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B. El cuento romántico

El cuento anterior a 1867 es, con raras excepciones, romántico. Los primeros en cultivarlo fueron Rodríguez Galván y Pesado; mas no son ellos los únicos; allí están Pacheco, Díaz Covarrubias, Prieto, Florencio M. del Castillo y otros. En sus cuentos predominan la nota sentimental y la idealización de los personajes. Sin embargo, las descripciones del ambiente son realistas, sin dar cabida a nada que sugiera lo fantástico. La caracterización de los personajes es, casi siempre, a base de lenguaje (uso de mexicanismos) y de la descripción de las características físicas, esto es, externas. Muchos de estos cuentos son en verdad estampas o episodios. En el cuento romántico se hallan pocos temas originales. Los trillados temas del romanticismo europeo son los que predominan: el amor imposible, el fracaso en amores, la rebeldía, la aventura truculenta, las intrigas, el honor mancillado. De vez en cuando, sin embargo, encontramos temas históricos mexicanos, coloniales en su mayoría.

Consultar

Julio Jiménez Rueda, Las letras mexicanas en el siglo xix (México, 1944), pp. 69-73 y 89-100; J. S. Brushwood, The Romantic Novel in Mexico (Columbus, Missouri, 1954).

Autores

José Joaquín Pesado (1801-1861), la personalidad más destacada del grupo, nace en San Agustín del Palmar (Puebla) y muy temprano, por la pérdida de su padre, radica en Orizaba con su madre. Amante de la cultura, se dedica al estudio de las lenguas, las ciencias y la teología. Por dedicar la mayor parte del tiempo a la poesía, su producción novelística es bastante escasa. Escribió El amor frustrado (1838) y El Inquisidor de México (1838); ambos vieron la luz en el Año Nuevo. Son pequeños volúmenes dedicados a las damas, y entre 1837 y 1840 salieron de las imprentas de don Mariano Galván, editados por Rodríguez Galván. Aunque El Inquisidor de México apareció por vez primera en 1838, Roa Bárcena, en su biografía de Pesado (pp. 46-47), conjetura que en 1835 “ha debido escribir don José Joaquín una novela corta en que se describían y censuraban los procedimientos de la Inquisición de México, y cuya pieza literaria recuerdo haber leído en alguno de los tomos de Año Nuevo dedicados a las señoritas”.

Los dos cuentos de Pesado son románticos. El uno trata de Sara y su amante, Duarte, condenados por judaizantes. Cuando ella está a punto de ser abrasada por las llamas, el Inquisidor, don Domingo Ruiz de Guevara, descubre que la joven es su hija. Este tema habría de ser muy popular entre los románticos. Lo explotaron, entre otros, Justo Sierra y Riva Palacio. El otro cuento de Pesado trata de los amores de Teodoro Mendíval con Isabel, quien resulta ser su hermana. Ambos relatos, de ambiente mexicano, inician la tendencia nacionalista en el cuento.

Lecturas: “El Inquisidor de México”, en Novelas cortas de varios autores, i, pp. 3-46; selecs. en Nervo, Lecturas, 2ª serie, pp. 95-100; “El amor frustrado”, en Nov. cortas..., i, pp. 47-87. (Se le atribuye el cuento “Historia de una peseta, contada por ella misma”, El Mosaico Mexicano, iii [1840], pp. 410-413. Aunque va firmada por “P”, no estamos seguros de que sea de Pesado.)

Crítica: Roa Bárcena, “Biografía de José Joaquín Pesado”, en Obras de don José M. Roa Bárcena (México, 1902), pp. 1-205.

Ignacio Rodríguez Galván (1816-1842), primer romántico mexicano, dejó cuatro novelas: La hija del Oidor (1836, pub. en el Año Nuevo de 1837, pp. 73-94), Monolito el Pisaverde (1837, pub. en el Año Nuevo de 1838), Una procesión (1838, pub. en el Año Nuevo de 1839) y Tras un mal nos vienen ciento (también en el Año Nuevo, 1840). En la primera, inspirada en las líneas: “¿Para tan gran deshonor habéis sido tan bien guardada?” de la Comedia Himenea de Torres Naharro, el autor trata de demostrar que la prohibición aumenta el deseo. La segunda –a pesar de la descabellada trama, que gira en torno a la ambición desmedida de don Joaquín Almaraz– atrae por lo animado de los diálogos y por el interés que presentan los personajes, bastante bien trazados. Tras un mal nos vienen ciento –la más festiva de las obras de Rodríguez Galván– es una sátira en forma de drama; don Gregorio Ventrículo –reminiscencia del “Castellano viejo” de Larra– está invitado a comer; mas se le pasa el día en pormenores y como resultado no asiste a la comida. La obrita, que más que cuento romántico es cuadro de costumbres, indica que si el autor se hubiera dedicado a pintar las costumbres de su época en vez de traer a colación temas románticos descabellados, hoy sería considerado como uno de los mejores escritores de su época.

Una procesión, en fin, repite el tema de La Gitanilla de Cervantes, aunque lo sitúa en la Ciudad de México. Es de interés porque Rodríguez Galván da expresión en el cuerpo de la obra a sus ideas antifrancesas. Sobre ello y sobre el valor de la novelita citamos a continuación el juicio –que también podría con facilidad aplicarse a las otras obras novelescas del autor– de un contemporáneo, el poeta Heredia:

El número del Año Nuevo de 1839 que nos ocupa se ha teñido con el color de los sucesos ocurridos durante su redacción. La indignación escitada por el ultimátum y el bloqueo y tal vez por la toma de Ulúa, se halla fuertemente espresada en el odioso retrato de Mr. Le Braconier en la novelita la Procesión… Desearíamos que el autor… meditara sus planes con alguna más detención, para que sus incidentes y desenlace fueran menos violentos e inverosímiles.2

Lecturas: “Tras un mal nos vienen ciento”, en Novelas cortas de varios autores, i, pp. 213-262.

Crítica: Ernest R. Moore, “Bibliografía de Ignacio Rodríguez Galván”, Rev. Iber., viii (1944), pp. 167-191 (amplia biblio. de obras críticas, pp. 187-191).

Manuel Payno (ciudad de México, 1810-1894), más recordado por sus novelas –El fistol del diablo, Los bandidos de Río Frío–, también cultivó el cuento y el cuadro costumbrista. Sus narraciones cortas, escritas la mayor parte de ellas entre 1838 y 1844, tienen importancia en el desarrollo del cuento mexicano por constituir el punto de transición entre los narradores antes mencionados y aquellos que más tarde han de cultivar el género, como Florencio M. del Castillo y Roa Bárcena.

Se inicia con ellas –observa Francisco Monterde– la alborada del relato cargado de sentimentalismo, románticamente declamatorio, con digresiones imperdonables para el criterio de ahora. Mas entre los balbuceos, las puerilidades e imperfecciones de Payno, que denuncian falta de dominio del género, apenas conocido en su forma clásica, hay atisbos sorprendentes.

Algunas de las novelas, cuentos y narraciones de Payno fueron coleccionadas por el autor en el volumen Tardes nubladas (1871). Después de muerto, Alejandro Villaseñor y Villaseñor coleccionó otras, bajo el título de Novelas cortas (1901). El primer volumen contiene las narraciones históricas “María Estuardo” (1860), “Isabel de Inglaterra” y “Granaditas”. También incluye varias traducciones de las obras de A. Thiérry: “El poeta y la santa”, “El castillo del barón d’Artat”, y la leyenda gótica española “La lámpara” (1844), obrita recogida de El Museo Mexicano.

El cuento “El cura y la ópera” es un humorístico relato –el único de Payno que no es romántico– de un cura inglés a quien no le es posible asistir a la ópera, en Londres, debido a pequeños inconvenientes, como el de no llevar frac. La novelita El lucero de Málaga es un abigarrado conjunto de tipos extravagantes y episodios inverosímiles. En cambio, la novela corta Pepita, que se desarrolla en Morelia y la ciudad de México durante la época de la Independencia, es mucho más sobria, tanto en el estilo como en la presentación de los personajes. Esta obrita posee más unidad de acción y sus episodios son más verosímiles, y sus descripciones más apegadas a la realidad del ambiente. La pintura de Pepita, y sobre todo su psicología, nos recuerda a las mujeres de Inclán. Completan el volumen las narraciones de “Un viaje a Veracruz en el invierno de 1843”, lo mejor que Payno había escrito hasta esa fecha.

Los cuentos publicados por Villaseñor y Villaseñor en 1901 fueron recogidos de revistas fechadas entre 1843 y 1848. Casi todos ellos proceden de El Museo Mexicano y de Año Nuevo. La mayor parte fueron reeditados y comentados en forma brillante por don Francisco Monterde en la colección Artículos y narraciones (1945), al prólogo de la cual remitimos al lector interesado en la crítica de este aspecto de la obra literaria de Payno.

Todavía quedan, por supuesto, algunos cuentos y novelas cortas de Payno enterrados en los periódicos de la época, pues, como humorísticamente observó don Guillermo Prieto: “Payno zurcía una leyenda fantástica y llena de sal, de un estornudo o del alarido de un comanche o del suspiro de una monja desesperada”. Como costumbrista, escribió algunos cuadros mejores, desde varios aspectos, que sus primeros cuentos. Más tarde había de combinar los dos géneros y dedicarse a la producción de novelas, arte en el cual se superó.

Lecturas: Pepita, “El cura y la ópera”.

Crítica: McLean, El contenido literario, pp. 27-28 y 55-58; Monterde, prólogo de Artículos y narraciones, Bib. Est. Univ., 58 (México, 1945); tamb. Cultura, pp. 152-180; Read, pp. 113-131; Spell, “The Literary Works of Manuel Payno”, Hispania, xii (1929), pp. 347-356.

Florencio M. del Castillo (ciudad de México, 1828-Veracruz, 1863) tiene el honor de ser el primer escritor mexicano que se haya dedicado por completo a cultivar la novela corta y el cuento. Si bien no el primero en hacerlo, la novedad de los temas y la pintura de los sentimientos causaron gran impresión y despertaron el interés por este género.

Aunque romántico por los cuatro costados –observa González Peña–, y hasta más sensiblero y meloso que sus contemporáneos, no se limita el novelista a tratar de amoríos más o menos sentimentales; procuró, antes bien, presentar las pasiones humanas en diversidad de conflictos, y hasta tuvo sus puntas y ribetes de psicólogo y de teorizante.

Amor y desgracia (1849), también llamada Horas de tristeza, es la historia de los amores entre Francisco y su prima Remedios, muchacha ciega de nacimiento que padece rara enfermedad. La trama se complica por la intervención de dos personas que también aman a Remedios: el médico que la atiende y el dueño de la casa donde viven los jóvenes. Francisco logra salir triunfante de las maquinaciones del viejo casero, quien no puede, con su fortuna, corromper las virtudes de los jóvenes. Aunque Remedios muere de la enfermedad, Francisco obtiene fama en el teatro.

En La corona de azucenas (1849), la lucha es entre el deber y las pasiones, conflicto que se nutre en las almas de Soledad, la niña huérfana que se refugia en el convento, y su confesor, el padre Rafael, de quien ella se enamora. El deber, por supuesto, triunfa sobre las pasiones. Al morir, deja al padre Rafael una corona de azucenas que Soledad había tejido para su propia tumba. Lo mismo sucede en ¡Hasta el cielo! (1849), en donde Dolores, esposa del impotente Antonio, logra sofrenar su pasión; no se entrega a su cuñado Manuel. Al morir Antonio, Dolores entra en un convento, despidiéndose de Manuel con las palabras “¡Hasta el cielo!”

Dolores ocultos (1849) es la novelita menos romántica del grupo. El objeto del escritor aquí es pintar los padecimientos reales de la clase pobre. Su autor dijo de ella: “No es una creación de mi pobre fantasía, lo que os voy a referir; es una historia muy triste, pero verdadera”. Sin embargo, la novelita está muy lejos de ser una obra de corte realista, pues predominan en ella –como en las otras– el sentimentalismo y la sensiblería característicos del autor.

Expiación (1854; también llamada Culpa) tiene por tema –que Gamboa había de desarrollar más tarde– la prostitución de una joven, Magdalena, a quien su madre no sabe educar como es debido. De mayor atractivo para nosotros son los cuentos “Botón de rosa” (1854) y “Suicidarse por mano ajena”. El primero es, como las novelas, de corte romántico sentimental. No así el segundo, verdadero cuento que trata, aunque de manera muy imperfecta, un solo episodio: el método que descubre un inglés para suicidarse por mano ajena.

Lecturas: “Suicidarse por mano ajena”, en Obras de don Florencio M. del Castillo, Bib. Aut. Mex., 44 (México, 1902); “Botón de rosa”, en Mancisidor, Cuentos siglo xix, pp. 161-169.

Crítica: González Peña, pp. 187-188; Pimentel, Novelistas, pp. 325-332; Alejandro Villaseñor y Villaseñor, introd. a las Obras de don… (México, 1902), pp. v-xxii; Brushwood, pp. 23-25 y 64-65; Warner, pp. 20-21.

Juan Díaz Covarrubias (Jalapa, 1837-1859), durante su corta vida, pudo escribir varios cuentos y algunas novelas, en su mayoría de tema amoroso, algunas veces de fondo histórico costumbrista. Impresiones y sentimientos (1857) es una colección de artículos y cuentos. El método favorito del autor, en esta obra, es el de empezar por una moralización y luego concluir con una pequeña historieta que ilustre el efecto que se critica. El diablo en México (1858), tal vez su mejor obra, es un idilio entre Enrique y Elena; pero este amor es truncado por prosaicos enlaces de conveniencia. La sensitiva (1859), en fin, es más que un cuento, un boceto de novela, en la cual el autor desarrolla la simple historia de Luisa, a quien su prometido, al volver por ella, arrepentido de haberla abandonado, la encuentra en trance de muerte. En general, los temas de las novelas y los cuentos de Díaz Covarrubias giran en torno a los conflictos entre las clases sociales: los aristócratas, ricos pero pervertidos; la clase media, virtuosa pero sin esperanza alguna, y el pueblo, trabajador pero olvidado; predomina en ellas la nota sentimental y la idealización romántica de los personajes.

Lecturas: La sensitiva.

Crítica: Pedro Frank de Andrea, prólogo a El diablo en México (México, 1955), pp. vii-xv; amplia bibliog., pp. 1-3.

C. El cuento indianista

Durante la época colonial hubo espíritus humanitarios que vieron al indio con simpatía y trataron de protegerlo. Mencionemos, entre otros, a Motolinía, Las Casas, De Sahagún, Vasco de Quiroga. Un poco más tarde Palafox y Mendoza llegó al punto de escribir un tratado sobre las virtudes del indio. Lo mismo hizo Clavijero, quien, en su empeño por defender al indio contra los ataques de los escritores extranjeros, lo pinta un tanto idealizado. Su influjo, así como el de Rousseau Chateaubriand, se dejó sentir a principios del siglo xix en las obras de ficción, en las que se presenta la vida primitiva del indio como superior a la civilizada europea. La primera novela indianista es la anónima Jicoténcal (Filadelfia, 1826), historia de los amores entre Teutila y Xicoténcatl, general tlaxcalteca. Antes de esto fray Servando ya había traducido la Atala de Chateaubriand, y un poco más tarde declara que los indios “son tan buenos como los españoles”. Sin embargo, en la literatura el indianismo es una copia de la estética europea, el aborigen en la obra de arte es una simple decoración; no se trata allí de mejorar su estado de pobreza y de miseria.

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Concha Meléndez, La novela indianista en Hispanoamérica (Madrid, 1933).

Autores

José María Lafragua (1813-1875) nació en Puebla; muy joven comenzó a ejercer la carrera de abogado y a participar en la política, siempre en el partido liberal. Desempeñó la cartera de Relaciones Exteriores bajo Comonfort, Juárez y Lerdo de Tejada. Durante su juventud escribió poesía y editó en Puebla la revista El Ensayo Literario (1838) y en México El Apuntador (1841) –la mejor revista teatral de la época– y El Ateneo Mexicano (1844). Publicó cuentos en el Año Nuevo de 1837 y en el segundo volumen de El Mosaico (1837), y colaboró en el Seminario de las Señoritas Mexicanas (1841-1842).

En el cuento mexicano la primera manifestación indianista es la novelita poemática Netzula (suscrita el 27 de diciembre de 1832), en la cual Lafragua trata, de una manera idealizada, de los amores de la joven india Netzula –la prometida de Oxfeler– por un desconocido, con quien no se casa por saber que la unión no es legal. Más tarde Netzula encuentra a Oxfeler moribundo en un campo de batalla donde los cañones de los españoles han hecho destrozos en las filas de los defensores. En esta novelita los personajes, aunque idealizados, son indios, y el ambiente es mexicano.

Lecturas: Netzula, en Novelas cortas, tomo i, “Biblioteca de Autores Mexicanos”, vol. 33, pp. 265-306.

Crítica: Warner, p. 11.

Crescencio Carrillo y Ancona (1837-1897) nació en Izamal, Yucatán, estudió filosofía y humanidades en San Ildefonso, se ordenó de presbítero en 1860, y llegó a ser obispo de Yucatán (1888). Aunque más conocido como historiador, cultivó también el cuento y la leyenda. Su Historia de Welina (1862) es una leyenda yucateca en la que se presenta el problema de la dualidad del alma mestiza; es, al mismo tiempo, una apología de los misioneros de la Conquista.

Lecturas: Historia de Welina.

Crítica: Enc. Yuc., v, pp. 643-645; Iguíniz, pp. 60-63.

D. El cuadro costumbrista

El cuadro costumbrista mexicano tiene sus orígenes en las obras de Fernández de Lizardi. Sin embargo, El Pensador no formó escuela.3 Al reaparecer el género 20 años más tarde, los modelos son los cuadros costumbristas de los escritores españoles, sobre todo los de Mesonero Romanos, que aparecen en las revistas y periódicos de la época con bastante regularidad. Los temas del género en México son, al principio, reflejos de los del cuadro español; la pintura, de los tipos y las costumbres del país. Pero pronto se pasa de esta simple pintura a la crítica severa y acerba de las condiciones de atraso en que se encontraba el país, la corrupción de los gobiernos y los deplorables medios de vida del pueblo mexicano. Casi todos estos escritores participaban en forma activa dentro de la política. Se destaca, entre ellos, la personalidad de don Guillermo Prieto, iniciador de este género en México. En las plumas de Cuéllar y Altamirano obtiene su más alto desarrollo.

Consultar

Jefferson R. Spell, “The Costumbrista Movement in Mexico”, en pmla, vol. 50 (1935), pp. 290-315. Hay traducción española por Juan Manrique de Lara, en Universidad, v (1938), núms. 26 y 27; Jiménez Rueda, Letras mexicanas, pp. 101-114.

Autores

Guillermo Prieto (ciudad de México, 1818-1897), recordado por su poesía popular y por su sabrosa autobiografía, es menos conocido como autor de prosa costumbrista. Esto es debido, en parte, a que sus cuentos y cuadros de costumbres se encuentran dispersos en las revistas y los periódicos de su época. Prieto es, sin embargo, el introductor de esta modalidad en la literatura mexicana. En sus Memorias (i, 72) nos dice: “Yo, sin antecedente alguno, publicaba con el seudónimo de Don Benedetto, mis primeros cuadros, y al ver que Mesonero quería describir un Madrid antiguo y moderno, yo quise hacer lo mismo, alentado en mi empresa por Ramírez, mi inseparable compañero”. Nos daremos una idea de lo bien que Prieto se adaptó al género mencionando que sólo en un periódico, El Siglo xix, publicó 194 cuadros de costumbres. Además, encontramos en el mismo periódico algunas selecciones que, según ha observado McLean,

muestran una marcada tendencia hacia el cuento corto moderno. Como regla general, éstas apenas pueden calificarse siquiera de pésimos ejemplos de este género, pues adolecen de falta de unidad, el punto de vista fluctúa de un personaje a otro, y abundan los episodios extraños al desarrollo de la trama. Sin embargo, hay que mencionarlas en una clase aparte del típico cuadro de costumbres porque en ellas no es siempre la descripción el motivo predominante: muchas veces se subordina la parte descriptiva a la narración, y la escena de la acción vaga de un lugar a otro por toda la República. Artículos de este género son Un estudiante, trozo sumamente romántico; una versión de la leyenda del descubrimiento del pulque, interpolada en sus Apuntes de Fidel... Manuelita, cuento lúgubre de horror con todas las características de una novela gótica; y sus Recuerdos de Carnaval, publicados el 27 de febrero de 1852. Este último sobresale por su interés sostenido, con elementos románticos de amor, aventuras, honor e intriga, todos mezclados hasta el punto que el lector se olvida de que es un tal “Licenciado” y no el costumbrista quien relata el cuento.

Antes de colaborar en El Siglo xix, Prieto ya había publicado varios cuentos, leyendas y cuadros populares en El Museo Mexicano, La Revista Científica y Literaria, El Museo Popular (1840) –en donde publicó tres producciones costumbristas, las primeras del autor– y en el Álbum Mexicano (1849) de Ignacio Cumplido. Prieto, como él mismo nos dice, no podía dejar de escribir: “Como eso de escribir para el público es una especie de manía, como la de comer tierra o inyectarse con morfina; y yo había sucumbido de lleno a esa manía, buscaba arrimo en imprentas y redacciones”.

Entre sus trabajos, hay que mencionar el que recogió Nervo en sus Lecturas, titulado “Un cuento”,4 primoroso relato a base de un recuerdo de la niñez que parece autobiográfico. Es lo mejor de Prieto en el género, y hace recordar los cuentos del poeta místico.

Prieto es el sucesor de Lizardi; en sus páginas pinta costumbres y tipos netamente mexicanos, con humorismo y algo de sentimiento. Por desgracia, lo único que se recogió de esta abundante producción fueron “Los San Lunes de Fidel” (1923), cuadros que publicaba cada semana con el seudónimo que lo hizo famoso.

Lecturas: “Un cuento”, en Nervo, Lecturas, 1ª serie, pp. 19-24; “Un San Lunes de Fidel”, en Novo, Lecturas, pp. 14-19.

Crítica: McLean, El contenido literario…, pp. 28-40 y 58-61; Salvador Ortiz Vidales, Don Guillermo Prieto y su época (México, 1939); Spell, “The Costumbrista Movement”, pp. 312-313.

Francisco Zarco Fortún (Durango, 1829-1869) publicó entre 1851 y 1854 nada menos que 50 cuadros costumbristas, todos ellos en estilo que tiende al pesimismo. Sus observaciones ahondan más en los problemas nacionales que las de ningún costumbrista. Si Prieto –que es el único que lo aventaja– imita a Mesonero Romanos, Fortún puede considerarse como el Larra mexicano,

Crítica: Spell, “The Costumbrista Movement”, pp. 300-303 y 313-314.

Hilarión Frías y Soto (Querétaro, ¿?, Tacubaya, ciudad de México, 1905), médico, periodista, costumbrista y novelista, es el autor de la primera novela realista mexicana, Vulcano (en La Orquesta de 1862), y de varios cuadros costumbristas, publicados bajo el título Álbum fotográfico. En ellos vemos desfilar los tipos sociales característicos de su tiempo: celestinas, viudas, pordioseros, vendedores ambulantes, curas de aldea, lavanderas, sacristanes, bandidos, peinadoras, billeteros, monjas, pilluelos, pollas, peluqueros y demás representantes de las diversas clases sociales que formaban el México de mediados del siglo xix. Los cuadros costumbristas de Frías y Soto, según opinión del profesor Spell, tienen gran importancia en el desarrollo del género, debido, principalmente, a que el autor representa la transición entre Prieto, introductor de género, y Cuéllar, su más consumado cultivador. Los cuadros de Frías y Soto aparecieron en La Orquesta –revista de la que fue redactor– entre febrero y mayo de 1868. En 1954 fueron publicados en una colección que lleva el título que les dio el autor: Álbum fotográfico (México).

Lecturas: Selecciones en el Álbum fotográfico.

Crítica: González Obregón, pp. 48-49; Altamirano, La lit. nac., i, 77-79; MacLean El contenido, pp. 40-42 y 61; Mestre Ghigliazza, p. 222; Spell, “The Costumbrista Movement”, p. 311; Emmanuel Carballo, sobre un Álbum fotográfico, Novedades, “México en la Cultura”, 29 de agosto de 1954.

José Tomás de Cuéllar (Facundo)(ciudad de México, 1830-1894) nos legó La linterna mágica, 24 volúmenes de cuadros de costumbres y narraciones novelescas, en todos los cuales predomina una honda mexicanidad.

Ésta es la linterna mágica: no trae –dice el autor– costumbres de ultramar, ni brevete de invención; todo es mexicano, todo es nuestro, que es lo que nos importa; y dejando a las princesas rusas, a los dandies y a los reyes en Europa, nos entretendremos con la china, con el lépero, con la cómica, con el indio, con el chinaco, con el tendero y con todo lo de acá.

Debido a su gran conocimiento de la clase media mexicana, Cuéllar pudo captar las escenas más íntimas, permitiéndonos en sus cuadros sorprender a las familias, o a grupos de familias, en acción.

La evolución de esta literatura da un gran paso con Cuéllar. Esta evolución, como ya observaba don Guillermo Prieto, el iniciador, no fue sólo porque Cuéllar extendiera el panorama, sino también por la forma. Los cuadros de Cuéllar no son meras vistas fijas de costumbres mexicanas y tipos sociales; todos ellos, por lo común, tienen una trama muy dramática y son, además, episódicos, características que no encontramos en los costumbristas anteriores. Cuéllar prepara el terreno para lo obra de Micrós y otros escritores posteriores. Se diferencia de ellos, como ya observó Jiménez Rueda, en que en su obra no hay gran emotividad. “Es un fiel observador de la realidad que lo rodea, pero sin que su alma vibre ante la contemplación del paisaje o de las vidas que en él se proyectan.” No hay duda de que la estatura de Cuéllar ha aumentado al correr de los años.

Conocedor de su gente y de su época –observa Rojas González, uno de sus últimos críticos–, Cuéllar logra que los escépticos volteen la vista hacia la vida palpitante del barrio bajo, en donde se genera con todo vigor la nacionalidad que ahora nos enorgullece. Dialoguista notabilísimo, dueño del secreto de la narración, Facundo resulta uno de los más representativos no sólo del cuento típico de la decimonona centuria, sino del cuento mexicano con todo su historial […]. Sus méritos lo colocan a la vera de su glorioso antecesor don José Joaquín Fernández de Lizardi, ambos personificaciones de sendas etapas en los anales de la literatura mexicana.

Lecturas: “Viernes de Dolores”, en Connyn, pp. 101-108; “El aguador”, en La linterna mágica, Bib. del Est. Univ., 27 (México, 1941), pp. 203-211.

Crítica: José Tomás de Cuéllar, prólogo a La linterna mágica, ii (Barcelona, 1890); Antonio Castro Leal, pról. a Ensalada de pollos y Baile y cochino (México, 1947); M. B. Kingsley, Estudio costumbrista de la obra de Facundo (México, 1944); Guillermo Prieto, prólogo a La linterna mágica, i (Barcelona, 1889); R. Salazar Mallén, Introd. a Estampas del siglo xix de Cuéllar Bib. Enc. Pop, 17 (México, 1944); Mauricio Magdaleno, pról. a La linterna mágica, Bib. del Est. Univ., 27 (México, 1941); Rojas González, “El cuento mexicano”.

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