al pasar por la cocina, le echa un vistazo a su provisión de alimentos y bebidas poco tentadores. Se muere de hambre, pero su avidez tendrá que esperar. Comer delante de un extraño puede ser deshonroso, en especial si uno está famélico: Katya tiende a devorar lo que haya en la mesa. Y, después de haber recibido el apelativo Grubby Grubbs,9 no le dará al señor Brand otra oportunidad para mofarse de ella. Desearía que Reuben hubiera pensado en incluir algo de vino en sus compras. Vodka, incluso. Coge dos vasos y los lleva fuera, junto con la botella de agua contenida en el refrigerador. Tragos impecablemente sobrios.
El señor Brand está sentado en el límite de la terraza, con las piernas cruzadas y sus pantalones color crema. Es difícil reírse ante una botella de agua fría, pero él encuentra la forma de hacerlo.
–¿Es en serio? Qué bebida tan espartana –dice–. Eso no es bueno, no es bueno en absoluto. Revisa mi chaqueta, ¿quieres? Un bolsillo interno, a la derecha.
La chaqueta, de tela color crema, cuelga de la pared de la terraza. Katya la coge y percibe la calidez del día evanescente en la tela. El forro es aún más cálido: el ardor del cuerpo. El tipo se la debe haber puesto y luego quitado mientras ella se duchaba. De modo que no fue la única que se desveló por su atuendo. Le gustaría envolver sus hombros con ella, brevemente, y deslizar sus brazos a través de las mangas, demasiado amplias: son tan sedosas y acogedoras...
Piensa en Alma, que jamás usa una prenda sin bolsillos donde pueda ocultar sus manos, y acaricia el forro con los dedos. Posee numerosos resquicios y bolsillos de diferentes tamaños. Algunos contienen objetos: tarjetas de presentación... pañuelo... bolígrafo... Katya debe adivinar lo que él desea que encuentre. Entonces sus dedos palpan una cosa fría y comprende de qué se trata aun antes de sacarla. Un ánfora de acero inoxidable. Hermosa, sólida, de líneas elegantes. Calcula su peso en tanto la sostiene. Conjetura que está llena. La arroja en el aire para que el señor Brand la alcance.
–Ten cuidado con eso –apunta él, atrapándola fácilmente–. Es una antigüedad, o eso afirmaron.
En una fracción de segundo, el señor Brand desenrosca la tapa y acerca la botella a sus labios. Un acto voraz. Contempla a Katya con los ojos entrecerrados, por encima del flanco plateado del ánfora, como un niño celoso que mama de los senos de su madre. Ella se siente complacida cuando aparta la botella y su garganta de rana toro se distiende, exhibiendo su férrea mandíbula sin comedimiento. Es un hombre apuesto, visto desde los ángulos correctos.
–Tu padre no rechazaba una gota –dice.
–Mmm...
¿Qué, además eran compañeros de borrachera?
–No era muy juicioso con el alcohol, tu papá, ¿no?
Katya no quiere hablar de su padre. Se encoge de hombros.
–Vamos –la exhorta–, prueba un sorbo.
Le ofrece la ánfora.
Pero esto ya es excesivo. No está lista para poner sus labios en la misma embocadura que él acaba de succionar. Vierte una medida en uno de los vasos. Pese a todo, se asegura de que sea una buena cantidad: dos dedos (de los del sujeto, no de los suyos). Whisky. Se lo lleva a la nariz y absorbe el aroma. No está curtida en esta clase de cosas; sin embargo, esto huele a algo tremendamente dispendioso. Si el anillo de oro grabado que el señor Brand ostenta en un dedo se tornara en vapor y uno lo olfateara, tal sería su fragancia.
–¿Sabes? Va a ser glorioso –comenta–. Este lugar.
–Sí, es muy bello –dice Katya sin premeditación, oteando el mar soberbio, la prodigalidad verde de la marisma.
Pero el interés del señor Brand se centra en la otra dirección: en el terreno lodoso de Nínive. Ella se dirige a él y el hombre se pone de pie al mismo tiempo, de manera que casi tropiezan uno con el otro. Él no parece advertirlo.
El señor Brand señala:
–No puedes ver el panorama completo, por razones obvias. Se instalará el follaje. Será exuberante. Magistral en verano. Y sustituiremos la caseta del guardia por algo más permanente. Y toda esta área, aquí, se destinará al estacionamiento –tiende una mano y la desplaza un poco hacia la izquierda, un poco hacia la derecha, modificando y fraguando el espacio. Mientras habla y gesticula con una mano, con la otra tienta el hombro de Katya y lo palmea afablemente para enfatizar su ilustración.
–¿Entiendes?
Ella apenas lo escucha. Mira al señor Brand de soslayo. El hombre establece un vínculo físico con facilidad. Mueve su cuerpo con soltura. Se aproxima al suyo con soltura. La toca de manera indeliberada, induciéndola a compartir su visión a partir de roces y codazos imperceptibles. Hombro, rodilla y, en una ocasión, la mejilla –un contacto abrasador–. Katya no se repliega. El individuo posee la generosidad irreflexiva de tocar, característica de alguien que habita su cuerpo, y al mismo tiempo disfruta que lo toquen, recíprocamente. Es difícil no experimentar cobijo, una tibieza física, como si cada vez que esa enorme mano tocara su piel o su ropa le transmitiera algo de su temperatura, hasta que la parte entera de su cuerpo que lo afronta resplandece, desde el oído hasta el tobillo. Ahora el tipo asoma para enseñarle algo en la frontera más remota de la propiedad, asiéndose de su hombro para mantener el equilibrio.
Ella intenta asimilar lo que explica, porque de pronto utiliza un lenguaje más profuso. Asevera que desea expandirse. Existen parcelas, cruzando la carretera, que también le pertenecen y se transformarán en urbanizaciones más lujosas, quizá en un centro comercial. Habrá senderos de naturaleza entre los humedales, con acceso a la playa. Y no olvidará a los pobres: se refiere a las personas en los asentamientos informales, al modo en que podría ponerlas a trabajar y proveerlas, a su vez, de mejores casas, calles y electricidad. Habla con enorme vehemencia, aunque su tono expresa una serena convicción. A Katya le gustaría que continuara hablando durante largo tiempo: su contacto frecuente, el efluvio de oro cálido que despide la tela de su camisa, la vivifican. Escucharlo es todo lo que puede hacer para no reclinarse en él y posar la mejilla en su sólida complexión. Es tan seguro de sí mismo... Sus ademanes tienen el poder de erigir palacios, metrópolis. Bajo su mano, la ciudad modelo cobra vida. Katya anhela que la toque de la misma manera en que toca el paisaje: con ternura, con osadía, puliéndola hasta hacer de ella algo mejor de lo que en verdad es.
De pronto se percata de que ha dejado de hablar y la observa, aguardando una respuesta. Le toma unos minutos dejar de estar absorta en los horizontes dorados.
–Tú sabes lo que quiero decir –asevera–. Sabes qué tan grande es este proyecto, qué tan grande podría ser.
Katya experimenta una ráfaga escalofriante en el hombro, donde el sujeto había puesto el peso de su mano. Le da un trago a su whisky; él sorbe otro del ánfora. Si el señor Brand le preguntara: “¿Qué piensas de todo esto, realmente?”, no tendría más alternativa que replicar con la voz de su padre. Afirmaría: “Es una sandez, señor”.
Pero su padre no se encuentra aquí. Y ella rememora el modelo arquitectónico que vio en la oficina, perfecto bajo la luz amarilla. Si semejante ciudad dorada está en proceso de edificación, ella desea convertirse en una de las apacibles figuritas que hay en las almenas, vigilando –y no pertenecer al mundo exorbitante, gélido, que asoma desde fuera.
Katya tirita. El señor Brand va en busca de su abrigo. Los lejanos confines de Nínive se han vuelto fríos y melancólicos. Pascal y Soldado deambulan por el perímetro. Hombre y perro poseen un talante parsimonioso, abatido y apático, profundamente desencantado. Pascal custodia este sitio pero no lo habita, y tampoco ella.
El señor Brand bate las palmas de sus manos.
–Entonces, ¿cuál es tu veredicto?
–¿Perdón?
–¿Cuánto tiempo va a llevar todo esto? ¿Cuándo podrás finalizarlo? Ha pasado un año... Necesitamos que tú te retires y que los inquilinos se muden pronto.
Katya deglute el resto de su trago. Comenzaba a gustarle el territorio.
–Bueno. En cuanto resolvamos el problema de los bichos.
–¿Cuándo? ¿En cuántos días? ¿Qué tan grave es? ¿Van a pulular en enjambres de nuevo? No puedo declarar que haya visto a alguno de estos célebres bichos.
–Recibirá mi reporte –dice Katya–. En breve.
–Dame una pista.
Mientras piensa en ello con detenimiento, se sirve un poco más de whisky.
–Contará con todos los pormenores en mi reporte.
Él la mira fijo y tamborilea los dedos gruesos en el barandal del balcón. Luego ladra como un perro: se trata de su risa, Katya debe recordarse a sí misma.
–¡Grubbs! –el tipo ahoga la risa, ríe para sí mismo, súbitamente perentorio–. Bien. Visítame... ¿Digamos el domingo? Me dirás qué se requiere para obtener un certificado de salud, un acta que corrobore la ausencia de bichos o lo que sea, y después podremos seguir adelante en este lugar.
Ella aparta su vaso y se frota la palma, dispuesta al apretón de manos con que se cierra un trato. Por el contrario, él sujeta sus brazos, por encima de los codos, y hace rotar su cuerpo con delicadeza, a la izquierda, a la derecha, como si fuera un perno suelto que necesitara un ajuste.
–Lo vas a solucionar, ¿cierto? ¿Harías eso por mí? No como tu papá, ¿eh? –pide, y roza su coronilla.
Katya lo mira bajar la escalera, cruzar el terreno despejado y enfilar hacia el portón. En la caseta de guardia le consulta algo a Pascal, de forma sucinta. Acaricia a Soldado en la cabeza, con la misma mano que acaba de tocar su cabello. El perro hace una genuflexión, postrándose sobre sus garras. Las verjas se abren. En el umbral hay un gran automóvil, pálido y lujoso. Se desliza y parte, casi mudo, en medio de la luz que desfallece. Pascal clausura el portón y le lanza a Katya una mirada escueta por encima del hombro.
¿Por qué vino el señor Brand? No pudo haberlo hecho únicamente para supervisarla. Quizá se sienta solo. Quizá su esposa esté harta de sus planes apoteósicos. O quizá sólo quería apalear unas cuantas pelotas de golf en la penumbra. El palo que abandonó allí es herrumbroso y vetusto. Ella lo coge y golpea una pelota imaginaria que se impacta contra el horizonte. Hoyo en uno.
Es un crepúsculo perfecto, sin viento. La arena de la playa se ve pura y homogénea, como si el cuantioso personal de un hotel la hubiese aplanado. El sol naufraga: una visión hermosa porque el astro se refleja en la marisma con tintes metálicos y comienza a abrillantar el mar.
Ahora Katya puede oír el sonido de la gente, elevándose en el aire fresco del ocaso. Los ruidos son difusos pero notorios y, pese a que no logra distinguir, desde su perspectiva ventajosa, de dónde proceden, sí es capaz de afirmar, por el carácter de la algarabía, que se trata de un barrio de chabolas o de un asentamiento informal. Una radio, un niño que llora, un vocerío amigable: no es el tipo de alboroto que uno hallaría en los suburbios. Le genera sorpresa; no había advertido nada similar en las inmediaciones. De modo que este sitio no es tan exclusivo... Puedes obstruir infinidad de cosas, pero no el bullicio etéreo de la vida humana. Katya se dirige al borde de la terraza y lo ve claramente: un conjunto de treinta chozas, más o menos, a escasa distancia unas de otras en los arbustos; fluctúan con precariedad entre la marisma y la carretera. ¿Son estas las personas que el señor Brand planea poner a trabajar en sus nuevos y grandiosos proyectos?
Cierra los ojos y escucha. Un coro de ranas, denso y monocorde, se entona como música de fondo de los sonidos humanos. Las olas constituyen una remota línea de bajo. Dos perros se ladran mutuamente; uno está cerca de ahí y el otro lejos. El que se encuentra próximo emite un ruido bronco, de tono chocolate amargo. Katya cree que debe ser Soldado. El otro ulula el ladrido de un perro joven, que ostenta la dichosa excitación del reino infantil de los cachorros, y ambos parecen arrojarse el estruendo de aquí hacia allá, no en términos hostiles, sino de una comunicación lúdica. Luego las ruedas de la bicicleta del guardia crepitan al pasar y se oye el consabido ting, ting de la campana. Todo configura una frágil sinfonía.
Cuando Katya abre los ojos, la luz solar se ha desvanecido. Las lámparas, en sus astas ornamentales, se encendieron en automático y lanzan racimos de fulgor en diferentes puntos de la tierra cenagosa de Nínive. Uno tendría que introducirse en la marisma para obtener el efecto, propio de las zonas rurales, que crean el cielo púrpura y las estrellas refulgentes. Más allá del muro, el matorral es umbrío, y aún más allá la playa centellea trémula, fantasmal, ahora vacía por completo.
Katya percibe que el edificio se va tornando hosco, que se convierte, de nueva cuenta, en un extraño. No le pertenece. No en mayor medida de lo que ella le pertenece al señor Brand, con aquella mano cálida en su brazo. Lo verá este domingo, le entregará un reporte vacuo y él recuperará las llaves de la ciudad. Hubiese esperado quedarse más tiempo.
Reúne tus ideas, nena. Katya irrumpe en el departamento, pisoteando el suelo, gruñendo, de repente azorada ante una luz que se activa a causa del movimiento, en la puerta de entrada. Hojea su cuaderno con desasosiego; no hay nada más que apuntar. Su procedimiento habitual para tomar notas radica en enunciar el problema y proponer una estrategia: plan de acción, programa de labores, metas. Después elabora una lista de herramientas y equipo de trabajo. Concluye con resultados y una resolución definitiva. Siempre existe una misión reservada y obvia: convencer a los escarabajos barrenadores de que emprendan otro camino, desviar a las serpientes de los sitios donde han perpetrado sus crímenes, avasallar a los gatos montaraces, engatusar a las arañas. Incluso si la situación resulta apabullante –una plaga de langostas–, al menos es irrebatible en qué consiste el perjuicio. Pero aquí la peste es elusiva y el objetivo final abstruso. Ni siquiera puede darle un nombre concreto. “Una especie de la familia de los cerambícidos metálicos”, ciertamente. La descripción es tan útil como citar a los “bichos”.
En la cocina, Katya invade el lugar con su propia barahúnda. Empuja sillas a un costado, se aferra a tenedores y cuchillos: cosas a las cuales asirse, instrumentos que utilizar. ¡Comida! Todo aquello supone algo del señor Brand que podría integrar a sí misma, algo de lo que no la pueden despojar.
La carne de ternera descansa en la estantería, en sus latas con esquinas redondeadas, de diseño perfecto, que no han cambiado desde... ¡Oh! Al menos desde la infancia de Len. El contenido, según la etiqueta, es puro relleno y muy poca carne. Este concentrado tal vez ni siquiera ofendería la sensibilidad vegetariana de Toby, pese al toro del dibujo, barrigón y de un peculiar color rosa. Eso acotaría, para irritarlo, si el chico estuviese aquí.
Todo reaparece en un torbellino: la forma en que la etiqueta suelta se despega de la lata reluciente y llena de muescas; el abrelatas que uno debe insertar con precisión –la primera vez lo hace torpemente, clavándolo hacia el lado contrario– y su gratificante trayectoria escarpada. La lata gira en un círculo y exhibe un coágulo de grasa blanquecina. Katya coge una cucharita del cajón y despeja el sebo para desvelar la carne rosada de la parte inferior. Emana un olor fuerte, apetitoso y algo metálico. La carne procesada tiene un aspecto tóxico, es casi fluorescente, pero ella no logra resistirse. Saca un trozo y se lo lleva a la boca. Salado, grasoso, acre...
Una tarde sombría. Una mesa de cocina, una luz amarilla y sucia que entra por la ventana y el tacto de un mantel de plástico viscoso. El contorno rígido de la cuchara en su boca. Los dedos, que huelen a jabón, limpian el aceite de sus labios. Surge un recuerdo: su madre solía escupir en un pañuelo de papel y asear los rostros de las niñas, como un animal que acicala a sus crías. Durante algún tiempo, Katya y Alma deben haber compartido ese olor: el almizcle del aliento de su madre, subyacente a la dulzura encerada del lápiz labial.
Katya engulle el bocado rápidamente y aparta de su lado la lata cercenada. Le duele la yema del dedo. Ahora evoca el riesgo que suponían esas latas. Los bordes afilados alrededor de la carne.
–Sabrá Dios lo que le ponen a esta mierda –le dice al silencio. A continuación desenrolla un poco de papel higiénico y envuelve su dedo. Flores escarlata en el lienzo. Lo estruja, concentrándose en el dolor.
–Esa cosa te va a matar –dice de nuevo, abordando a un Toby ilusorio, quien, por una vez, escucha atento su consejo–. Cierra la boca –añade.
Guarda el resto de la comida en el refrigerador y la alacena, una de las numerosas alacenas ocultas de modo astuto, provistas de puertas que se cierran con tanta sutileza que Katya no sabe a ciencia cierta si volverá a hallarlas alguna vez. Le da un sorbo a la bebida efervescente y de tono bermellón. Está tibia y es horrorosamente dulce: parece estar bebiendo brillo labial saborizado. De inmediato vacía la botella en el fregadero. El líquido sisea, hace espuma y exhala un tufo ácido, a frambuesa. Katya se pregunta si esta será la primera sustancia orgánica que echará a perder los desagües. Aunque duda que en realidad sea orgánica. Mientras abre los grifos para limpiar el fregadero, imagina la travesía que emprende el agua: se desliza por las tuberías entrelazadas en el interior de las paredes del departamento, baja dos pisos, llega al drenaje y por último, quizá, fluye hacia el barrizal que se extiende del otro lado de la muralla.
