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5. El diaconado
En el griego clásico diakonos significa «el que está al servicio de» o «el servidor». Cuando Jesús afirma que no ha venido a ser servido sino a servir, da una nueva dimensión a los rasgos definitorios de su persona y de su enseñanza. Esta idea de servicio ha impregnado en sus momentos mejores el ejercicio de los ministerios eclesiásticos, la vocación cristiana y las relaciones entre los creyentes. Por el contrario, cuando quienes dirigen la organización y la administración de la comunidad actúan con sentido de poder o dominación, acaban prostituyendo una de las enseñanzas más importantes de Cristo.
Con frecuencia, los creyentes nos vemos envueltos en una esquizofrenia activa entre los conceptos que utilizamos y los métodos de gobierno con los que actuamos. San Gregorio Magno, para afear la conducta del patriarca de Constantinopla, que asumió el título de «ecuménico», adoptó el lema de «Siervo de los Siervos del Señor», pero la historia nos enseña que, a veces, a la sombra de esa definición se ha oprimido, maltratado y escandalizado a los siervos e hijos del Señor, convirtiéndose así en lobos prevaricadores de las ovejas de Cristo. El Señor fue muy claro al instruir a sus discípulos, cuando les dijo que no debían actuar al modo de quienes en el mundo detentan el poder: «Los últimos serán los primeros» constituyó su advertencia. Hay que estar dispuestos a compartir, a participar, a perdonar, a ayudar en todo momento, en la construcción activa de ese reino de los cielos que ya está, de alguna manera, en nuestros corazones: «Sabéis que los jefes de las naciones las tiranizan y que los grandes las oprimen. No será así entre vosotros; al contrario, el que quiera subir, sea servidor vuestro y el que quiera ser primero sea esclavo vuestro» (cf Mt 20,20-28). Durante un tiempo, cuando los cónsules eran enviados a su destino, se les aconsejaba: «Compórtate no como un juez sino como un obispo». A lo largo de los siglos, por el contrario, hemos pasado, a menudo, del servicio a la dominación y a la tiranía.
Pero la experiencia nos indica que la diaconía ha permanecido siempre vigente en la memoria eclesial. No cabe duda de que una de las actividades más importantes desarrolladas por la Iglesia de Jerusalén en sus primeros años de vida fue, en el plano social, la diakonía kathemeriné, es decir, la ayuda a las viudas, los huérfanos y los pobres, a los enfermos y prisioneros, a los que tenían hambre o sed, o a quienes se hallaban desnudos o abandonados. La nueva doctrina se centraba en la persona de Jesús, la auténtica buena nueva proclamada, pero Jesús se mostraba ante sus discípulos como verdad y vida, de forma que resultaba imposible separar su doctrina de su cercanía y amor por los ciegos, los cojos, los pobres, y de su continua preocupación por quienes sufrían y eran mansos de espíritu a pesar de las calamidades sufridas.
Al hablarnos de la vida de los primeros cristianos, los Hechos de los Apóstoles nos refieren que «los creyentes estaban todos unidos y poseían todo en común. Vendían bienes y los repartían según la necesidad de cada uno» (He 2,44-45). Esta división y distribución de bienes provocó, a menudo, conflictos y, tal vez, desigualdades entre ellos, de modo que los discípulos de lengua griega comenzaron a murmurar contra los de lengua hebrea porque pensaban que sus viudas quedaban desatendidas en el servicio cotidiano. Los apóstoles, muy conscientes de que su tarea más propia era de la de predicar y enseñar, decidieron elegir a siete hombres para que dedicaran su tiempo a servir las mesas y administrar la caridad. De entre ellos el más conocido fue san Lorenzo (He 6,1-6).
La evolución de los primeros grupos de seguidores de Jesús hasta convertirse en comunidades estables bajo la autoridad de un obispo fue acompañada por la determinación de los lugares de culto y de los ritmos cultuales, de los ritos de iniciación y de la liturgia eucarística, por la aceptación del canon de las escrituras y por la organización eclesiástica en sus diversos rangos. En este proceso de clarificación de la identidad cristiana tuvo un papel destacado la caridad fraterna, la ayuda mutua, el sentimiento de filiación de un Padre común, que era el Creador del universo. A lo largo de su enseñanza, Jesús nos descubrió que Dios es el Padre de todos los hombres, que se reveló en el Verbo encarnado, su Hijo Jesucristo, y que ambos enviaron al Espíritu Santo a la Iglesia para la santificación de los creyentes. La configuración religiosa y existencial de los cristianos no es la de los siervos o esclavos sino la de quienes gozan de la filiación adoptiva de Dios. El hombre se convierte en hijo adoptivo y esta realidad influye de forma determinante en las relaciones mutuas de los creyentes.
Aunque en el Nuevo Testamento no se les llama en ningún momento diáconos, san Ireneo de Lyon (135-200) escribió en su conocido libro Contra las Herejías que «Esteban fue elegido por los apóstoles como primer diácono», articulando así una tradición que llega hasta nosotros, la de relacionar la diaconía con la exigencia y práctica cristiana de amar y ayudar a los hermanos más desfavorecidos. Es decir, hacia el año 57, tanto en Roma como en Éfeso y en Filipos, las funciones eclesiales en la comunidad se repartían entre los obispos, que presidían y enseñaban, y los diáconos, que servían y distribuían los bienes a los demás cristianos, todos igualmente miembros de un pueblo sacerdotal y real.
De todas maneras, el contexto sacramental de la elección de estos siete hombres (la imposición de las manos) les concede, al mismo tiempo, tanto una proyección litúrgica como una dedicación específica al servicio de los hermanos (He 6,3), que será la propia de los diáconos a lo largo de la historia. Según los textos de que disponemos, los diáconos administraban todos los bienes materiales de las iglesias y eran los responsables de la organización caritativa, especialmente de los enfermos. A mediados del siglo III, el papa Fabián, en una importante reorganización administrativa de la diócesis de Roma, dividió la ciudad entre sus siete diáconos, quienes presidían en su respectiva circunscripción los servicios de caridad, y, unos decenios más tarde, el concilio de Cesarea promulgó una ley que limitaba a este número la cantidad de diáconos existentes en cada ciudad, independientemente de su extensión.
En los banquetes (agapés), organizados con una cierta frecuencia por las primeras comunidades, con el fin de conseguir fondos, los diáconos eran los encargados de articular su organización litúrgica con su sentido social y de distribuir el dinero y los dones recogidos entre los necesitados.
En los documentos primitivos encontramos numerosos ejemplos de mujeres que ejercieron tareas propias de los diáconos. En la Carta a los romanos (16,1-2) Pablo habla de Febe, «diaconisa de la Iglesia», y parece que también se refiere a ella en 1Tim 3,11. El Pastor de Hermas se refiere a Grapte, una mujer que desempeñaba un cargo oficial en el campo educativo y caritativo. Actuaban en el bautismo de las mujeres y en su catequesis, visitaban a las enfermas y a aquellas mujeres que vivían entre paganos[8]. En realidad, estas alusiones desaparecieron pronto, de forma que no tenemos ideas claras sobre el diaconado femenino y su duración.
No pasó mucho tiempo antes de que el diácono se convirtiese en un importante ayudante del obispo, de forma que, aunque el obispo diocesano asumiera la última responsabilidad de la caridad así como de las otras funciones diocesanas de dirección, los diáconos mantuvieron su relación inmediata con las necesidades sociales de las comunidades, convirtiéndose en los ojos y oídos, las manos y el corazón de los obispos. Podríamos señalar, también, que los diáconos eran habitualmente los intermediarios entre los laicos y los obispos, función de creciente trascendencia a medida que el número de cristianos aumentaba y que las tareas extraeclesiales de los obispos se complicaban mientras aumentaba considerablemente su relevancia en la vida social. De la concorde colaboración entre el obispo y el diácono depende, según la Didascalia del siglo III, el bien de la comunidad.
Recordemos que buena parte de las obras de caridad estaban minuciosamente establecidas y reguladas, y es en esta estructura organizativa en la que los diáconos ejercían una dirección de primera importancia. Ellos recogían y distribuían los dones de los fieles, de manera especial aquellos legados y herencias que recibía la Iglesia cada día con más frecuencia. San Ambrosio repite en sus escritos la consideración de que ser generoso con los pobres constituye el mejor modo de que nuestros pecados sean perdonados, de que con nuestras limosnas convertimos a Dios en deudor nuestro ya que, en cierto modo, esta generosidad nuestra se convierte en un préstamo que consignamos al mismo Dios.
Con Constantino la Iglesia recibió del Estado la supervisión de las condiciones de las cárceles y el cuidado de las viudas, huérfanos y niños abandonados, es decir, buena parte de la acción social pública. El clero se convirtió en abogado e intermediario entre el pueblo y el gobierno, y pagaba a menudo sus deudas. Las diócesis llegaron a hacerse cargo de millares de necesitados. Juan Crisóstomo, al describir su diócesis, habla de 3.000 viudas y vírgenes, además de enfermos, leprosos, extranjeros, sin contar a cuantos recibían habitualmente comida y vestido. Algo semejante puede afirmarse de las ciudades más pobladas.
A partir de Gregorio Magno los monjes ejercieron las tareas propias de los diáconos en el orden social y caritativo. A medida que estos fueron perdiendo sus funciones caritativas, la Iglesia enfatizó sus funciones litúrgicas, quedando en realidad el diaconado como un estadio transitorio hacia el sacerdocio. Sin embargo, en la memoria cristiana, el nombre de Lorenzo y la dedicación eclesial a los más necesitados de la comunidad han quedado íntimamente relacionados con el nombre y la actividad de los diáconos.
En el siglo XVI, tanto Lutero como Calvino quisieron romper con este modo de entender el diaconado y trataron de restaurar las funciones que los diáconos ejercieron en la primitiva Iglesia, es decir, su dedicación a los pobres, con un papel significativo en todo lo relacionado con la beneficencia social, pero estas expectativas se realizaron solo parcialmente y solo en algunas regiones, aunque no cabe duda de que en las diversas denominaciones cristianas ha permanecido una cierta presencia o, al menos, una cierta nostalgia del diaconado con responsabilidades caritativas. Por otra parte, en los países de mayoría protestante, las Iglesias perdieron, a menudo, el control de sus propiedades, que pasaron a las instituciones estatales, de forma que la beneficencia y la educación fueron consideradas una responsabilidad del Estado moderno. En la Iglesia anglicana de Isabel I, aunque el cuidado de los pobres estaba confiado a las parroquias, la reina no permitió la institucionalización de los diáconos.
Durante el siglo XX, en Europa, algunos importantes católicos intentaron revitalizar el diaconado como un ministerio permanente y Pío XII pensó en instaurar el diaconado permanente, pero en Europa había suficientes sacerdotes y el asunto quedó en suspenso. Con más argumentos y mayor urgencia, en algunos países americanos y africanos volvió a discutirse sobre el asunto, de forma que durante los trabajos preparatorios del concilio Vaticano II noventa obispos pidieron al Papa que se tratase este tema durante las deliberaciones conciliares. A lo largo de la segunda sesión, los padres conciliares debatieron la cuestión y una mayoría de ellos votó a favor de su restauración. El 21 de noviembre de 1964 se promulgó la restauración del diaconado permanente dentro de la constitución dogmática sobre la Iglesia. Las Conferencias episcopales nacionales, con aprobación pontificia, podían decidir la restauración del diaconado en sus respectivas regiones. Según las nuevas disposiciones, hombres casados de 35 años o más y hombres célibes de, al menos, 25 años podían convertirse en diáconos permanentes. En el año 2003 había, al menos, 30.000 diáconos permanentes en 105 países, de los cuales casi la mitad eran norteamericanos. Los diáconos, ordenados a una cierta edad, casados y, normalmente, con una experiencia de trabajo, constituyen una presencia cercana y comprometida de la organización clerical en la vida de los laicos. Allí donde existen, han llegado a convertirse en un puente y lazo de unión espontáneo entre dos mundos no siempre bien trabados.
En la tradición cristiana, no siempre practicada, pero sí recibida de las páginas evangélicas, la diaconía es la ley fundamental del discípulo, según la práctica de Jesús. El Hijo del hombre, que ha venido a servir, ha entregado su vida como redención de muchos, siguiendo la lógica del servicio, de la cruz, de quien lava los pies, de quien ama hasta dar su vida por los amigos, da la medida de las relaciones que deben existir entre quienes consideran que son sus discípulos. El pobre, el marginado, el solo y el abandonado, el no recibido representan para el cristiano un problema de fe: ¿cómo somos capaces de ver a Cristo en ellos?; un problema moral: ¿en cuántos cristianos a nivel mundial encontramos un atroz egoísmo?; un problema apostólico: ¿cómo y en qué medida interpelan a los clérigos y resulta acuciante para los laicos?, y un problema personal, ¿qué gestos estamos dispuestos a realizar para comprometernos en la lucha contra la injusticia del mundo?
Leyendo el Evangelio y recorriendo la historia de los cristianos, no podemos menos de convencernos de que el espíritu de diaconía debería acompañar a todo creyente seguidor de Jesús. De hecho, aunque la historia nos enseña que siempre han existido en las comunidades numerosos testigos mudos que no ejercen, al mismo tiempo, podemos definir con propiedad a nuestra Iglesia como Iglesia samaritana.
6. El martirio, señal de amor a Dios y a los hombres
El que no teme a la muerte es inmortal. Creer en la resurrección de Cristo es creer en la vida eterna, es estar convencidos de que Dios es Dios de vivos, que Dios es la vida y el camino. El ejemplo de los mártires se convirtió en semilla de cristianos para cuantos creyeron que Cristo era el Dios cercano y que creyendo en Él conquistaban la vida eterna. Una vez más, nos encontramos con la paradoja cristiana de que quien es capaz de dar su vida la consigue para siempre.
Los mártires se convirtieron en puntos de referencia fundamentales de las nuevas comunidades: Pedro y Pablo en Roma, Ignacio en Antioquía, Ireneo de Lyon; Policarpo de Esmirna; Perpetua y Felicidad, y, más tarde, Cipriano, en Cartago; Fructuoso en Tarragona; Eulalia de Mérida, Dionisio de Alejandría. Miles de cristianos fueron martirizados por su fe a lo largo de los tres primeros siglos. El martirio forjaba la verdadera unión con Cristo. La sangre constituía un verdadero bautismo que comportaba el perdón de los pecados; en la eucaristía estaba presente Cristo sufriente y por ello el martirio era eucaristía, en la que se bebe el cáliz de los sufrimientos de Cristo. La presencia de Cristo en el mártir ha constituido la experiencia carismática más importante de la Iglesia de los primeros siglos.
Cristo era la piedra angular de la Iglesia y los mártires se convirtieron en los testigos eminentes del seguimiento y de la fidelidad a Cristo. Marcaron fuertemente la vida de la Iglesia. Los cristianos consideraron el martirio como la confirmación de su incondicional entrega al Señor. Este ejemplo de coraje, de coherencia y de amor, se transformó en admiración e inspiración para el mundo pagano, tan necesitado de convicciones y de fidelidades fuertes.
A partir de la Revolución francesa se han repetido incesantemente las persecuciones a la Iglesia y los casos de martirio. Recordemos los sangrientos procesos de descristianización durante la Convención (1792-1795), la comuna de París (1870), la revolución de México (1926-1938), los regímenes comunistas en los países del Este europeo y en China, causa de durísima y sangrienta persecución, los sucesos de la guerra civil española. En Rusia, entre 1917 y 1941 fueron suprimidos 600 obispos, 40.000 sacerdotes, 120.000 monjes y monjas. Al menos 75.000 lugares de culto fueron destruidos hasta la decada de 1960, bajo Nikita Jrushchov. Se ha tratado de la mayor persecución religiosa de la historia.
Amar hasta dar la propia vida, ser coherentes y fieles hasta el último suspiro, sacrificarse y sufrir todas las penas por quienes no tienen voz ni derechos. El martirio fue una realidad contemporánea a los cristianos de los primeros siglos y lo está siendo en nuestro tiempo, la época de la defensa de los derechos humanos y de las libertades. Hoy tenemos una idea más compleja y real de las causas del martirio, más allá de la tradicional de la muerte causada por la fidelidad a una fe. «Mártir es también aquel que sucumbe a la lucha activa para que se afiancen las exigencias de sus convicciones cristianas», escribió Karl Rahner. «El destino de la grandeza es el sufrimiento», recordó Pavel Florenskij, fusilado en 1937 en el gran lager soviético de las islas Solovk, y nosotros podríamos añadir que el ejercicio de la caridad lleva en muchos casos a dar la vida por sus hermanos, por contagio, por agotamiento o por la violencia sufrida al mantener con coraje el compromiso personal con los débiles, los marginados y los oprimidos. La causa de estas muertes no ha sido siempre la fuerza hostil a la fe cristiana sino la propia entrega personal y la coherencia con las exigencias de una doctrina y de una identidad forjada por la generosidad evangélica en situaciones de riesgo y de injusticia social o económica.
Este fue el caso de dos monjas misioneras franciscanas, Guilhermine y Marie Xavier, que se ofrecieron voluntarias para trabajar en el hospital de Totoras durante la epidemia de peste bubónica que hubo en Argentina en 1919. Eran conscientes del riesgo de su opción por el acompañamiento y la ayuda a los enfermos, pero no dudaron en su entrega. Todo el siglo XX está surcado por estas historias. Muchos religiosos y religiosas han muerto por amor a los enfermos, demostrando que, para ellos, su propia vida no constituía un valor absoluto, si para protegerla tenían que abandonar a quienes necesitaban su ayuda. Demostraron que acercarse a los pobres era más importante que protegerse a sí mismos. En muchos casos, el compromiso con los enfermos supone un riesgo inmediato de perder la vida y muchos de los religiosos han emprendido vocacionalmente ese camino. Esta situación se dio, a menudo, durante los siglos pasados, sobre todo con motivo de las pestes y de las enfermedades contagiosas.
En nuestros días, en muchos países, por motivos políticos y sociales, el servicio a los pobres comporta exponerse a conflictos muy difíciles en ambientes peligrosos. En algunas situaciones, los cristianos son conscientes de que practicar la caridad, defender a los débiles, significa exponer la propia vida. La historia del cristianismo cuenta con millares de historias de este género, pero, probablemente, nunca como en el siglo XX esta entrega a los pobres ha resultado intolerable para algunos poderes económicos o políticos. Una vez más, nos encontramos con el principio evangélico de que no existe verdadero reconocimiento y adoración a Dios allí donde la justicia es pisoteada y escarnecida.
Maximiliano Kolbe es uno de los ejemplos más emocionantes de martirio de caridad en un campo de exterminio nazi. Para Juan Pablo II se trató de un «mártir del amor»: «Siendo prisionero del campo de concentración, reivindicó, en el lugar de la muerte, el derecho a la vida de un hombre inocente, entre tantos millones…». El P. Kolbe declaró «su intención de ir hacia la muerte en su lugar, porque era un padre de familia y su vida era necesaria para sus seres queridos». Arrestado y deportado a Auschwitz en 1941 como superior de la comunidad franciscana de Niepokalanow, salvó la vida de uno de sus compañeros de detención al morir en su lugar en un «búnker del hambre» el 14 de agosto de 1941, después de dos semanas de sufrimientos. Otro testimonio de coherencia y de amor a la verdad y a los hermanos lo dio el pastor protestante alemán Dietrich Bonhoeffer, fundador de la Iglesia confesante («solo quien canta junto a los judíos puede cantar gregoriano»), ahorcado por los nazis en el campo de concentración de Flosblindé, en 1945. La vida de amor, aunque sea oculto, se muestra irrefrenablemente y permite, incluso en las situaciones más terribles, que brille la fe no solo en Dios sino también en los hombres, como fe en la solidaridad y en la dignidad de la persona humana[9].
Sor Felisa Urrutia Langarica, carmelita de la caridad, vivía en el barrio pobre de Bella Vista, en la ciudad de Cagua, en Venezuela. Fue asesinada por defender a una niña de los abusos sexuales de su padre y de un cómplice, el 19 de marzo de 1991. La actuación generosa y desinteresada a favor de tantos desvalidos provoca el odio de quienes se aprovechan de cuantos se encuentran a merced de los más poderosos. Los niños son las primeras víctimas en una época en la que las familias están en crisis o cuando nacen sin referencias familiares, de amor y protección. Encontramos en América Latina y en África bastantes casos de sacerdotes asesinados por haber luchado por alejar a los adolescentes de los ambientes de mala vida local. Pero lo mismo sucede con mujeres y hombres que caen víctimas del tráfico sexual o con tantos otros convertidos en víctimas de los experimentos de las firmas farmacéuticas o del tráfico de órganos humanos. En estos u otros casos de explotación humana, quienes se erigen en defensores de los oprimidos de cualquier género están expuestos a la violencia extrema de quienes permanecen dispuestos a utilizar cualquier medio para vivir a costa de los demás. Esta fue la causa del asesinato de mons. Girardi, obispo en Guatemala, y de tantos otros sacerdotes y religiosos en diversos países de África y América.
Juan Pablo II habló de «mártires de la justicia e indirectamente de la fe», durante su viaje a Sicilia, en el que denunció duramente a la mafia. Podemos encontrar estos mártires en los países del Sur, desde América hasta Asia, pero, también, en Europa. Aunque, a primera vista, resulte incompatible con la situación social y cultural del siglo XX en Occidente, debemos afirmar que el número de los asesinados por sus actividades caritativas y en defensa de los derechos humanos en estos países son muy numerosos. Señalamos solo algunos casos.
P. Valeriano Cobbe explicó de qué manera su incansable actividad social en Bangladesh se hallaba vinculada a la difusión del Evangelio: «En la base siempre permanece un solo hecho, que estamos aquí para predicar el mensaje evangélico, para “crear el hombre perfecto en la medida que conviene a la plena madurez de Cristo”. La contribución que el misionero da al desarrollo de los pueblos es una exigencia que brota del Evangelio. Jesús hablaba a la gente, pero cuando esta tenía hambre se compadecía de ella y le daba de comer. Hay que tener presente, además, que en este mundo dominado por los musulmanes, el único mensaje cristiano que podemos difundir es el de nuestro ejemplo, el de nuestro trabajo social, el de nuestra caridad humana y cristiana».
Movido por este sentimiento, organizó cooperativas agrícolas que tuvieron gran éxito y que daban trabajo a un número importante de hombres, pero provocó el malestar de quienes se habían aprovechado tradicionalmente de aquella pobre gente. Fue asesinado el 14 de octubre de 1974. Uno de sus compañeros escribió que fue asesinado porque la bandera de los oprimidos se había izado demasiado alto. Encontramos otros misioneros asesinados por motivos semejantes en Brasil, Filipinas, en Honduras o en Perú.
Entre los muchos caídos en Argentina durante los años setenta por la dictadura militar se encuentran los religiosos de la parroquia de san Patricio de Buenos Aires, punto de referencia y acogida de cuantos se resistían al clima de ilegalidad y represión que se había desencadenado en el país. Fueron asesinados por un grupo de pistoleros que desapareció impunemente. En octubre de 1976, en la diócesis de san Félix do Araguai, en Brasil, el jesuita Joao Bosco Penido y el obispo Pedro Casaldáliga intentaron liberar a algunas mujeres torturadas por la policía del lugar. Uno de ellos mató al jesuita con dos tiros en la cabeza. Otros muchos sacerdotes, religiosos y laicos murieron por semejantes razones. Los jesuitas de la universidad centroamericana de El Salvador son algunos de ellos.
Uno de los casos más conocidos y estremecedores a finales del siglo XX es el de los cistercienses de la abadía de Nuestra Señora del Atlas, en Argelia, monjes estrechamente relacionados con el diálogo y la convivencia con el mundo musulmán. Los monjes eran queridos por la gente, realizaban una función social a través de un dispensario médico (uno de los hermanos era médico) y tenían una fuerte sensibilidad ecuménica. Un responsable del GIA, la organización islámica más extremista, ordenó a los monjes que abandonaran el monasterio, pero estos, tras larga reflexión, decidieron quedarse junto a los campesinos de la zona, que acudían al monasterio en todas sus necesidades. No querían morir, pero consideraron que abandonar el monasterio significaba abandonar al pueblo entre quienes vivían. El amor al Islam y al pueblo argelino fue una de las razones que les llevó a permanecer en el lugar. El hermano Michel Fleury escribió: «Mártir es un término tan ambiguo, que si nos sucediese algo, y no lo deseo, queremos vivirlo aquí, en solidaridad con todos estos argelinos y argelinas que ya han pagado con su vida, con todos estos desconocidos inocentes. Me parece que quien nos ayuda a actuar hoy es Aquel que nos ha llamado. Estoy profundamente maravillado».
Muchos, considerando que no era posible la convivencia de cristianos y musulmanes, tildaban de «ingenuos» a los monjes. Sin embargo, la comunidad fue un ejemplo de convivencia y amor mutuos[10], ejemplo no muy frecuente, pero que podemos encontrar en distintas regiones a lo largo de los siglos, sobre todo en algunas zonas del antiguo Imperio otomano. En la muerte de estos monjes rodeada de misterio, atribuida en un principio a los fundamentalistas del GIA, y ahora parece que debida al ejército argelino, se mezclaron diversos intereses políticos y propagandísticos de los que los monjes fueron víctimas inocentes, como tantos hombres y mujeres de Argelia. El hermano Christian, prior de la abadía, dejó escrito en su testimonio espiritual: «Si un día (podría ser incluso hoy) fuese víctima del terrorismo, que ahora parece afectar a todos los extranjeros que viven en Argelia, me gustaría que mi comunidad, mi Iglesia y mi familia se acordaran de que mi vida fue entregada a Dios y a este país, que aceptaran que el Amo único de cada vida no puede ser apartado de esta muerte brutal, que rezaran por mí, que asociaran esta muerte a tantas otras igualmente violentas y que sin embargo cayeron en la indiferencia y en el anonimato. (…) Me gustaría, si llegara el momento, tener ese instante de lucidez que me permitiera solicitar el perdón de Dios y de mis hermanos en humanidad y, al mismo tiempo, perdonar de todo corazón a quien me hubiese herido».
Los trapenses de Nuestra Señora del Atlas, monjes y mártires, mostraron que se podía conjugar, al mismo tiempo, la vida monástica, la hospitalidad y el diálogo con la aceptación del martirio, que indica, en realidad, el ejercicio de la generosidad y del propio testimonio sin límite, incluso con el riesgo de la propia vida.
«Nadie ama más que el que da la vida por sus amigos», dijo Jesús a sus discípulos. Siguiendo su ejemplo y en su nombre, numerosos discípulos han ofrecido su vida por sus hermanos y, entre ellos, Shahbaz Bhatti, único ministro no musulmán en el gobierno de Pakistán, asesinado el 2 de marzo de 2011. Era el responsable de las minorías religiosas y se oponía a la ley de la blasfemia, verdadero coladero utilizado contra los no musulmanes. De profundas convicciones religiosas, ha muerto por defender sus ideales y los derechos de las minorías y de las mujeres, muy consciente de que arriesgaba su vida. En su testamento espiritual encontramos esta confesión: «Desde niño acostumbraba ir a la iglesia y encontraba profunda inspiración en las enseñanzas, en el sacrificio y en la crucifixión de Jesús. Fue el amor de Jesús el que me llevó a ofrecer mis servicios a la Iglesia. Las espantosas condiciones en las que vivían los cristianos de Pakistán me estremecieron. Recuerdo un viernes de Pascua cuando solo tenía trece años: escuché un sermón sobre el sacrificio de Jesús para nuestra redención y por la salvación del mundo. Y pensé en corresponder a aquel amor dando amor a nuestros hermanos y hermanas poniéndome al servicio de los cristianos, especialmente los pobres, los necesitados, los perseguidos que viven en este país islámico. Me han pedido que ponga fin a mi propósito, pero siempre me he negado, incluso a riesgo de mi vida. No quiero popularidad ni posiciones de poder. Solo quiero un lugar a los pies de Jesús. Este deseo es tan fuerte que me consideraría privilegiado si, en este esfuerzo de ayudar a los necesitados, a los pobres y a los cristianos perseguidos de Pakistán, Jesús quisiera aceptar el sacrificio de mi vida».
Me gustaría señalar otras formas de oblación, en cierto sentido, de martirio silencioso, de tantas personas que han llevado a lo largo del tiempo su caridad por los demás al extremo de condicionar su vida: jóvenes que no se casan por cuidar a sus padres impedidos o a sus hermanos con graves minusvalías; personas que por defender a compañeros de trabajo injustamente atacados han sido despedidos; aquellos que no se han prestado por honradez a chanchullos económicos, siendo por ello marginados en la empresa, madres que no interrumpen su embarazo a sabiendas de que su hijo sufre graves anomalías que limitarán gravemente las condiciones de su vida, religiosas injustamente tratadas en su vida de clausura, sin una queja, sin una rebeldía. Una vida de coherencia moral o de compasión por los demás lleva con frecuencia a consecuencias negativas que marcan una vida, una vida ofrecida por amor y fidelidad.