Kitabı oku: «Nínive», sayfa 8

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Notas al pie

8 En inglés, el adjetivo grubby significa “sucio”, “asqueroso”, “sórdido” y “gusaniento”. [N. de la T.]

9 Ver nota de la página 105. [N. de la T.]

VIII. CRISH, CRASH

Aparentemente, cada hora, a lo largo de la noche, Reuben recorre su circuito acostumbrado. Katya puede seguir la pista del itinerario a partir de las ruedas de su bicicleta que emiten chirridos, y visualiza su linterna oscilante meciéndose alrededor del perímetro y luego cruzando el centro de la urbanización de ida y vuelta. El movimiento posee algo ritualista y es similar a un pentáculo. El sonido hace que Katya se sienta más sola que antes. En su fantasía, el guardia inscribe la figura de un talismán en el terreno, ejecuta un encantamiento para mantenerla lejos.

La verdad es que no desea ir a casa. Desea prolongar ese sentimiento de grandeza y legitimidad que experimentó en la terraza, cuando el señor Brand rodeó sus hombros con un brazo y elevó el otro en señal de invitación, instándola a atravesar el portal que conducía a su gloriosa perspectiva. Desea ir allí, desea comprar ese boleto. Pero su única moneda es la usual: bichos y escarabajos. Y todo indica que no consigue apresarlos lo suficiente en Nínive.

Quizá la fuerza de su anhelo azuce a algún organismo para que haga acto de presencia. De pronto repara en que a la bicicleta se le ha unido otro sonido, más cercano, que establece un contrapunto. Un golpeteo. Luego una serie de arañazos. Se endereza y escucha; prende la luz de la mesa de noche. El sonido es tenue y volátil. Katya va de habitación en habitación, inclinando la cabeza. El oído humano: trágico. Se siente como una paloma que intenta usar el más débil de sus sentidos y gira la cabeza hacia todas partes a fin de obtener un elusivo fragmento de visión. ¿Los rasguños provienen del piso? ¿De las paredes? Crish, crash, continúan. Katya repasa su archivo mental de ruidos pestíferos. ¿Algo con garras? ¿Con un pico que martilla? Se antoja más voluminoso que un insecto, indudablemente, pero cualquier estrépito puede resultar falaz. Ahora se suma otro elemento: un cacareo reiterativo. ¿El graznido de un ave, un rechinido en la mampostería? Sin embargo, el sonido es demasiado rítmico, demasiado inmutable, demasiado simétrico: parece casi electrónico, no orgánico. No es disímil al tictac de un reloj grande y resonante, excepto que aquí no hay ninguno. Katya se vuelve lento en un círculo, empleando la ecolocación. Mientras mejor escucha el sonsonete, más antinatural y ominoso lo juzga: la cuenta regresiva que antecede a la explosión de una bomba en una película. Unos instantes después, el rumor se detiene. Se ha esfumado. Hay un silencio omnímodo. Y, aunque Katya permanece inmóvil durante diez minutos, del todo inerte excepto por sus ojos que escrutan la habitación, el tictac no regresa.

Escarba en los incontables cajones y encuentra una reserva de cristalería. Una copa de vino o un vaso... ¿Qué será más adecuado para poner la oreja y escuchar de manera subrepticia? Elige un vaso y coloca la base en su oído y la boca en la pared. Mayor volumen, inequívocamente.

Ninguna pared es muda; siempre existe una orquesta sutil de toques y suspiros y torrentes oceánicos. El zumbido de las tuberías, el crujido del mortero y los ladrillos mientras se asientan. O en tanto se conmocionan: tales sonidos se traducen en los irrisorios heraldos de una destrucción futura, en los primeros temblores –casi imperceptibles– de un colapso muy, muy gradual que concluirá, décadas o siglos después, en una pila de escombros.

No sabe con certeza si el repiqueteo es más tumultuoso en las paredes, el suelo o las alturas. Tras ciertos experimentos, que consistieron en combinar distintos muebles, decide tomar una silla de respaldo alto de la cocina y ubicarla sobre la cama. Acto seguido se trepa en la silla y se pone de pie, tambaleante. Con una mano presiona el techo y con la otra sostiene el vaso, en cuya base coloca la oreja. De ese modo crea una torre inestable que se alza sobre el piso y el colchón. Lo que oye es el mar.

La silla comienza a volcarse y ella salta, ilesa y justo a tiempo. Enlaza el pie en una esquina del edredón y desciende, en una caída en cámara lenta, de culo al colchón y posteriormente al suelo. Se ríe de sí misma unos segundos: no hay nadie más aquí que pueda hacerlo.

El revoque del techo exhibe la huella de una mano, nítida y renegrida. ¿Es suya? Imposible, ella está limpia. Se recuesta durante largo rato y la contempla.

Cuando por fin apaga la lámpara de la mesa de noche, la huella de la mano se difumina, igual que la propia Katya, en la oscuridad ubicua de Nínive.

Por la mañana, aún no hay indicios de la infestación evasiva. No obstante, Katya siente que algo ha reptado sobre ella, como si diminutas piezas bucales la hubiesen estado explorando. Pero no tiene marcas en la piel. No marcas recientes, en todo caso.

Se levanta de la cama con renovada determinación y otra vez hambrienta. A partir de los cuestionables ingredientes de su despensa, se las arregla para confeccionar un sándwich de queso procesado, pero al morderlo descubre que, de alguna forma, se le han adherido granos de arena: la gravilla se amalgama entre sus dientes, de manera alarmante. Arroja el queso a la basura y el refrigerador queda desierto, excepto por las botellas de Sparletta (una de ellas ahora contiene agua fría del grifo).

Provisiones decentes: debe ser posible conseguirlas. Katya no es, en particular, una comensal de paladar refinado, pero hay un par de cosas que ansía: té con leche, pan de salvado, queso de calidad, tomates y aguacate. Por no mencionar una o dos botellas de vino. Recuerda, en este momento, haber pasado por algunas tiendas en compañía de Toby, durante el periplo hacia Nínive: una zona que incluía un centro comercial, una gasolinera y un McDonald’s. Qué paseo tan grato... ¿Y realmente se encuentra a sólo un kilómetro o algo así?

Es una mañana perfecta, azul celeste. Katya se encamina hacia el portón y la brisa hace vibrar las hojas de las palmeras situadas a ambos lados del sendero, configurando un fuego blanco que parpadea en el verdor. Sin embargo, el día incrementa su temperatura con diligencia y, como otra clara manifestación de distorsión espacial, la avenida se vuelve más y más extensa mientras avanza por ella. Sus sienes están empapadas de sudor, cuyas gotas resbalan por sus cejas cuando arriba al final de la ruta, donde se toma un receso bajo la sombra cuadrangular del cartel publicitario que expone las maravillas de Nínive. “¡Bienvenidos!”

La calle principal es más desértica y larga de lo que la recordaba: dunas y maleza y, cada cierto plazo, un tramo de muro de concreto desvaído y rematado, en la cima, por un alambre de púas. ¿Otro de los desarrollos del señor Brand? Si uno la recorre en un vehículo, se tiene la impresión de que la calle está habitada, incluso llena de ajetreo, con aglomeraciones de tráfico y gente que vende leña a un lado del asfalto o que camina a lo largo de él. Pero el tiempo y el espacio son diferentes cuando uno va a pie. Los intersticios entre las actividades humanas se ensanchan y elongan, y los individuos se empequeñecen. El pavimento aparece y desaparece. En algunos trechos sólo hay una senda erosionada por rastros de zapatos. Aquí y allá, Katya vislumbra ensenadas y rumbos color ocre que convergen en los arbustos. Los coches pasan de manera esporádica; es muy temprano. Permanece completamente sola a un costado de la ruta durante innumerables minutos, entre los vívidos relámpagos de los vehículos que circulan. Cuando se aproximan, lo hacen con apremio. No existe razón para detenerse en este punto.

Unos cuantos rostros la observan desde los parabrisas empañados. Katya no armoniza con el entorno: una mujer blanca que ni siquiera hace jogging. ¿Se le habrá acabado la gasolina? ¿Se le habrá reventado una llanta? Decidida, levanta el pulgar ante un tipo que conduce una furgoneta, elegido al azar. El uniforme, ese factor que suele complicar las cosas, le confiere, sin embargo, cierta seguridad en sí misma de la que en general carece. Alguien que porta un overol siempre tiene una tarea que cumplir, un propósito para estar ahí. De nueva cuenta, reflexiona en torno a la necesidad de adquirir una maleta que se asemeje más al estuche de un trabajador. Una caja de herramientas, aunque todo lo que lleve dentro sean sándwiches de queso y veneno para babosas.

Mira por encima del hombro en dirección a Nínive. Ha llegado increíblemente lejos. El enorme muro ahora sólo es visible como una sutura blanca e intermitente a través del matorral; los pináculos de las palmeras sobresalen en las almenas, a intervalos regulares. Vistas desde este ángulo, a plena luz del día, las palmeras se antojan del todo artificiales.

Katya pasa junto a una, dos, varias personas que venden montones de leña. También se ofrecen sillas de mimbre y pequeños rebaños de animales hechos de alambre. Los diseños son los mismos en todas partes y ella medita, no por vez primera, acerca de los talleres clandestinos donde se urden tales figuras y posteriormente se distribuyen entre las redes de tejedores de alambre que proliferan al borde de la vía.

De pronto avizora señales de vida en medio del follaje polvoriento: hierro corrugado, humo, voces. Es curioso que jamás haya notado este asentamiento cuando iba de camino a Nínive. Mientras pasa por allí, la gente la examina y asiente con la cabeza, de modo recatado. Un país de chabolas. Resulta inusitado hallarse a sí misma tan cerca de ese mundo y a pie. Quizá debería ser más prudente, pero se siente a salvo. Los automóviles transitan a escasa distancia y, más adelante, como a doscientos metros, atisba los consabidos tonos amarillo y rojo del McDonald’s. ¿Qué podría salir mal?

En el siguiente tramo, al margen de la calzada, casi tropieza con los objetos dispuestos para venderse. Se trata de las comunes piezas de bisutería y sartas de acacias de ojos rojos, pero también de algo más: azulejos, blancos como el hielo, desplegados en un pedazo de tela de plástico. Cada uno posee una figura en el centro. Se ven nimios y huérfanos, organizados allí en hileras.

–¿Dónde los conseguiste? –interroga Katya a la joven que los vende.

La niña hace un gesto de indiferencia y ríe. Tiene un semblante afable, sincero, un mentón rollizo y diminutos ojos sonrientes. Quizá sólo esté contrayendo las pupilas ante el sol.

Katya se acuclilla para mirar los azulejos con minuciosidad. El overol se le ciñe a los muslos. Se pregunta si habrá ganado peso en Nínive. ¿En dos días? ¿Con carne de ternera enlatada y Sparletta? Resulta bastante probable.

Los azulejos, provenientes de cuartos de baño, se extrajeron con todo cuidado: no tienen esquinas rotas, rajaduras o manchas. El pegamento se limó en la parte trasera. Pequeñas flores azules en el núcleo de los cuadrados.

–Estos mosaicos son de Nínive, ¿no es cierto? ¿El complejo que está allí?

La chica se encoge de hombros.

–¿Le gustan?

–Me gustan mucho. ¿Cuánto cuestan?

–Dos rands10 por cada uno.

–No está mal –Katya no se molesta en regatear–. Me los llevo todos. ¿Cuánto sería en total? Seis, siete... Nueve.

La niña parece satisfecha. Apila el material, lo envuelve en una bolsa de ShopRite y Katya lo recoge con cuidado. Le da a la criatura un billete de veinte rands y le pide que se quede con el cambio. Los azulejos son pesados y, unos junto a otros, constituyen un ladrillo fenomenal, prácticamente un cubo que apenas cabe en su maleta.

–¿Tienes alguna otra cosa similar?

De nuevo, unos ojos entrecerrados ante el sol, aunque en esta ocasión la muchacha parece menos divertida y más especuladora. Se muerde el labio inferior con incisivos un poco sesgados.

–Podría hacerle un pedido –dice, tras mucha deliberación y con cautela–. Tenemos varias cosas para vender –se vuelve y entrecruza la mirada con un hombre que ha atestiguado la escena. Cuando el sujeto irrumpe, Katya se percata de que sus facciones son homólogas a las de la chica, pero más carnosas y con una nariz tajante, en forma de flecha.

–John –el tipo se presenta.

–Hola –dice Katya, y extiende la mano. Su puño es seco, escurridizo y flácido, como el de alguien que no se ha instruido en la fórmula de estrechar manos. Es un instante incierto. Si el objetivo de los apretones de manos es expresar confianza, este ha fallado.

–¿Estás interesada en estos azulejos? Puedo traerte más, muchos más. ¿Cuántos quieres?

El individuo es cortés pero denodado, lo cual incrementa el recelo de Katya. Ni siquiera entiende por qué inició este intercambio.

–Si buscas estas cosas, debes hablar conmigo –el tipo la coacciona–. Puedo conseguirte lo que sea, lo que sea, accesorios de baño, accesorios eléctricos, pero debes tratar el asunto conmigo.

Katya asiente y sonríe, retrocediendo. Comprende la situación.

Ahora su maleta es considerablemente más fornida. Los mosaicos de calidad pesan una tonelada.

El centro comercial es reducido, nuevo y bastante sencillo, sin pretensiones. Tiene una suerte de carácter provisional. Parece haber sido edificado a partir de las piezas de un kit, piezas de madera contrachapada que se acoplaron rápidamente. No se requeriría más que un buen empellón para derribar las tiendas, cual fichas de dominó.

Katya observa el escenario con interés profesional: una rata se escabulle de la parte trasera de un cubo de basura. Siente una debilidad afectiva hacia las ratas: constituyeron su primera victoria en términos de trato humanitario. Durante la mayor parte de sus veintitantos, vivió en solitario su propia versión de la existencia nómada de Len. Moraba en cuartos alquilados y trabajaba en bares. Fue una infestación de ratas en uno de aquellos establecimientos lo que la llevó a iniciarse en el negocio. El gerente le dio la oportunidad de hacer pruebas, a fin de afrontar el problema, antes de poner veneno. Tras muchos experimentos, dolorosos e insalubres, Katya se las arregló para atrapar hasta la última rata. Las liberó, una por una, en Rondebosch Common, a medianoche, con el objetivo de evitar el escrutinio de transeúntes suspicaces. Ese fue el comienzo de su vocación, que más tarde la condujo a RIP, la camioneta, el uniforme y, al fin, con enorme recelo, a su casa: una base de operaciones permanente. Su vocación la condujo a todo lo que hoy posee.

La rata se precipita como un rayo junto a un personaje que está ahí de pie, con las manos sobre las caderas, en una esquina del estacionamiento. Katya reacciona con nerviosismo, lo otea reiteradas veces, pero sólo se trata de un pobre tipo que intenta mendigar un par de monedas. El auténtico guardia del lugar, vestido con una pechera fluorescente, retira al limosnero. Para Katya se ha vuelto prácticamente un hábito tratar de columbrar la figura de su padre entre los sin techo y los individuos en estado de abandono. Agacha la cabeza y se apresura.

En el interior, el espacio, similar a una caja, contiene la ordinaria variedad de tiendas de ropa y artículos electrónicos, y tugurios de comida rápida. A Katya todo la excita, como si hubiera estado en algún sitio recóndito durante meses, y no unos pocos días. Las prendas, tan brillantes e impolutas; las bandejas reclinadas que ofrecen hortalizas perfectas; los libros y discos compactos, con portadas lustrosas como el barniz. Elige sus abarrotes básicos y saca algo de efectivo del cajero. Acto seguido, pasa un rato curioseando una librería cuyos precios son de ganga. Se trata de uno de esos raros lugares surtidos con una selección azarosa de saldos editoriales, de libros rescatados de la destrucción.

Hay una sección de obras de consulta, donde halla la Guía completa de los insectos de África del Sur. La hojea y contempla las imágenes, los mapas, los nombres en latín de saltamontes y libélulas. Len, carente de educación, ostentaba todo ese conocimiento en la punta de los dedos. Ante cualquier bicho endémico, podía recitar su nombre en media docena de idiomas. Por algún motivo, Katya jamás se dio a la tarea de aprender esa clase de cosas. Pereza, supone. Podrá exhibir sus tarjetas de presentación y logotipos, pero la falta de tal conocimiento la obsesiona: Len fue el verdadero artífice. Coloca la guía práctica de nuevo en su estante.

A continuación encuentra uno de esos libros fotográficos en los que se comparan representaciones de Ciudad del Cabo –vintage, en blanco y negro– con fotos de los mismos paisajes, capturadas en tiempos modernos. Long Street y Camps Bay ayer y hoy. El Distrito Sexto, brioso en el pasado y luego en ruinas. El antiguo puerto, con su elegante embarcadero, y la banda costera, lúgubremente triunfal, que se construyó sobre él –desplazaron el mar hacia atrás, por medio de pura fuerza de voluntad, y dejaron la zona sin sombra, bajo el sol de los años setenta–. Resulta notable que todo sea tan diferente –mostrar esa discordancia es la intención del volumen–, pero también el hecho de que ni lo viejo ni lo nuevo se antoje preferible de manera palmaria.

Las imágenes monocromáticas de Ciudad del Cabo en la época victoriana se perciben infaustas, aquejadas por una especie de lasitud: las calles se ven extrañamente baldías. Las instantáneas de los años cincuenta exponen, a su muy particular modo, un anquilosamiento: esos cielos absurdamente brillantes, estilo Kodachrome; esas escenas de calles pobladas sólo por gente blanca –a excepción, claro, de los pintorescos vendedores de flores–. En ninguna de las fotografías la ciudad parece arrellanarse, oronda, sobre sí misma. Sólo la montaña y el mar tienen un aspecto sereno: mutan a un ritmo mucho más decoroso. Adentrarse en este libro: una vivencia que desorienta. Cada persona que apretó el obturador intentó fijar su impresión de la urbe tal como se le presentaba; sin embargo, es imposible afianzar algo tan inconstante y desasosegado como una ciudad descontenta. Si uno ensartara las estampas en un gigantesco foloscopio o las reuniera para elaborar un carrete de cine convulsivo, año tras año, la metrópolis saltaría y trepidaría, se retorcería y haría movimientos espasmódicos en un rapto de histeria, como si poseyera hormigas en el culo. Sin duda, las ciudades coloniales sufren más urticaria que la mayoría; bullen en la luminiscencia subsahariana; son abruptas, incluso en un mundo sepia.

Queda muy poco de la Ciudad del Cabo original. Sólo la empedernida estrella que configura el Castillo de Buena Esperanza. La fortaleza sujeta los alrededores como un alfiler –o la placa de cinco puntas de un policía–. Qué disparatado es creer que cualquier cosa erigida hoy subsistirá en los años venideros... Katya vuelve a poner el libro en su estante; lo mete con cuidado en la endeble pared de la tienda. En definitiva, esta librería no va a perdurar lo suficiente como para brindar escenas del futuro.

Abandona el centro comercial, después de traspasar las puertas automáticas, y se sitúa en una orilla del estacionamiento para hacer ciertas llamadas. En primer lugar, a la oficina del señor Brand.

Hoy, Zintle la decepciona. Su voz es meliflua –lo cual no es desusado–, pero carece de su consabido vaivén. La mujer parece postrada, como si padeciera un ligero resfriado o estuviera deprimida y taciturna o incluso como si soportara una leve resaca.

–Ah, señorita Grubbs –dice, ausente.

Katya echa de menos la sensación de ser manipulada de manera lúdica. ¿Acaso Zintle perdió interés en ella?

–Sólo estoy poniéndome en contacto, sabe, reportándome con mi empleador –comenta.

–Vaya, pues.

A fin de cuentas, Zintle no le tiene ninguna fe; no le tiene la menor fe.

–Tengo una cita con el señor Brand este domingo. Pensé que sería oportuno confirmar la hora y demás cuestiones.

–¿Domingo? –Zintle husmea–. No sé nada acerca de eso. No trabajo los domingos.

–Bueno, ¿entonces qué debería...?

–Trate de contactarlo en su casa. Ahí estará, quizá.

–Ah, muy bien. Por lo demás, ¿sabe?, necesitaría algún dinero para mis gastos.

Aquello, finalmente, le provoca una carcajada a Zintle.

–No es usted la única, querida –dice–. Buena suerte –agrega, y cuelga el teléfono.

Tras esa charla, Katya se siente acobardada para comunicarse a la residencia Brand. Por el contrario, llama a su propia casa. Imagina, en el extremo opuesto de la línea, que el sitio entero tintina como una campana y que las grietas se expanden con cada vibración. Responde, Toby, antes de que todo se desplome. Se rinde después de diez timbrazos y marca el número de su celular.

Toby atiende al instante.

–¡Eh! ¿Qué tal? RIP. ¿Qué podemos hacer por usted?

–Por Dios, eso es terrible. ¿Por qué contestas así el teléfono? Esta podría ser una llamada de trabajo. Mierda, ¡esta es una llamada de trabajo!

–Uy, perdón. ¿Cómo estás, Katya?

Ella se arrepiente al instante. No quería manifestar una tesitura agria. No obstante, la voz de su sobrino se oye macilenta e insustancial. Katya atraviesa un momento de vértigo, de pánico: ¿dónde está?, ¿cómo podría volver a encontrarlo o él encontrarla a ella si alguno de los dos interrumpiera la conexión sin más?

–¿Dónde estás, Toby?

Sabe de sobra que es irritante formularle esa pregunta a un joven en su celular: es el acto reflejo de una generación anterior. Por eso acepta el reproche:

–Simplemente estoy... por ahí.

Tan dubitativo, tan vago... un chico en una burbuja en el cielo. Es la voz de su madre: el susurro de Alma, hace un millón de años, proveniente de otro mundo, sin anclar en ningún puerto, a la deriva, cada vez más distante.

De pronto hay un aullido en el auricular y el tono de la línea muere.

Katya se comunica nuevamente.

–¿Qué está ocurriendo?

–Estoy ocupado –contesta Toby sin miramientos. A juzgar por los rugidos agónicos, el muchacho está lidiando con una manada de lobos.

–Toby, ¿qué carajo...? ¿Estás bien?

–Sí, sí –refunfuña–. Es sólo que... ¡No puedo hablar ahora!

–¡Espera, espera, espera! Necesito que vengas a buscarme. Mañana.

Un silencio tenso y jadeante en respuesta.

–¿Tobes? ¿Mañana?

–¡No! ¡Eres un fastidio!

Un bramido sobrenatural en el fondo. Y el adolescente ya ha colgado. Katya insiste, pero no hay réplica.

Cavila unos segundos y luego marca el número de su hermana.

–¿Se encuentra bien Toby? Acabo de tener una conversación telefónica inaudita con él.

–Bueno, está haciendo un trabajo. Para ti. Mengostas, creo que me dijo.

–¿Mangostas?

–Lo que sea. ¿Por qué? ¿Qué pasa?

–No, nada, no importa –mejor no preocuparla: Alma se desquicia por cualquier motivo–. Sólo dile... dile que a las dos en punto, mañana. Necesito volver para acudir a una reunión el domingo.

Katya se despide, preguntándose si el conductor la recogerá o si las mengostas rabiosas lo habrán descuartizado, miembro por miembro. Los inconsistentes muros del centro comercial parecen retumbar y sacudirse a sus espaldas. A lo largo del estacionamiento, la brisa castiga las banderas, bastante deplorables, que se alzan en una serie de mástiles. Rueda por el lugar, sin supervisión, un ciempiés de carritos de supermercado que –¡zas!– embiste de manera oblicua a uno de los automóviles. Todo está en movimiento, martirizado por la ventisca: el acero y el concreto tiemblan como las aguas de un lago. Katya merodea al filo del lote, disminuida por el peso de sus bolsas de provisiones, renuente a emprender la fatigosa marcha de regreso.

Algo la atiza, como un pájaro que desciende del cielo y aprisiona su nuca con zarpas carnosas. Ella vocifera y se agazapa y retuerce, dejando caer sus paquetes para afrontar la acometida.

La figura da un salto hacia atrás y también lanza un grito, y durante unos instantes ambos se asemejan a gatos en medio de una reyerta, con los lomos arqueados y gruñendo. Luego Katya advierte de quién se trata, se para en seco y se lleva la mano al cuello.

El sujeto tiene los puños sobre las caderas y sonríe de modo sardónico, complacido consigo mismo.

–¡Katyoruga! ¡Qué gusto encontrarte aquí!

Ella excava sus dedos hasta que logra sentir las uñas.

Lo primero que hace es conseguir un par de tragos para ambos, bien cargados. No está segura de poder abordar esto sobria. Recuerda al señor Brand y opta por un whisky. Se sientan en la parte posterior –y umbría– de un restaurante de carnes que pertenece a una franquicia. Posee una barra de madera pulida y bronce de imitación. Hay muy pocos clientes.

–¿Qué estás haciendo en este sitio, papá?

Len sonríe con suficiencia.

–Me enteré de que estabas por acá.

–¿Te enteraste a través de quién?

–Me enteré de que tomaste mi empleo.

–Es mi empleo, papá –aclara Katya–. Es mío.

Él ríe y se quiebra los nudillos; ella se amedrenta al percibir el sonido. Len ejecuta su gracia de una forma distintiva: junta las palmas como si fuera a rezar una plegaria, fuerza las muñecas hacia atrás, a noventa grados, hasta que emiten un chasquido, y después presiona los dedos, deliberadamente, para llegar a los nudillos y producir un riff de estallidos en las articulaciones. Katya aprieta los dientes a fin de evitar que el ruido se interne en su cabeza.

Se ve a sí misma junto a él en un espejo, ambos encaramados en los taburetes de la barra, con los tobillos engarzados a sus piernas: poses idénticas, cada uno ensayando una media vuelta para apartarse del otro. Podría haber caído la noche profunda bajo esta luz ebria y ámbar, podrían ser dos extraños ahogando su congoja en alcohol. De hecho, Katya siente que el sopor de la madrugada –una suerte de inercia– comienza a asediarla. Cuando Len gira la cabeza hacia un lado, ella atrapa el resplandor de un ojo, el ángulo de su frente. Cada atisbo proporciona una dócil tolvanera de reconocimiento. Papá.

No sabe con certeza si su padre tiene mal o buen aspecto. Está más viejo, indudablemente. Es como si hubiera pasado siete años en un bosque, talando madera y alimentándose de ardillas: delgado, maltrecho, sucio pero firme y rebosante de energía malévola. Usa unos jeans baratos y una vieja camiseta amarilla que dice “Tropicana” y muestra sus brazos, aún nudosos de tanta musculatura. Al pare-cer, ha perdido uno de los dientes frontales. Su piel está ligeramente arrugada –cual papel que se ha arrojado a la tina del baño y luego puesto a secar– y exhibe un bronceado oscuro y manchas de sol, excepto en el antebrazo derecho. Un fragmento desollado. La vieja mordedura de serpiente que sanó hace tiempo. Las víboras bufadoras muerden con perfidia: el veneno crea una necrosis en el tejido. Katya recuerda, de manera vívida, la configuración de la cicatriz, que la remitió a la piel suave de un árbol del caucho con la corteza rasurada. Len solía rehuir todo contacto con ese brazo. Ahora, la decoloración ha empeorado: la piel dañada es roja y se ve más enjuta que antes. En la región dorsal de sus manos y en los bordes de la frente, la piel está llena de pecas propias de la edad, lo cual, aunado al diente faltante, da la impresión paradójica de una travesura de muchacho. Incluso el mechón de pelo acromático que permanece detrás de su cabeza, suspendido por encima del cuero cabelludo cada vez más ralo, posee un brío juvenil. El único elemento en verdad descorazonador es su calzado: sus tenis están desgastados de manera casi indecible, con agujeros en las costuras a través de los cuales Katya observa uñas callosas. Los zapatos: la señal más reveladora –siempre– de una vida escabrosa.

Len se inclina hacia delante. Huele a sudor, a tabaco y... ¿a qué? ¿Moho? Toma el cuello del uniforme de su hija.

–Garboso –dice.

Katya no puede evitarlo: se retrae. Len hace una pausa, con la mano en el aire, para estudiar su reacción. Acto seguido, se dispone a continuar de modo premeditado, y sujeta una buena parte de su cuello. Katya se queda completamente yerta. Transige. Su padre rasga el logotipo cosido en la tela con la uña del pulgar.

–¿RIP? ¿Qué significa?

–Reubicación Indolora de Plagas.

–¿Reubicación? Muy sofisticado –por fin suelta el cuello de Katya–. ¿Y qué significa eso de indolora?

–Traslado a los animales, no los aniquilo. Les doy un trato compasivo.

Len grita: “¡Hurra!”, jocoso. Las patas delanteras del taburete del bar se elevan hacia atrás y se estampan contra el piso, en una explosión de júbilo.

–¡Compasivo! –resopla– ¡Puta madre, indoloro!

Katya se endereza el cuello y lo abotona por completo.

–Papá, ya fue suficiente de tantas pendejadas. ¿Dónde has estado todo este tiempo? ¿Vives por aquí?

Apunta hacia el techo con el dedo curtido por el tiempo, y traza un círculo; apunta hacia el suelo y hace lo mismo.

–Voy y vuelvo, ando por aquí y por allá. Fuera de la vista de todos, ocultándome –le guiña el ojo y la remite, con una sensación de náusea, al señor Brand–. Entonces, ¿tienes dificultades en ese empleo? ¿Te has topado con obstáculos? ¿Necesitas ayuda de tu viejo?

–Espero que sea una broma. No.

Len chasquea los dedos para pedir otra ronda de tragos. La chica que atiende el bar es muy joven y adopta una actitud convenientemente precavida hacia ellos, ubicándose en el extremo contrario de la barra.

–Supongo que ya sabes qué hacer con esos bichos, ¿no? ¿Sabes cuándo empezaron a pulular?

–¿Qué bichos? –inquiere Katya sin pensarlo.

–¡Qué bichos, pregunta ella! ¡Qué bichos!

La chica del bar sonríe con cortesía y él se acaricia el mentón, dirigiéndose a ella.

–¿Un paquete de papas fritas, querida? Sal y vinagre.

Katya se posa en su asiento, de forma precaria, y lo examina. Puede olfatearlo y observar el amasijo de papas fritas revolviéndose tras los dientes disparejos. Mientras más engulle, más animado se le ve. Mueve las nalgas huesudas en el taburete resbaladizo y alza las cejas ante su hija, de forma cómica.

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292 s. 5 illüstrasyon
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9786078764266
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