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7. La comunidad romana en el ocaso del Imperio
Los cristianos de Roma pertenecían a todas las etnias existentes en el mundo conocido y sus idiomas maternos y sus culturas eran tan diversos como sus orígenes. Todas las contradicciones propias de un Imperio global estaban presentes entre sus miembros que, por otra parte, pertenecían a diferentes orígenes sociales y gozaban de muy diversas posiciones económicas. Fue el Evangelio, la buena nueva anunciada por Cristo, el que fue conformando una identidad propia en los nuevos creyentes y el que logró que se sintieran miembros de una misma comunidad, una comunidad solidaria, con una misma fe y esperanza.
En la Historia eclesiástica de Eusebio de Cesarea leemos que en tiempos del papa Cornelio (251-253), la Iglesia de Roma se cuidaba de 1.500 personas entre indigentes, viudas y enfermos. Dado el aumento de conversiones de los dos siglos siguientes, podemos calcular que el número de asistidos creció en igual medida. Todos los documentos cristianos de los primeros siglos hablan con naturalidad de la preocupación constante de las comunidades por ayudar a los más indigentes y minusválidos de entre ellos.
La Iglesia recaudaba lo que necesitaba para atender sus obras caritativas, fundamentalmente a través de colectas entre los fieles. La más conocida era, sin duda, la «fiesta de las colectas», uno de los días del año que dedicaban precisamente, a conseguir una suma considerable, con la que atendían las necesidades de los pobres de toda clase presentes en la diócesis. Esta fiesta de generosidad de los fieles romanos se celebraba cada año del 5 al 15 de julio, los mismos días en los que tradicionalmente los paganos celebraban los «Juegos Apollinares» con la misma finalidad. Según san León, esta fiesta era muy antigua entre los cristianos, pero, probablemente, la copiaron de otra pagana más antigua.
En el domingo anterior a la fiesta, el papa se dirigía a sus diocesanos, recordándoles el valor de la misericordia y el mérito especial de la limosna, al tiempo que les animaba con sentidas palabras a aportar su contribución. No hay duda de que el acto se repetía en las parroquias de la diócesis y todos los cristianos eran invitados a cooperar en el desarrollo de cuantas obras benéficas estuvieran en marcha. San León animaba al rico a ser espléndido en función de sus posibilidades y al pobre a mantener el ánimo generoso con el fin de enriquecer con su actitud la escasez de sus medios.
Este papa insistió en la conveniencia de añadir, al ayuno y la oración propios del tiempo de Cuaresma, la limosna y las obras de caridad: «Apliquémonos a defender a las viudas, ayudemos a los huérfanos, consolemos a cuantos lloran, reconciliemos a los enemigos, procuremos hospedaje a los peregrinos, socorramos a los oprimidos, vistamos a los desnudos, preocupémonos por los enfermos». Se trataba de una incitación al compromiso personal y a la colaboración con las obras diocesanas.
La Roma cristiana aceptó y favoreció la institución de graneros públicos para el sostenimiento de las clases inferiores. En estos graneros no se vendía trigo, solo se almacenaba, y desde ellos se distribuía a los necesitados. Las propiedades agrarias que la Iglesia romana poseía en África y Sicilia eran administradas por algunos representantes del obispo de Roma, quienes tenían la misión de enviar a Roma el fruto de las cosechas. En no pocas ocasiones, los papas, incluso cuando no tenían autonomía ni poder de gobierno en la ciudad, fueron los únicos capaces de solucionar los problemas de escasez o de hambruna de la población, consiguiendo una autoridad moral generalmente respetada y la confianza agradecida de los romanos.
Dos siglos más tarde, en una situación de mayor decadencia, Gregorio Magno (590-604) vigiló y organizó el aprovisionamiento diario de la población, sujeta a las calamidades y desorganización crónica de la época, importando los alimentos necesarios, de manera especial el grano de los territorios sicilianos propiedad de la Iglesia romana. Y reparó los edificios de una ciudad deteriorada y en franca decadencia.
Roma y, en general las Iglesias locales, contaban con una matrícula muy completa de los necesitados de sus comunidades, verdadera radiografía de la situación de los fieles, que señalaba una organización compleja, radial, gracias a la cual los obispos y diáconos conocían minuciosamente las necesidades individuales y trataban de solucionarlas en función de la situación de cada indigente. Roma era una diócesis rica, con una masa de bienes bien administrada, comenzando por los patrimonios de las basílicas y siguiendo por los legados de las grandes familias y los testamentos de muchos cristianos. Como ejemplo de esta entrega generosa, tomemos a Cipriano, obispo de Cartago, quien, al convertirse al cristianismo a los 45 años, distribuyó entre los pobres una parte importante de su fortuna. Dos siglos más tarde, hacia el 409, la sociedad romana quedó conmocionada cuando Melania la Joven, una de las herederas más ricas del Imperio, felizmente casada con Piniano, igualmente rico, decidió donar todos sus bienes a los pobres e iniciar, con el asentimiento de su marido, una vida de castidad. No fueron los únicos, y en todos los casos los pobres fueron destinatarios de una parte importante o, incluso, de toda su riqueza.
Los particulares ejercitaron la caridad con generosidad como una consecuencia de su fe. La matrona Fabiola fundó en Roma un hospital en el que se acogían enfermos de toda clase. Otros muchos crearon hospitales semejantes en diversas ciudades. A la muerte de sus parientes, organizaban banquetes para los pobres y distribuían dinero entre los asistentes. En los atrios de las basílicas se concentraban los pobres, convencidos de que los fieles, al entrar o salir de la iglesia, ofrecerían su óbolo. Otros compraban cargamentos de trigo para distribuirlo entre quienes se encontraban en una situación difícil. Paulino de Nola (353-431), siendo cónsul de la Campania, mandó construir un hospicio para pobres junto a la basílica de san Félix. Más tarde, cuando se convirtió voluntariamente en pobre, vivió junto a ellos.
No se trataba solo de acciones en favor de los más desfavorecidos, movidas simplemente por la piedad o por un sentimiento humanitario, sino que en el cristianismo se elabora un nuevo modelo de relaciones humanas y de sociedad fraterna. En estas comunidades se amaba a los hermanos porque, considerando que Dios era su Padre común, debían demostrarlo con palabras y obras. Máximo el Confesor escribió: «Haciendo desaparecer el amor por uno mismo mediante la caridad, quien se muestra digno de Dios hace desaparecer al mismo tiempo toda la multitud de vicios que ya no tienen en él otra razón de ser ni otro fundamento. Tal hombre ya no conoce el orgullo, signo de arrogancia con relación a Dios, mal multiforme y connatural; él… haciéndose amigo de los demás seres humanos con una benevolencia voluntaria, consume la envidia, que, a su vez, consume primero a quien la posee; elimina la cólera, los deseos homicidas, la ira, el engaño, la mentira, la burla, el rencor, la avidez y todo lo que divide al hombre»[11].
La identidad cristiana no se reduce al credo y al canon de la Escritura sino que se manifiesta también y sobre todo en la caridad mutua y en el trato fraterno de los discípulos de Jesús: «Aunque tenga tanta fe que traslade montañas, si no tengo amor, no soy nada» (1Cor 13,1). En la nueva sociedad los cristianos tendrán como norma la recomendación de Jesús: «Tratad a los demás como queréis que ellos os traten». No pide que les tratemos como ellos nos tratan, que es la ley del talión, sino como nosotros, que nos amamos mucho, queremos que nos traten, y esta decisión de tomar nosotros la iniciativa se traduce en el Padrenuestro con el arriesgado empeño de pedir al Señor que perdone nuestras deudas de la misma manera que nosotros perdonamos a nuestros prójimos.
En la liturgia se mantiene el principio de que para Cristo todos los hombres tienen la misma dignidad. Los esclavos son admitidos al bautismo y a la eucaristía en las mismas condiciones que los libres. Se trataba de una decisión revolucionaria, ya que los esclavos paganos no podían participar en los cultos oficiales y tenían que organizar entre ellos cultos adecuados. Jamás encontramos en las catacumbas la palabra siervo, porque para ellos, también en la muerte, todos eran iguales.
No nos engañemos, sin embargo. Desde el primer momento, también en las primeras comunidades, a pesar de su entusiasmo y de su cercanía a Jesús, se entremezcló el trigo con la cizaña. Las incomprensiones entre judeocristianos y pagano-cristianos, el nacimiento de las herejías o de diversas interpretaciones contradictorias de la doctrina de Jesús, las rivalidades entre comunidades distintas abundaron a lo largo de la historia. Nosotros denominamos aquella época como la edad de oro, pero siempre en la historia humana y en la historia de los cristianos el pecado ha estado presente aunque haya sobreabundado la gracia. La generosidad ha movido montañas, pero, también, el egoísmo ha dejado huellas en todas sus páginas.
El 24 de agosto del 410 Roma fue tomada, saqueada y arrasada por las tropas de Alarico. En el mar de fuego que asoló la ciudad se salvaron dos pequeñas islas, las basílicas de Pedro y Pablo, y a su sombra encontró refugio el pueblo romano. Agustín, conmovido por este milagro, comenzó a escribir La Ciudad de Dios, una filosofía de la historia, en la que Dios marca las reglas. La Iglesia comenzó a asumir el rol de depositaria y defensora del patrimonio cultural romano y, al mismo tiempo, intentó acercarse a los bárbaros para convertirlos e integrarlos en una civilización común. ¿No se encontraban, también ellos, en las manos de Dios, a pesar de su condición de bárbaros?
San León Magno salió al encuentro de Atila, el terrorífico jefe de los hunos dispuesto a conquistar Roma y quedarse con los tesoros que la ciudad todavía encerraba. Ambos se miraron cara a cara en Mantua (452) y aunque no se conoce nada de la entrevista, lo cierto es que Atila abandonó Italia. Probablemente el caudillo huno tuviera otras razones para volver la espalda a Italia, pero no cabe duda de que su diálogo con el papa resultó determinante. El encuentro ha quedado inmortalizado en la espléndida pintura de Rafael que encontramos todavía hoy en las estancias del Vaticano. En esta y tantas otras ocasiones hombres de Iglesia han intentado a lo largo de los siglos convertirse en puentes, en factores de diálogo, buscadores de la paz y de la concordia entre los seres humanos y entre los pueblos. No hace muchos años, todavía, la Santa Sede consiguió la paz entre Chile y Argentina, tras un largo contencioso, y, en estos últimos años, negocia en Cuba la liberación de los presos políticos.
León Magno, pues, trató de salvar a los romanos de las garras de los bárbaros y de salvar a estos de sí mismos. Consideró que esta era su labor esencial, salvar a los hijos de Dios de cuanto amenazase su vida y su libertad. A lo largo de los siglos encontramos repetida esta actitud. Europa nace de esta labor integradora eclesial. De una amalgama de pueblos, culturas y tradiciones, el cristianismo, anunciando la paternidad universal de Dios y la presencia humanitaria y salvífica de Cristo, va consiguiendo una cultura que integra el cristianismo con las tradiciones romanas y la idiosincrasia de cada pueblo. Para conseguirlo resultó esencial, sin duda, que el cristianismo no estuviera enraizado en ningún contexto particular racial, geográfico, social o político. Era genuinamente universalista. Resulta importante, en este sentido, apreciar tanto los elementos de continuidad como los de discontinuidad entre el mundo romano de san Agustín y el mundo cristiano-bárbaro que le sucedió. Entre los elementos de continuidad resulta imprescindible tener en cuenta el ministerio de caridad que los obispos y las instituciones eclesiales mantuvieron invariablemente en las ciudades a favor de los más débiles de las diversas comunidades. Como un eco de la advertencia de Juliano, se mantuvo en nuevos modelos sociales la impronta de caridad y preocupación por las necesidades de los ciudadanos que había distinguido a las primeras comunidades cristianas[12].
8. La caridad eclesial en los consejos de Julián el Apóstata
Julián era hijo de Julio Constancio, hermano del emperador Constantino. Contaba con solo seis años cuando su familia fue exterminada en la matanza de rivales potenciales que marcó el acceso al poder de los hijos de Constantino, y durante los veinticuatro años siguientes vivió con el temor de ser asesinado por su primo Constancio, quien murió sin heredero. A los treinta años fue proclamado emperador.
Durante su juventud se dedicó al estudio de la filosofía y se consideró predestinado a restaurar la Romanitas, degradada, según él, por su tío al imponer la religión cristiana, y terminó odiando tanto a sus parientes como al cristianismo. Para él, Jesús de Nazaret, lejos de encarnar la final y plena expresión del Verbo, no era más que un labrador iliterato cuyas enseñanzas, enteramente carentes de verdad y belleza, pecaban al mismo tiempo de débiles, ajenas al sentido práctico y socialmente subversivas. En realidad, uno piensa que al experimentar en sus carnes la crueldad, la insensible capacidad de asesinar impunemente de sus primos, confesos cristianos, debía resultarle a Julián difícil de digerir la doctrina del amor proclamada por Jesús y aparentemente practicada por sus discípulos contemporáneos, aunque tan cruelmente desacreditada por sus parientes imperiales.
Si reflexionamos sobre esta historia nos percatamos de que en la historia del cristianismo la conversión del poder en todas sus dimensiones ha resultado mucho más difícil. Aceptaban el cristianismo como religión personal, pero el modo de gobernar siguió siendo egoísta, violento, desconsiderado y agresivo con aquellos a quienes consideraban adversarios o competidores. Capetos, Borbones, Habsburgos, o Braganzas apoyaron a la Iglesia e, incluso, fueron personalmente piadosos, pero casi siempre han sido del parecer de que el fin justifica los medios y han actuado en consecuencia. Constancio, seguramente, fue sinceramente cristiano, pero, en cuanto emperador, fue tan violento e inmoral como cualquier emperador pagano. «No así vosotros», señaló Jesús a sus discípulos, pero nos ha resultado muy complicado compaginar poder con amor por los demás, poder con actitud de servicio.
Una vez emperador, dominado por su deseo de recrear la realidad clásica y de adaptar a su plan los dioses del politeísmo mediterráneo, Julián proyectó pasar de la revelación cristiana a la razón griega. Es decir, quiso volver al espíritu y método de la ciencia clásica, pero utilizó, tal vez por la improvisación y el poco tiempo del que dispuso, una formulación atípica, poco estructurada y sistemática. El historiador de Roma Gibbon observa que «el genio y poder del emperador eran desiguales a la empresa de restaurar una religión falta de principios teológicos, de preceptos morales y de disciplina eclesiástica»[13], pero lo intentó con audacia y rencor para con Constantino y el cristianismo, a los que identificó.
A pesar de este rechazo y animadversión por el cristianismo, Juliano fue muy sensible a aquellas características propias del cristianismo que atraían al pueblo y reforzaban su presencia y expansión. «Soy consciente», escribió al pontífice pagano Teodoro, «de que al abandonar los sacerdotes paganos a los pobres, los impíos galileos se han dedicado con inteligencia a este género de filantropía, y han logrado muchos frutos mediante estas prácticas, que siempre impresionan. De esta manera, los galileos comenzaron su política a partir de lo que llaman ágape y hospitalidad y servicio de las mesas, consiguiendo que muchos pasaran al ateísmo».
Probablemente, él mismo había leído las palabras escritas por Eusebio de Cesarea, consejero áulico de su tío Constantino: «Durante este tiempo se hizo evidente a todos los gentiles como una señal bastante manifiesta la diligencia y piedad de los cristianos para con todos. Porque solo los cristianos, prestando por todos los medios servicios de piedad y de misericordia en medio de tantas calamidades, se entregaban diariamente a curar a los enfermos y dar sepultura a los cadáveres de los muertos. Cada día innumerables personas, de las cuales nadie se preocupaba, sucumbían a la muerte. Convocando a todos los pobres de la ciudad, los cristianos distribuían pan entre ellos; hasta el punto que divulgada la noticia de esa buena obra con abundante encarecimiento, llegaban todos a ensalzar con las mayores alabanzas al Dios de los cristianos, y a confesar haberse comprobado con hechos que solo aquellos eran piadosos, adoradores de Dios»[14].
A medida que progresaba y se concretaba su decisión de renovar el paganismo, Julián pensó en la conveniencia de copiar cuanto había ayudado al triunfo del cristianismo. Escribió al supremo sacerdote Alsacio: «Nosotros no prestamos atención a lo que ha dado más incremento a la religión cristiana: la caridad para con los peregrinos, la solicitud para con los muertos y, en general, la verdadera moralidad de los cristianos. Por consiguiente, establece numerosos asilos de ancianos en cada una de las ciudades, para que nuestros peregrinos saquen también provecho de ello. Para su sostenimiento he dado ya las disposiciones necesarias: cada año proporcionará la Galacia 30.000 medidas de trigo y 60.000 sextas de vino. Una quinta parte de ello deberá destinarse a los pobres que están al servicio de los sacerdotes; el resto debe destinarse a socorrer a los peregrinos y necesitados. Sería una vergüenza…que los galileos no solo socorrieran a sus pobres, sino aun a los nuestros»[15].
Estos hospitales o casas de huéspedes, que Julián tanto admiraba, eran casas destinadas a los necesitados que se hallaban sin hogar, lugar de refugio de pobres, peregrinos, enfermos, gente sin albergue, casas donde se ejercitaba la caridad y asistencia cristiana bajo la dirección más o menos inmediata del obispo. Al conseguir la libertad y aumentar el número de cristianos se multiplicaron estas casas. No resultaba, pues, extraño que los paganos identificasen el cristianismo con la organización a modo de telaraña que llegaba a tantos ámbitos de la sociedad.
De hecho, el sistema que en realidad pretendía instaurar el emperador era una especie de contra-Iglesia, que tenía en cuenta e imitaba cuanto había retenido de su educación juvenil cristiana: la dotó de una jerarquía sacerdotal vertical dirigida en cada provincia por un arcipreste, exigió a los sacerdotes una vida austera, virtuosa y humilde, con la exigencia de practicar la continencia absoluta. Los sacerdotes debían enseñar una catequesis completa y adaptada a las diversas mentalidades en los templos renovados, en los que instaló ambones y sillas al modo de las iglesias cristianas. Dotó, pues, a los nuevos paganos de una Iglesia, de un credo, de unas oraciones y de un sacramento muy semejante al bautismo, pero, sobre todo, echó en falta y quiso imitar la organización caritativa de los cristianos que ya en ese momento había alcanzado todo su desarrollo. Podríamos decir que, a pesar de su desprecio, su intento constituyó un auténtico homenaje a la práctica cristiana.
El proyecto de Julián de renovar el paganismo resultó una sustitución inviable. Aunque su temprana muerte nos impide conocer qué hubiera pasado con un reinado más prolongado, las prácticas cristianas y su organización obtenían una aceptación tan generalizada que resulta difícil imaginarse una alternativa victoriosa. Sobre todo, la presencia cristiana en las necesidades, penurias y anhelos del vasto mundo popular había conseguido una adhesión casi imposible de conseguir con la decrépita religión pagana, por mucho que se intentase revitalizarla. El cristianismo ofrecía consuelo y provocaba entusiasmo, dos estados de ánimo necesarios en aquellos y en nuestros tiempos. Su Dios era cercano, compasivo y paternal y nada tenía que ver con la reconstrucción de la divinidad por parte de Julián o de otros filósofos todavía paganos. Y el amor predicado y vivido en las comunidades cristianas, por mucho que el pecado y las debilidades siguieran presentes, seguían siendo su gloria y su fuerza.
«¿Puede un fiel creyente dudar que en la hora del sacrificio eucarístico los cielos se abren a la invocación del sacerdote, que en este misterio de Jesucristo estén presentes los coros angélicos, las alturas unidas a las profundidades, la tierra abrazada al cielo, el visible unido a lo invisible?», se preguntaba Gregorio Magno, resumiendo la convicción de los cristianos de que su grupo formaba parte de una gran comunidad. Estaban convencidos de que la Iglesia en la tierra vivía en unión constante con la comunidad gloriosa de Dios con sus ángeles y santos. Lo mismo debe afirmarse de la comunión de los muertos y de los vivos en la gran comunidad de los fieles. Este convencimiento representaba uno de los elementos constitutivos de su fuerte sentido de identidad de grupo. Agustín expresa esta convicción universal al afirmar que «esta Iglesia que ahora viaja se encuentra unida a la Iglesia celeste donde se encuentran los ángeles que son nuestros conciudadanos, porque todos nosotros somos miembros de un solo Cuerpo, tanto si nos encontramos aquí, o en cualquier otro lugar sobre la tierra, ahora o en cualquier otro momento, desde la edad de Abel el justo hasta el final del mundo».
A los hombres del siglo IV, el cristianismo no se presentaba tanto como una doctrina o un dogma, como una corporación de ayuda mutua, ni como una teología o una institución, por muy original que resultase, sino, sobre todo, como un estilo radical de vida, como el ideal de un hombre y una sociedad nuevos. El culto, la liturgia, la devoción y, sobre todo, su modo de entender a los demás y de relacionarse con ellos fueron las expresiones de esta transformación de la psicología, de la sensibilidad y del comportamiento de los cristianos. Las prácticas de penitencia, de mortificación, de caridad (desde el amor fraterno hasta la limosna) y el sentido del cuerpo místico de Cristo determinaron nuevas relaciones sociales y un sentido de grupo que trascendía el tiempo y el espacio. Ciertamente, no llegó a comprender Julián la importancia de esta transformación, al reducir su renovación del paganismo a nuevos aspectos doctrinales y a una renovada organización social, considerando que con esta transformación, en realidad cosmética, del paganismo, podía herir de muerte el cristianismo. En su proyecto, Julián olvidó que solo Cristo es el amor generador del amor y de la generosidad de los cristianos.