Kitabı oku: «Breve historia del cuento mexicano», sayfa 2
A. El cuento maya-quiché
No cuenta el Mayab con un cronista del valor de Sahagún. En fray Diego de Landa apenas se encuentran rudimentos de un rico caudal de fábulas, cuentos y mitos, que sabemos que existió entre los mayas. Tanto en las obras de De Landa, como en la Apologética historia (capítulos relativos a Yucatán) del padre Las Casas, como en las Relaciones de Yucatán, colección de informes de los encomenderos del siglo xvi al gobernador y capitán general don Guillermo de las Casas, vislumbramos rastros de un mito cosmogónico perdido; pero tan mezclado y desfigurado por las ideas cristianas, que apenas los nombres quedan de la leyenda original. Si queremos darnos cuenta exacta de la rica tradición de leyendas, cuentos y mitos mayas, hay que echar mano del ya mencionado Popol Vuh y de los Libros de Chilam Balam. Para nuestro propósito –demostrar la riqueza del cuento americano autóctono– el primero de estos dos libros es de más valor.
El Popol Vuh, o Libro del Consejo, es “la más completa colección de mitología americana que existe”. En él abundan los mitos propios, las fábulas y las leyendas míticas, el mito humanizado, los cuentos cosmogónicos y etiológicos y los de héroes fabulosos. Uno de los cuentos etiológicos más característicos de la colección es aquel que nos explica por qué el sapo no puede correr. El códice del Popol Vuh fue descubierto en Guatemala en el siglo xviii por fray Francisco Jiménez, su traductor; fue publicado en Viena en 1857 y en París en 1861. La mejor edición y traducción es la moderna de Recinos (México, 1947).
Lecturas: *“Por qué el sapo no puede correr”, en Popol Vuh (ed. Recinos), pp. 154-156.
Crítica: José M. González de Mendoza, “Examen somero de algunas leyendas del Popol Vuh”, en Homenaje a don Francisco Gamoneda (México, 1946), pp. 231-237; Reyes, 1,14pp. 14-20.
B. El cuento tolteca
Por desgracia no contamos con documentos fehacientes para un estudio de la literatura tolteca. El misterioso Teoamoxtli que menciona Alva Ixtlilxóchitl desapareció o nunca ha existido, por lo que es preciso rastrear el cuento tolteca en las obras de Ixtlilxóchitl, del Códice Chimalpopoca, de la Leyenda de los Soles y de capítulos sueltos de Sahagún, Mendieta y Torquemada. El cuento tolteca se reduce a los mitos de la creación, las leyendas de la peregrinación, la fundación de Tula y la destrucción del imperio. Entre las leyendas, la más importante es la de Quetzalcóatl; le siguen en importancia las de Huémac y Tezcatlipoca.
Los mitos de la creación se encuentran, con algunas variantes, en todos los escritores mencionados. Se caracteriza este mito por ser una lucha entre dioses y por convertirse los mismos dioses en astros; todo él acusa una función cosmogónica o etiológica. Sin embargo, es de gran colorido, y no deja de tener cierta universalidad, lo mismo que fuerza imaginativa. El mito tolteca, tosco a grandes rasgos, pero de proporcionada arquitectura y gran estabilidad, puede figurar sin sonrojarse entre los grandes mitos cosmogónicos de la literatura universal.
Lecturas: De Sahagún, “Fábula del conejo que está en la luna”, en la Historia general de las cosas de Nueva España, Lib. vii, cap. ii.
Crítica: Reyes, pp. 21-22.
C. El cuento texcocano
La literatura texcocana, debido a que este pueblo asimiló la cultura de los toltecas, carece de mitos propios. Por vía de compensación, cuenta la literatura texcocana con un copioso número de leyendas humanas, sobre todo acerca de sus reyes, entre los cuales se destaca el casi legendario Netzahualcóyotl. Para fines del siglo xvi ya era popular la leyenda de la vida azarosa del rey poeta.
Fernando de Alva Ixtlilxóchitl (1568-1648). Este escritor, descendiente de los reyes acolhuas, alumno del colegio de Santa Cruz de Tlaltelolco, intérprete del juzgado de indios y autor de la famosa Historia chichimeca (1610-1640) y de las Relaciones (ca. 1600), puede ser considerado como el primer cuentista mexicano. “Su estilo –ha dicho Prescott– es sencillo y, a veces, elocuente y conmovedor; sus descripciones sumamente pintorescas. Abundan en su obra las anécdotas familiares; la gracia natural de escribir los episodios más sobresalientes de la historia y las aventuras personales de sus héroes le ha granjeado el título de Livio de Anáhuac.” Es en la obra de De Alva Ixtlilxóchitl donde encontramos, por vez primera en la literatura mexicana, verdaderos cuentos, que nos hacen recordar las maravillosas relaciones de Las mil y una noches. Si este escritor indígena se hubiera dedicado a escribir obras de ficción habría sido un autor de primer orden, pues era capaz de relatar cuentos con gran arte. Resalta su mérito cuando se le compara a sus contemporáneos, Pomar, Torquemada y otros. Hasta qué punto sea original De Alva Ixtlilxóchitl, no podemos determinarlo, pues no sabemos con certeza qué fuentes utilizó. Pero no hay duda que fue un escritor vigoroso y ameno.
Lecturas: “La reina infiel”, en la Historia chichimeca (México, 1892), cap. lxiv, pp. 106-108 (tomo ii de las Obras históricas de don Femando de Alva Ixtlilxóchitl, pub. y ed. por Alfredo Chavero).
D. El cuento azteca
La literatura azteca ha sido estudiada más extensamente que ninguna otra literatura autóctona de México. Existen obras importantes, sobre todo acerca de la poesía, el mito y la leyenda. La mejor fuente para el estudio de la literatura azteca es la monumental obra de De Sahagún, quien recogió la producción literaria de esta nación con un celo digno de un erudito contemporáneo. En su obra, lo mismo que en las de Durán, Tezozómoc y Acosta, encontramos una rica veta de leyendas, mitos, cuentos, relatos fabulosos, anécdotas, acertijos, proverbios y todo género de literatura popular. Ya el padre Acosta, al relatar las idolatrías de los indios las compara con las patrañas de los libros de caballerías, y el relatarlas por entero le parecía cosa infinita. Entre los aztecas eran los juglares los que se dedicaban a contar cuentos. “El juglar –observa De Sahagún– suele decir gracias y donaires; el buen juglar es suave en el hablar, amigo de decir cuentos y cortesano en el hablar.” El ser amigo de decir cuentos no era privativo del juglar. A pesar de su carácter taciturno, al indígena le gusta contarlos. Ya el padre Durán se quejaba de “la prolixidad de los indios en contar fábulas y cosas impertinentes… cuando les prestan atención”.
Autores
Fray Bernardino de Sahagún (De Sahagún, León, ca. 1500-México, 1590). Su monumental Historia general de las cosas de Nueva España (1569) es un tesoro de mitos, leyendas, cuentos y tradiciones de los aztecas.
Lecturas: Historia general, Lib. v, cap. iii; Lib. vi, cap, xiv; Lib. viii, cap. vi; Lib. xi, cap. iv.
Fray Diego Durán (1538-1588). Su Historia de las Indias de Nueva España y Islas de Tierra Firme (1581), a pesar de estar escrita en un estilo que no es de lo mejor, es importantísima para un estudio del cuento precortesiano, por encontrarse en ella las mejores y más auténticas leyendas y tradiciones del pueblo azteca, recogidas por el autor de boca de los mexicanos que vivieron antes de la conquista, lo mismo que de los códices prehispanos.
Lecturas: Historia, i, caps, xxvii y lxvii.
Hernando Alvarado Tezozómoc (¿1502-1610?) nació en la ciudad de México, de padres indios, y allí mismo murió a una edad muy avanzada. Su Crónica mexicana (ca. 1598) es una de las mejores fuentes para el estudio del cuento mexicano durante el reinado de los últimos soberanos aztecas.
Lecturas: Crónica mexicana, cap. lxxxiii.
E. El cuento tarasco
La región de Michoacán es rica en tradiciones y leyendas prehispánicas. La fuente más auténtica para el estudio del cuento entre los antiguos tarascos es la Relación de Michoacán, obra anónima escrita entre 1538 y 1539, durante el virreinato de don Antonio de Mendoza. La misma importancia que tiene el Popol Vuh para el estudio del cuento maya lo tiene, en nuestro concepto, la Relación de Michoacán para el estudio del cuento tarasco. En ella encontramos numerosas historias, muchas de las cuales nos sorprenden por su universalidad. Conserva el libro el modo de hablar y de pensar de los tarascos; por lo tanto, es un fiel trasunto de la mentalidad indígena precortesiana.
Lecturas: “Ticatame”, en la Relación... (Madrid, 1869), pp. 131-137 (vol. liii de la Col. de Doc. inéd. para la hist. de España).
F. Otros cuentos prehispánicos
Casi todos los pueblos que habitaron lo que hoy es México cultivaron, en una u otra forma, el cuento, el mito y la leyenda. Entre ellos, destacan las producciones de los tlaxcaltecas, los mixtecas y los zapotecas. Los tlaxcaltecas cuentan con un cronista de primer orden: Muñoz Camargo. No así los otros dos pueblos. Tanto a los mixtecas como a los zapotecas les faltó un cronista de esa talla. Burgoa, quien en forma más extensa escribió sobre ellos, apenas nos da uno que otro dato de la vida prehispánica. Las noticias que se dignó intercalar en las 1500 páginas que forman su Palestra historial y su Geográfica descripción, se encuentran perdidas en un mar de citas bíblicas y de vidas de frailes, todo ello en el estilo gongorista y afectado, característico de su tiempo.
Diego Muñoz Camargo (siglo xvi), mestizo tlaxcalteca, es el autor de la importante Historia de Tlaxcala (1585), auténtica fuente para el estudio de esta nación. Fue él quien se preocupó por recoger, con un estilo que Prescott equipara al de los misioneros mismos, las tradiciones de su pueblo. Su obra, sin embargo, vio la luz hasta 1892.
Lecturas: Historia de Tlaxcala (México, 1892), pp. 151-152. Geográfica descripción (México, 1934), ii, cap. lxxii, pp. 343-344.
Resumen
Tratamos de limitar el cuento prehispánico a aquellos relatos no contaminados por la influencia europea. Hasta cierto punto esto es casi imposible, ya que fueron moldeados en un crisol europeo: la lengua española. Sólo en aquellos relatos que son una verdadera trascripción del pensar indígena, como los que encontramos en el Popol Vuh, en la Relación de Michoacán y en algunos de Tezozómoc, notamos ciertas características de estilo ajenas a los escritores españoles de la época. Los otros cronistas –aunque nacidos en la Nueva España– piensan en español y ven la vida prehispánica en forma objetiva, desde el punto de vista europeo. En sus relatos ya no es posible encontrar lo genuinamente americano.
Analizando los relatos mismos, inmediatamente saltan a la vista ciertas características prominentes. Es clara, en primer lugar, la transmisión que se llevó a cabo de pueblo en pueblo. En todos los grupos culturales encontramos, con pequeñas variantes, los mismos mitos y leyendas cosmogónicos. El origen de esta mitología nos parece autóctono, a no ser que más tarde se descubran rasgos de otros pueblos, ya orientales, ya indoeuropeos, ya africanos. El cuento tolteca y el maya-quiché son ricos en motivos mitológicos y sobrenaturales. En cambio, en el texcocano y el tlaxcalteca predominan los elementos humanos, los motivos históricos y los anecdóticos. El cuento azteca participa de las características de los pueblos que le precedieron, habiendo heredado sus tradiciones, ritos y ceremonias. Sobresalen también, en el azteca, los motivos sobrenaturales, fantásticos e inverosímiles, denotando el vigor imaginativo de este pueblo. Para el estudio del cuento entre los diferentes pueblos autóctonos, los siguientes cronistas (o crónicas) son los más útiles: el Popol Vuh y Landa para el cuento maya-quiché; De Alva Ixtlilxóchitl para el tolteca y el texcocano; De Sahagún, Durán y Tezozómoc para el azteca; Muñoz Camargo para el tlaxcalteca; la Relación de Michoacán para el tarasco y Burgoa para el mixteco-zapoteco.
En general, el cuento prehispánico es abundante, rico en colorido y en detalles, de exuberante fantasía y no inferior en calidad al de otros pueblos. Prueba de su vigor nos lo da el gran número de relatos indígenas populares que han subsistido y que los folcloristas comienzan a recoger.
Consultar
Daniel G. Brinton, American Hero-Myths (Filadelfia, 1882); Luis Castillo Ledón, Antigua literatura indígena mexicana (México, 1917); Pablo González Casanova, Cuentos indígenas (México, 1946), pp. 1-11; Lew Spence, The Mythologies of Ancient Mexico and Peru (Chicago, 1907); The Myths of Mexico and Peru (Londres, 1917); Rubén M. Campos, “Tradiciones y leyendas mexicanas”, en Anales del Museo Nacional (1935); La producción literaria de los aztecas (México, 1936); Ángel María Garibay K., Historia de la literatura náhuatl (México, 1953), pp. 485-498: 2ª parte (México, 1954); Bernardo Ortiz de Montellano, Literatura indígena y colonial mexicana (México, 1946), 94 pp.; Applebaugh Templin, Estudio de dioses, leyendas y costumbres indígeno-mexicanas precolombinas (México, 1949), 175 pp., y Rojas González, “El cuento mexicano”.
41 Para los títulos abreviados véase la bibliografía.
II. EL CUENTO EN LA NUEVA ESPAÑA
Comentario preliminar
La crítica literaria asegura que el cuento no se cultivó en la Nueva España. “Caso singular y extraño –observa González Peña–: el cuento, tan genuino, tan característico de la literatura castellana desde sus albores, no se escribió en la Nueva España.” La anterior observación la había ya hecho Castillo Ledón:
En vano he buscado en todas nuestras bibliografías algún indicio de que el cuento hubiera sido cultivado durante los siglos xvi, xvii y xviii. Apenas hubo en el curso de ellos uno que otro poeta que escribió fábulas sueltas, que jamás llegaron a publicarse en volúmenes; pues las de Ignacio Basurto, que fueron las primeras coleccionadas, no vieron la luz sino hasta 1802, y las de José Fernández de Lizardi en 1817.
Suponemos que los anteriores críticos se refieren al cuento como género independiente, y tal vez tengan razón, si excluimos las Novelas morales de Piña Izquierdo. Sin embargo, sería más acertado afirmar que sólo como género autónomo no se cultivó en la Nueva España. El cuento colonial mexicano hay que buscarlo, no en colecciones publicadas por separado, sino junto a las historias, crónicas y otros escritos de los conquistadores, religiosos y letrados que, aunque pasaban a las Indias con otros propósitos, siempre hallaban tiempo para escribir, tanto sobre los hechos de la conquista como sobre las costumbres, tradiciones y leyendas del pueblo conquistado. Las crónicas son, más que historias, libros de viajes por países maravillosos y relatos de aventuras tan extraños, a veces, como los de cualquier novela.
A. Conquista y colonización (siglo xvi)
El caudal de cuentos que encontramos en las crónicas del siglo xvi es riquísimo. Ya Torquemada lo había observado: “Ciertamente, que si hubiera de poner todas las cosas que en memoriales antiguos he hallado escritas (además de lo que yo tengo muy averiguado y visto) parecerían de libros de caballerías, donde no se pretende más que decir mentiras a montones”. (Monarquía indiana, i, 306). Estos relatos incrustados en las crónicas podrían clasificarse como fantásticos, sobrenaturales, humorísticos, históricos y populares. La actitud de credulidad característica del periodo es evidente por el gran número de milagros, supersticiones, visiones, profecías, hechicerías, encantamientos y alucinaciones que encontramos en los escritores de la época. Todo ello daba material para entretejer sorprendentes producciones.
Autores
Fray Toribio de Benavente o Motolinía (¿?-1568), franciscano, natural de Benavente, provincia de Zamora, llegó a la Nueva España en 1524. Se le deben dos obras principales, los Memoriales, publicados por vez primera en 1903, bastante desaliñados, y la Historia de los indios de la Nueva España (1541), dada a conocer íntegra por García Icazbalceta en 1858, más arreglada y pulida. La obra de Motolinía es valiosísima para el estudio de los años de formación de la Nueva España. “El autor –observa Prescott– corta bruscamente el hilo del asunto que inmediatamente le ocupa, cualquiera que sea, para dar cabida a una anécdota o acontecimiento que pueda ilustrar sus afanes eclesiásticos.” De esta naturaleza son la “Relación de la tempestad que destruyó y asoló de tres partes las dos de la ciudad de Quauhtemallan, según vino a México escripta en dos pliegos de papel, contando muchas particularidades espantosas y los españoles que murieron. Aquí va abreviada y sacada la sustancia de ella”, y la historia de la muerte del niño Cristóbal en la ciudad de Tlaxcala, tal vez los primeros cuentos que aparecen en la literatura mexicana.
Lecturas: Memoriales (México, 1903), pp. 226-231; Historia... (México, 1941), pp. 250-254.
Francisco Cervantes de Salazar (1514-1575), toledano, era ya autor conocido cuando pasó a la Nueva España. Su Crónica (1566) contiene interesantísimos relatos, entre los que sobresale el de Alonso de Ávila y el fantasma.
Lecturas: Crónica de la Nueva España (Madrid, 1914), Lib. vi, caps. v y vi.
Juan Suárez de Peralta (1535-¿?) es conocido como cronista por su Tratado del descubrimiento de Indias y su conquista… (1589), libro inédito hasta 1878, año en que Justo Zaragoza lo publicó, dándole el título de Noticias históricas de la Nueva España (Madrid). Suárez de Peralta nació en México, hijo de un conquistador. En 1579 llegó a España y no se sabe si volvió a su patria o si murió en el destierro. A pesar de la descompostura de su estilo, su candor y sencillez en el relato de los acontecimientos le dan al libro cierto atractivo. De interés son sus relatos sobre la monja hermana de los Ávila y su descripción de la conjura de don Martín Cortés.
Lecturas: “Suceso extraño de la hermana de Alonso de Ávila”, en Noticias históricas, cap. xxxix.
B. El Barroco (siglo xvii)
Todavía encontramos algunos cronistas que escriben durante el siglo xvii, entre otros Alva Ixtlilxóchitl, Torquemada, Burgoa y Vetancurt. Con excepción de Burgoa pertenecen, por el estilo, al siglo xvi. Burgoa, sin embargo, ya participa de las características de su tiempo: el gongorismo y el culteranismo. Este siglo barroco cuenta, además, con tres prosistas de renombre: Palafox y Mendoza, Sigüenza y Góngora y sor Juana. Los dos primeros intercalaron algunos cuentos y anécdotas en sus escritos. No así sor Juana, cuya prosa es exigua. A comienzos del siglo encontramos la primera novela mexicana, Los sirgueros de la Virgen (1620) de Bramón, lo mismo que las Novelas morales de Piña Izquierdo.
Autores
Juan Piña Izquierdo (ca. 1566-1643), “natural de Buendía, en Castilla, ejerció en Madrid el oficio de Notario de la Inquisición y habiendo pasado a Nueva España se avecindó en Puebla, donde fue notario apostólico y escribano real. Dio a luz varias obras en prosa, entre ellas sus Novelas morales, Madrid, 1624” (Pimentel, Novelistas, p. 276). No encontramos evidencia alguna que indique que Piña Izquierdo haya residido en Puebla, como aseguran Beristáin y los críticos que se valieron de sus noticias. Ninguno de los escritores contemporáneos de Piña menciona el hecho, como tampoco lo hace Nicolás Antonio. Cotarelo y Mori sí dice que Piña sería deudo de un padre jesuita, coetáneo y probador de algunos libros, que lleva exactamente su nombre. Conjetura Cotarelo que este padre jesuita sería tío de Piña. Y nosotros nos preguntamos: ¿sería este Juan Piña Izquierdo el que pasó a la Nueva España y publicó el libro Elegancias de escribanos que menciona Beristáin? Sea como fuere, lo cierto es que las Novelas de Piña no pertenecen a México, ni por el contenido, ni por la forma ni por el estilo. En cuanto al título, observamos que la colección de novelas cortas que Piña publicó en 1624 no se titula Novelas morales, como afirma Nicolás Antonio y lo repiten Pimentel y otros, sino Novelas ejemplares, y prodigiosas historias.1 Ya que muchas colecciones de novelas se titulaban “morales y ejemplares” sería fácil explicar el error –si acaso lo es– de Nicolás Antonio, pues dudamos que existan dos obras publicadas durante el mismo año por el mismo autor y con títulos tan semejantes.
Crítica: C. B. Bourland, The Short Story in Spain in the Seventeenth Century (Northampton, Mass., 1927), p. 108; Beristáin; Emilio Cotarelo y Morí, pról. a Casos prodigiosos y cueva encantada (1628); Novela por Juan de Piña (Madrid, 1907); Nicolás Antonio, Biblioteca Hispana Nova (Madrid, 1763), i, 713; Pimentel, Novelistas, p. 276; Jiménez Rueda, Historia, p. 76.
