Kitabı oku: «Por sus frutos los conoceréis», sayfa 2
3. Los milagros de Jesús
Los habitantes de Galilea, agricultores, pequeños comerciantes, pastores, se encontraron un día con Jesús que recorría sus aldeas curando enfermos, expulsando demonios y liberando a las gentes del mal, la indignidad y la exclusión. Durante tres años, caminó por pueblos y aldeas y les convenció, con su pasión genuina, sus palabras y actitudes, de que Dios les amaba, permanecía junto a ellos, se preocupaba de sus cosas. Los enfermos recuperaban la salud, los poseídos por el demonio eran rescatados de su mundo de angustia y oscuridad y muchos de ellos encontraron el sentido de sus vidas. «Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él», encontramos escrito en los Hechos de los Apóstoles 10,38.
Los evangelios nos señalan que el Maestro realizaba tantas curaciones porque se compadecía de cuantos sufrían por motivos físicos y espirituales, porque sentía en sus entrañas la misericordia de Dios por el ser humano. Descubrió que el pueblo se encontraba como «ovejas sin pastor», se compadeció de ellos y les habló del Padre de los cielos, asegurándoles que el Dios de Israel era un Dios cercano y misericordioso. Para quienes le escuchaban, resultaba evidente que no solo no hablaba de memoria, ni repetía estereotipos o fórmulas vacías, sino que con su manera de vivir y con su ternura les daba a entender que sus palabras manifestaban su gozosa experiencia personal. Se sentían curados, su sufrimiento recibía alivio, su espíritu quedaba pacificado, su vida quedaba restaurada, y se sentían hijos de Dios: esos eran los sentimientos que experimentaban quienes le escuchaban, comprobando que las palabras con las que contestó a los emisarios del Bautista eran verdaderas: «Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva…» (Lc 7,22).
Los primeros cristianos fueron conscientes de que la actuación de Jesús había girado alrededor de dos objetivos complementarios: anunciar la buena nueva de la cercanía del reino de Dios y, al mismo tiempo, preocuparse y curar las enfermedades y dolencias del pueblo (Mt 4,23). De esta manera, anunciaba eficazmente, con palabras y signos, que la acción salvadora de Dios estaba ya presente en su persona. Tras enviar por primera vez a sus discípulos a anunciar la buena nueva, «ellos se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea anunciando el Evangelio y curando en todas partes» (Lc 9,6). Este ha sido, también, el mandato recibido por los cristianos a lo largo de los siglos: proclamar la grandeza de Dios y, al mismo tiempo, estar próximos a las limitaciones y sufrimientos de los hombres, buscando su bienestar y su curación, colaborando en la regeneración de una sociedad, a menudo, enfrentada y sin esperanza.
La presencia y cercanía de Dios produce incesantemente toda clase de bienes en su creación: la belleza, la bondad y la verdad, presentes siempre, de alguna manera, en la naturaleza y en los seres humanos. Resulta gratificante comprobar cómo los milagros de Dios nos acompañan con frecuencia a lo largo de nuestra vida. Individuarlos y gozar de ellos constituye una de las sensaciones más gozosas de nuestra existencia. Los cristianos hablamos con agradecimiento de la Providencia, esa presencia difusa, creativa y generosa del Creador en la naturaleza y en la vida de los seres humanos. Es una presencia que es percibida en la esperanza y que, a su vez, provoca esperanza. Una esperanza cantada por Ezequiel cuando expresó en primer lugar su experiencia personal de desaliento: «Hijo de hombre, estos huesos son toda la casa de Israel. He aquí que dicen: nuestros huesos están resecos: nuestra esperanza destruida…» (Ez 37), pero que, al poco tiempo, se convirtió en reconocimiento y proyecto de futuro al comprobar la decisión amorosa de Dios. Así habla el Eterno: «Yo abriré vuestros sepulcros, yo os haré salir de vuestros sepulcros, oh pueblo mío. Y os llevaré de nuevo a la tierra de Israel». Esta esperanza se dirige solo a Dios, pero Dios se sirve siempre de los hombres para derramar sus dones y manifestar su cercanía. Ser conscientes de esta capacidad personal de cooperación con el proyecto divino constituye una de las experiencias más gratificantes del ser humano.
Durante los siglos XIX y XX diversas congregaciones religiosas incluyeron la palabra providencia en sus nombres propios. Ellas han dedicado su atención y su vida a los niños abandonados, a los ancianos, a los pobres, pero, sobre todo, han querido señalar que era la providencia divina la que, por medio de sus atenciones, se cuidaba de protegerles y cuidarles. En cierto sentido, los milagros divinos siguen manifestándose en todos los ámbitos humanos, día a día, por medio del amor y la entrega de los hombres. La auténtica aventura humana consiste en descubrir el verdadero rostro del amor y, para conseguirlo, resulta imprescindible descubrir y poner en práctica nuestra capacidad de amar. Demasiado a menudo, nos limitamos y empobrecemos con amores escasos y de poco horizonte, sin captar el inmenso amor que nos rodea y que, de hecho, mueve, libera y enriquece un mundo siempre contradictorio y desconcertante.
El pensamiento humano, el arte en todas sus expresiones, las diversas religiones han concebido el mundo como la manifestación esplendorosa y como la expresión plástica de la omnipotencia de Dios, pero no siempre de la bondad y la ternura de Dios. Sin embargo, desde el alba de los tiempos, Dios nos conocía, y toda la creación siempre ha estado relacionada y condicionada por nuestra existencia. Él sabía que algunos se rebelarían a su amor y a su misericordia, pero que otros le amarían desde el instante en que fueran capaces de amar, y que ya nunca más le abandonarían. Habría alegría en las estrellas con motivo de algunas conversiones y, al final de los tiempos, en la gloria final de la creación, todas las criaturas se reunirán para celebrar su amor, de modo que, en la culminación de los tiempos, todos los ámbitos de la creación volverán de nuevo a su Creador.
Mientras tanto, a lo largo de la historia, los seres humanos se encuentran y relacionan una y otra vez con los milagros que Dios va desparramando en el universo. Son signos que deben ser investigados, descifrados y comprendidos. Algunas almas más humildes o más ingenuas o más puras han tenido y tienen la misión de comprenderlos, traducirlos y darlos a conocer: «Los cielos anuncian la gloria de Dios, el firmamento proclama las obras de sus manos», reconoce el Salmo 19,7, y Tommaso de Celano, en su Vida sobre Francisco de Asís, comenta: «¡Qué éxtasis le procuraba la belleza de las flores, cuando admiraba sus formas y aspiraba su delicada fragancia! Se paraba a predicarles, les invitaba a alabar y a amar a Dios, cual si fuesen seres dotados de razón. Al mismo modo, las cosechas y las viñas, las piedras y las selvas, las bellísimas campiñas, las aguas corrientes, los jardines verdosos, la tierra y el fuego, el aire y el viento, con simplicidad y pureza de corazón, invitaban a amar y alabar al Señor»[5].
El Cántico de las criaturas de san Francisco constituye la continuación de esta admiración: «Omnipotente, Altísimo, Bondadoso Señor, tuyas son la alabanza, la gloria y el honor, tan solo tú eres digno de toda bendición y nunca es digno el hombre de hacer de ti mención».
Hasta nuestros días, durante los primeros días de octubre se presentan en las iglesias los frutos de los campos como agradecimiento por el permanente milagro de las estaciones y de los alimentos que la naturaleza nos ofrece para nuestro provecho. La eucaristía constituye una extraordinaria acción de gracias al Dios que nos salva, que el pueblo cristiano ofrece cada día recordando a Cristo. Cuando los cristianos somos capaces de dar gracias a Dios por ser nuestro Padre, al mismo tiempo, reconocemos con alegría la existencia de todos nuestros hermanos y, a partir de ese mismo momento, la humanidad se hace más compacta y solidaria.
Los grandes santos han repetido los milagros de Jesús, tal como leemos en sus vidas. La presencia viva y decisiva del Señor se encuentra en la vida de sus santos, en su desbordado amor por Dios y por los hombres, en los prodigios que realizan, en su capacidad de crear paz y solidaridad. También ellos han considerado que solo hay un universo, el de los hombres, que, en su evolución, siempre desemboca en Dios, y han utilizado en su acción el principio de que hay que servir antes que a uno mismo a quien es menos feliz que uno mismo. Servir en primer lugar a quien sufre más, necesita más y está más solo que nosotros mismos.
Los creyentes han relacionado los milagros, en su sentido general, con la idea de Providencia, que tiene que ver con el convencimiento de que Dios se interesa por nosotros, perdona nuestras infidelidades, acompaña nuestras vidas, nos protege y se preocupa por nuestro itinerario. Jesús compartió todo con nosotros. Compartió, en primer lugar con José y María; con los doce apóstoles, quienes con frecuencia no comprendían lo que sucedía; compartió su cuerpo en la última cena y en cada una de las eucaristías, y, al morir en la cruz, los soldados repartieron su ropa. No vino para condenarnos ni para juzgarnos, sino para sanar nuestras heridas, para curarnos y salvarnos. Es el milagro que nosotros podemos repetir con nuestros hermanos si actuamos como él.
Jesús habló de que Dios hace llover sobre buenos y malos y nos recordó que si nosotros, que somos débiles, nos ocupamos de nuestros hijos, con más razón Dios se ocupará de nosotros. Nuestras oraciones se dirigen a Dios con esta confianza y el pueblo fiel, espontáneamente, considera que Dios nos tiene en cuenta y nos protege. La predicación repite que Dios nos conoce por nuestros nombres, personalmente. Es decir, los creyentes, aceptando la autonomía de la naturaleza y la libertad de Dios y la nuestra, nos sentimos protegidos, defendidos, apoyados y encaminados por el amor de Dios.
Precisamente este convencimiento ha llevado a muchos creyentes de los últimos decenios (Henri Godin, el padre Depierre, el abbé Pierre) a abrir puertas y penetrar en el mundo de la miseria, a partir de corrientes espirituales y de la inteligencia del corazón más que de las ideas. Movimientos de lucha por el pan, por la justicia, por los seres humanos más despreciados y a favor de la familia. El abbé Pierre ha insistido en que la familia constituye el único refugio para el hombre cuando le falta todo. Solo en ella encuentra quien le acoja alguien que le es cercano. Estos creyentes no poseían nada, ningún poder; ofrecían lo que eran, dispuestos a consagrar su vida combatiendo con quienes se encontraban empujados a la miseria. Su fe les lleva a amar y darse a los otros, siguiendo a Dios, que ha prometido: «Mi fidelidad y misericordia le acompañarán, por mi nombre crecerá su poder. Él me invocará: “Tú eres mi Padre, mi Dios, mi roca salvadora”» (Sal 89).
4. La compasión y la misericordia de Jesús
En el evangelio de Marcos encontramos un milagro especialmente significativo, el de la mujer que tenía un flujo de sangre (Mc 5,24-34). No se nos da su nombre. Se encuentra sola, sin parientes ni amigos, y se nos dice que los médicos la habían arruinado. Dadas las costumbres imperantes en su tiempo, su enfermedad de pérdida de sangre, además de hacerla estéril, la situaba en un mundo ritual de impureza, vergüenza y deshonor. Por eso no se atreve a hacer su petición en público, y solo se atreve a tocar su manto a escondidas, ya que, según el ritual judío, si ella le toca, él quedará impuro. Impresionada por lo que ha oído de Jesús, se atreve a acercarse a la fuente de un don que solo puede ser recibido gratuitamente, en contraste con la fortuna que ha gastado inútilmente en médicos. Su tímido y simple contacto revelaba su temor y toda su esperanza, al tiempo que se manifiesta la ternura de Dios.
En este milagro nos encontramos con la grandeza de Dios y el amor misericordioso del Señor. A Jesús no le basta con curarla, quiere llegar a lo más profundo de su alma e inicia con ella un diálogo que les aproxima y les relaciona. Jesús no es un funcionario, sino el amigo que se preocupa y sale a su encuentro. La mujer no solo es sanada, sino que recibe además la alabanza por su fe y es llamada hija, un título raro en los evangelios.
Jesús nos invita a hacer nuestra la experiencia de la mujer: tomar conciencia, en primer lugar, de nuestra debilidad y de nuestra pequeñez, conscientes de que se nos está escapando la vida, a cuenta de tantas «pérdidas» de valores fundamentales y de presencias de aspectos conflictivos en nuestra existencia, situación que nos hace sentirnos estériles porque descuidamos lo importante y desatendemos el sentido último de nuestra vida.
La inmensa sensibilidad de Jesús por el dolor de los seres humanos le hizo capaz de relacionarse con ellos con todos sus sentidos, con su piedad y misericordia: miraba a sus ojos, escuchaba sus palabras, les animaba y tocaba con sus manos lo que terminaría sanando. Cuando aquella mujer con su flujo de sangre se le acercó por detrás, en medio de la muchedumbre y le tocó, emergió de él un poder curativo que curó para siempre la enfermedad de la mujer (Mc 5,25-34), y cuando tocó al leproso con sus manos devolvió a aquel hombre, esquivado por todos, una dignidad y una seguridad en sí mismo que creía irremediablemente perdidas (Mc 1,40-45). Al ciego de nacimiento le deslumbró aquella luz inesperada que inundaba sus ojos cuando los dedos de aquel galileo desconocido acariciaron sus párpados y escuchó aquella invitación: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé…» (Jn 9,7). El sordomudo sintió que alguien lo agarraba de la mano y lo sacaba de entre el gentío y, cuando estuvieron a solas, Jesús introdujo sus dedos en sus orejas, con saliva le tocó la lengua y pronunció después una orden imperiosa dirigida a sus oídos cerrados: «¡Abríos!» (Mc 7,34). Y la fuerza de aquellas palabras atravesó las barreras de su sordera, soltando a la vez su lengua y su existencia entera condenadas al silencio[6].
Todavía hoy se sirve del agua, del vino, del pan, de la luz, de los óleos, de la amistad y el cariño, para curar, animar, alimentar, fortalecer y salvar a cuantos a él se acercan. Jesús consigue de nosotros un corazón nuevo y nos infunde un espíritu nuevo, nos saca de nuestra rutina y anima a renovarnos.
Tal vez sea por esto por lo que, a pesar de la crisis de las iglesias y de las religiones, la figura generosa de Jesús continúa provocando admiración e interés, y los seres humanos siguen concediéndole autoridad moral en una época que carece de referentes éticos. Para nosotros, también, es el amigo que ofrece su vida por nosotros, que concede su perdón envuelto en acogida amistosa, que nos pide ser compasivos como lo es el Padre del Cielo, y que cambiemos nuestro corazón. Somos discípulos de un Maestro que dominaba el arte de acoger, de amparar y de ofrecer asilo entre sus brazos a las vidas heridas y a los cuerpos maltrechos de tantos hombres y mujeres. Estamos obligados a conseguir con nuestra solidaridad, preocupación, sintonía y cercanía, que la comunidad creyente, la Iglesia, se convierta en un espacio de comunión, de acogida, de misericordia y de fraternidad compartida, capaz de abrazar a cuantos en nuestros días siguen sufriendo en sus cuerpos y en sus espíritus.
Resulta miserable rezar juntos el Padrenuestro y compartir la eucaristía, si, al tiempo, mantenemos cerrados nuestros corazones y despreciamos o descuidamos a cuantos nos rodean. Actuando así, solo conseguimos diluir la pertenencia a la Iglesia y el sentido auténtico de la identidad cristiana. Jesús nos llama a remodelar nuestro pensamiento, reconstruir nuestra vida, nuestras amistades, nuestra fe, a partir de su enseñanza sobre los pobres y los pequeños.
Por el contrario, según Jesús, el reino de Dios se hace presente allí donde las personas actúan con misericordia. Para que su presencia sea visible hay que introducir en la vida compasión, un sentimiento siempre presente en las manifestaciones divinas. Hay que mirar con ojos compasivos a los hijos perdidos, a los excluidos del trabajo y del pan, a los delincuentes incapaces de rehacer su vida, a las víctimas caídas en las cunetas. Hay que implantar la misericordia en las familias y en la vida de las aldeas. Jesús llega ofreciendo el perdón y la misericordia de Dios, inaugurando una dinámica de perdón y compasión recíproca y actuando siempre en consecuencia, tal como había señalado Isaías: «Cesad de obrar el mal, aprended a obrar el bien; buscad el derecho, socorred al oprimido, defended al huérfano, proteged a la viuda» (Is 1,16-18).
La manera de actuar de Jesús se desvincula de todos los estereotipos y modelos mundanos de autoridad y prepotencia, y descalifica cualquier manifestación de dominio de unos hermanos por otros: se inaugura un estilo nuevo en el que el fuerte no se impone sobre el débil, el rico sobre el pobre, el que posee información sobre el ignorante. Para Jesús, en el nuevo Reino la vinculación fundamental es la fraternidad en el servicio mutuo, compartiendo mesa con los que aparentemente eran «menos» y estaban «por debajo», invalidando cualquier pretensión de creerse «más» o de situarse «por encima» de otros. Jesús presenta otras prioridades, nos señala en qué consiste la sustancia de su propuesta, cómo podremos llegar a ser verdaderamente discípulos suyos. Él nos insistió en que para conseguir el necesario cambio de mentalidad, de apegos, de forma de actuar y de reaccionar, resulta imprescindible nacer de nuevo, tal como enseñó a Nicodemo.
En nuestros días, tendríamos que ser capaces de encontrar otras maneras de encarnar a Cristo, ya que somos conscientes de la insuficiencia de muchas de nuestras estructuras, signos y presencias. Con demasiada frecuencia la Iglesia se ha mirado en los espejos mundanos y no tanto en el espejo del Evangelio. Tantos modos y fórmulas, tantos mantos y joyas, tantas estatuas y oropeles señalan una querencia ausente en los evangelios. Muchas de las dificultades presentes en la historia del cristianismo, tanto en la vida espiritual como en el modo de relacionarnos con los demás, provienen de la resistencia de los creyentes a ponerse en la postura básica de un servicio que no pide recompensas, ni reclama agradecimientos, ni títulos o tratamientos esperpénticos. Al que ha intentado vivir así le ha bastado el gozo de poder estar, como Jesús, con la toalla ceñida para lavar los pies de los hermanos.
Fue con su vida antes que con su doctrina como Cristo nos enseñó cómo es Dios y cómo desea que seamos nosotros y así es como lo comprendieron sus discípulos desde el primer momento[7]. Teresa de Ávila inició su autobiografía con el deseo de «cantar las misericordias del Señor» y Teresa de Lisieux se decidió a escribir con la persuasión de «tener que hacer una sola cosa: comenzar a cantar lo que más tarde repetiré por toda la eternidad: “las misericordias del Señor”». La historia del cristianismo es en cierto sentido la historia de esta misericordia y el agradecimiento que sentimos por ser sus destinatarios.
Agradecer es lo mismo que enamorarse, ser consciente de las gracias recibidas nos lleva a admirar y amar a Cristo, y el cristianismo consiste fundamentalmente en el encuentro con Cristo, camino, verdad y vida del ser humano y de toda la creación. Dice san Ireneo que si al hombre le faltara completamente Dios, el hombre dejaría de existir. De hecho, la historia humana y el mundo que la rodea hablan permanentemente de su acción y de su bondad. Recordemos las alabanzas al Dios altísimo escritas por san Francisco de Asís: «Tú eres el amor, la caridad; tú eres la sabiduría, tú eres la humildad, tú eres la paciencia, tú eres la hermosura, tú eres la mansedumbre; tú eres la seguridad, tú eres la quietud, tú eres el gozo, tú eres nuestra esperanza y alegría, tú eres la justicia, tú eres la templanza, tú eres toda nuestra riqueza a saciedad».