Kitabı oku: «Breve historia del cuento mexicano», sayfa 3
C. Neoclasicismo y sátira (siglo xviii)
El siglo xviii no es tan rico en cuentos y relatos. El pensamiento de la época se orienta, más bien, hacia la historia, la crítica y la filosofía. Entre los prosistas encontramos, además de los historiadores y los filósofos –Veytia, Cavo, Clavijero, Alegre, Díaz de Gamarra, Alzate, Bartolache, etc.–, a fray Juan Villa y Sánchez (169-175), poblano, autor de El muerde quedito (1714),2 “opúsculo” –según Beristáin– muy apreciable en el que el autor satirizó con sumo ingenio y gracia los defectos e intrigas; de un capítulo provincial”; a Joaquín Bolaños, autor de La portentosa vida de la Muerte (1792), y a un cronista rezagado, fray Matías de Escobar. Durante este siglo crítico nace, también, el periodismo, que tanto auge había de dar al desarrollo del género en la centuria siguiente. Y por último, encontramos un cuento, el de González de Sancha.
Consultar
González Peña, pp. 106-116. Alexander V. Davis, El siglo de oro de la Nueva España (México, 1945); Jiménez Rueda, Historia, cap. vii, Reyes, cap. vii.
Autores
Fray Matías de Escobar (siglo xviii), agustino, natural de la ciudad de Querétaro, maestro en teología, definidor de la provincia de San Nicolás Tolentino de Michoacán y cronista de su orden, es el autor de varios opúsculos que cita Beristáin, entre ellos la Americana Thebaida, obra publicada en 1924; en ella intercala ingenuos cuentos, no ayunos de gracia.
Lecturas: “Un enemigo del diablo”, en Valle, pp. 181-183.
Fray Joaquín Bolaños (siglo xviii), franciscano, español de nacimiento, examinador sinodal del obispado del Nuevo Reino de León, autor de La portentosa vida de la Muerte (México, 1792), libro en que se hallan “representados –escribe Agustín Yáñez– los esfuerzos titubeantes en pro de la novela criolla durante la colonia”. Beristáin dudaba que la obra fuera original de Bolaños.
Lecturas: La portentosa vida de la Muerte, pról. y sel. de Agustín Yáñez (México, 1944); Bib. del Est. Univ., 45; en la cubierta, 1943, cap. x, pp. 159-166.
José González de Sancha (siglo xviii), presbítero mexicano, alumno de la Congregación de San Pedro y administrador del Hospital de sacerdotes de México, dejó manuscrita una novela moral –hoy perdida– intitulada Fabiano y Aurelia, “cuyo autógrafo mismo –escribe Pimentel– hemos leído, fechado en México a 20 de septiembre de 1760”. Esta novela es de interés para nosotros por contener en la introducción –según el mismo crítico– un pequeño cuento, “sin atractivo alguno, de amores poco decentes” (Novelistas, p. 276).
Resumen
Durante la primera parte del siglo xvi, época de la conquista de México, el cuento no existe en España y tampoco lo encontramos entre nosotros. El cuento español de la segunda mitad de este siglo –Timoneda, Santa Cruz, etcétera– era conocido en México, aunque no fue imitado. Los cronistas, sin embargo, asumen la función de cuentistas, tomando como material no la temática española, sino los episodios ocurridos durante la conquista y población del país. La originalidad de este tipo literario en las crónicas es sorprendente. Pocos son los temas que se remontan a una fuente europea. Esto no indica, por supuesto, que todos los cronistas sean originales. Pero los que copian, no obstante, lo hacen de otros cronistas.
En los cuentos que hallamos en las crónicas predomina el tema sobrenatural. En los escritores de los siglos xvi y xvii el magismo constituye casi un adorno. Abundan en ellos los cuentos de diablos, fantasmas, milagros, magia y hechos extravagantes. Además de los cuentos de los cronistas, la época colonial produce las novelas de Piña Izquierdo, algunas anécdotas de Palafox y Mendoza, los Infortunios de Alonso Ramírez de Sigüenza y Góngora y La portentosa vida de la Muerte, de Bolaños, lo mismo que el cuento de González de Sancha.
En conclusión, podríamos decir que el cuento colonial mexicano tiene más importancia de la que se le ha dado. Hasta hoy, la crítica se había contentado con decir que no existía.
Consultar
Vicente de P. Andrade, Ensayo bibliográfico mexicano del siglo xvii (México, 1894); Luis Castillo Ledón, Orígenes de la novela en México (México, 1922); también en los Anales del Museo Nacional, i (1922), pp. 199-208; González Peña, pp. 77-82; Jiménez Rueda, Historia, caps. v y vi; Bernardo Ortiz de Montellano, Literatura indígena y colonial mexicana (México, 1946), 94 pp., “Bib. Enc. Pop.”, 113; “Antecedentes de la literatura mexicana. Época colonial”, en El libro y el pueblo, xi (diciembre, 1933), pp. 435-444; Pimentel, Novelistas, Reyes, caps. v y vi; Hespelt, Outline, sec. A; Ernest V. Moore, “La primera novela histórica mexicana”, en la Rev. de Lit. Mexicana, i (1940), pp. 370 y ss; Rojas González, “El cuento mexicano”.
1 Novelas ejemplares, y prodigiosas historias, de Juan de Piña, escribano de provincia de la Casa y Corte de su Majestad, Familiar y Notario del Santo Oficio... (Madrid, por Juan González, 1624). Ejemplar en la Biblioteca Nacional de Madrid. Microfilm en nuestro poder.
2 Publicado por Bustamante en La Voz de la Patria, México, 1931, IV, Supl.
III. ÉPOCA DE LA INDEPENDENCIA
Comentario preliminar
A partir de la época de la Independencia, el cuento se ve íntimamente asociado al periodismo, nueva manifestación de las letras mexicanas, que ha de desarrollarse a grandes pasos de aquí en adelante. Sus orígenes datan del siglo xvii y son ellos las hojas sueltas, llamadas gazetas, que se publicaban cuando los barcos de España llegaban a Veracruz, o los de las Filipinas a Acapulco. El Mercurio Volante de Sigüenza y Góngora, publicado a fines de ese siglo es un anticipo del periódico mexicano. En 1722 apareció nuestro primer periódico, la Gazeta de México de Castoreña. En enero de 1728 Sahagún Arévalo funda su Gazeta de México, y más tarde aparece el Mercurio de México (1740-1742) y posteriormente la Gazeta de México (1784-1807) de Zúñiga y Ontiveros.
El Diario de México (1805-1817), fundado por Jacobo Villaurrutia y Carlos María Bustamante, es el primer periódico diario de la Nueva España. Allí escribieron Barquera, el propio Bustamante, Beristáin, Ochoa, Barazábal, Lacunza, Navarrete. Estos periódicos, según el decir de un orador del siglo xix, “se llenaban con el santoral, alguna fábula de Can azul,1 un cuento insulso, grosero y a veces inmoral, y alguna orden” (Juan B. Baz, Discurso cívico, 1859).
Con la emancipación política, los habitantes de México obtienen la libertad de expresión. Las Cortes de Cádiz (1812), al promulgar la libertad de imprenta, desencadenan un renacimiento literario en México, a la cabeza del cual hay que poner a Fernández de Lizardi; mas no es él el único; allí están Barquera, el Payo del Rosario, fray Servando y tantos otros. El cuento, sin embargo, todavía no se cultiva como género independiente. Pero ya encontramos sus gérmenes en las gacetas, en los folletos y en las novelas de Lizardi.
Autores
José Miguel Guridi y Alcocer (1763-1828), tlaxcalteco, doctor en teología y cánones, cura del Sagrario Metropolitano, miembro del Congreso Constituyente y literato preeminente durante los últimos años de la Colonia y primeros del México independiente, nos interesa por sus Apuntes, libro de transición entre los escritores del siglo xviii y los de la época de la Independencia. En algunas de sus páginas autobiográficas a lo Rousseau ya se vislumbran las aventuras picarescas del Periquillo; también encontramos allí los gérmenes del cuadro de costumbres.
Lecturas: “Dos lances raros”, en Antología del Centenario, ii, pp. 554-556.
Crítica: Antología del Centenario, i, pp. cxcvi-cic; ii, pp. 545-549; amplia bibliografía en las pp. 547-548.
Fray Servando Teresa de Mier (1763-1827) cuenta sus aventuras a través de Europa en sus Memorias, que más que autobiografía parece una novela picaresca, salpicada con interesantes y amenas anécdotas, contadas con gran gusto, en estilo animado y zumbón.
Lecturas: “Todo es mondongo”, en Memorias (México, 1946), ii, pp. 191-192.
Crítica: pról. de A. Castro Leal a su ed. de las Memorias (México, 1946); amplios datos bio. y biblio. i, xi-xix.
José Joaquín Fernández de Lizardi (1776-1827) es, literariamente hablando, el hijo de la Constitución de Cádiz. Inmediatamente después de haberse promulgado este documento aparece en México el periódico El Pensador Mexicano, cuyo nombre toma como seudónimo. De allí en adelante su producción es extraordinaria. En 1814 comienza a ensayar el cuento y la narración, publicando su miscelánea periodística “Alacena de frioleras”. Algunos de sus cuentos, como “La visita a la condesa de la Unión”, son en realidad revistas políticas. Otros, como aquellos que encontramos en sus novelas, son cuadros costumbristas, tipo de literatura en el que Lizardi se superaba.
En El Periquillo Sarniento (1816) encontramos tres cuentos bien definidos: el de don Antonio, el del Payo y el del Negrito. El primero recuerda la manera de Cervantes; el segundo es de interés por el uso que en él hace Lizardi del hablar macarrónico característico de los indios; el cuento del Negrito es un incidente que ocurre mientras Periquillo se encuentra en las Filipinas. Nada tiene que ver con la trama de la novela, y es tal vez el primer cuento –en el sentido moderno de la palabra– en la literatura mexicana. El cuento tiene unidad (trata de un simple incidente) y los personajes están muy bien pintados, especialmente el del Negrito. Volviendo al cuento del Payo, encontramos en él los orígenes de la tendencia que se ha venido a desarrollar en nuestros días: adaptar el cuento al estilo americano. El personaje del cuento de Lizardi, los incidentes, el lenguaje y el ambiente son mexicanos. Aquí el autor se adelanta a su época en la interpretación de la vida americana.
Además de la novela corta Noches tristes –anticipo del romanticismo mexicano– encontramos en La Quijotita y su prima, algunos cuentos como el de la Chata y don Ciriaco, el de Carlota y Welter (que casi es una novela corta) el de Irene, el de la viuda y el del pobre hombre llamado Blas. En los innumerables folletos que Lizardi publicó desde 1812, sin duda existen algunos cuentos, cuyo estudio está por realizarse.
Fernández de Lizardi, creador de la novela mexicana, también puede ser considerado el iniciador del cuento de costumbres, género que tanta importancia había de obtener durante la segunda mitad del siglo xix. “Consideramos a Fernández de Lizardi –apuntó Rojas González– como el primer y verdadero cuentista mexicano en el tiempo... He dicho cuentista y no novelista, porque solamente me atañe esta vez observarlo como autor de pequeñas historias, género en el que lo encuentro maestro.” Y también: “Pero en donde encuentro al Pensador Mexicano como un excelente cuentista es en aquellas narraciones que intercala al margen de sus novelas”. Juicios con los que estamos de acuerdo, pues vienen a confirmar nuestra apreciación del Pensador como cuentista.
Lecturas: “Duelo entre un comerciante negro y un oficial inglés”, en Castillo, pp. 135-137, “Aventura de un locero”, en Cuentos de autores exclusivamente mexicanos, núm. 1, pp. 106-118. “La visita a la condesa de la Unión”, Ant. del Cent., i, 272-279.
Crítica: José Joaquín Fernández de Lizardi, Diálogos sobre cosas de su tiempo sacados del olvido por L. González Obregón (México, 1918); J. R. Spell, “Dos manuscritos inéditos de ‘El Pensador Mexicano’”, en Rev. Iberoam., xiii (1947), pp. 53-66 (uno de los dos MSS, intitulado “Señor Diarista: vaya ese envueltito para su periódico”, es un verdadero cuento dialogado); Luis González Obregón, Novelistas mexicanos: Don José Fernández de Lizardi (México, 1938); Monterde, Cultura, pp. 119-127; Rojas González, “El cuento mexicano”; J. R. Spell, The Life and Works of José Joaquín Fernández de Lizardi (Filadelfia, 1931); Warner, pp. 4-10.
Resumen
Los escritores de esta época, entre otros Guridi y Alcocer, el Dr. Mier, Lizardi y Bustamante, tienden el andamiaje sobre el cual ha de levantarse el cuento mexicano del siglo xix anterior al modernismo. En sus obras, sobre todo en las de Lizardi, triunfa lo mexicano sobre lo europeo, la vida sobre el razonamiento, lo emotivo sobre lo intelectual. Aunque Lizardi y sus contemporáneos no se proponían escribir cuentos, no les fue posible evitar el cubrir sus cuartillas con ellos; tendencia que han de seguir Prieto, Payno, Cuéllar y los demás costumbristas.
Consultar
Agustín Agüeros de la Portilla, “El periodismo en México durante la dominación española”, en los Anales del Museo Nacional, 3ª serie, ii (1910), pp. 355-465; Coester, The Literary History, cap. iii; Salvador Cordero, La literatura durante la Guerra de Independencia (México, 1920), 43 pp.; E. Gómez Haro, “Historia del diarismo en México desde la aparición del primer diario el año de 1805 hasta nuestros días”, en Arte Gráfico, México, iv, núm. 90 (1 de enero, 1923) y núm. 99 (15 de mayo, 1923); González Peña, 3ª parte., caps. i-iii; Hespelt, Outline, sec. B, pp. 28-43; Jiménez Rueda, Historia, caps. viii-xii; Luis G. Urbina, La literatura mexicana durante la Guerra de Independencia (Madrid, 1917); tamb. en la Antología del Centenario, i, pp. i-ccxlv; biblio., pp. ccxlvi-clvi; veáse tamb. el apéndice al tomo ii, por Pedro Henríquez Ureña; Rojas González, “El cuento mexicano”; M. Ochoa Campos, Juan Ignacio María de Castorena Ursúa y Goyeneche (1668-1733) (México, 1944); Iguíñiz, La imprenta en la Nueva España (México, 1938).
1 Seudónimo de Juan María Lacunza.
IV. ROMANTICISMO Y COSTUMBRISMO (1821-1867)
Comentario preliminar
La época que va de 1821 a 1867 es una de las más activas de la turbulenta historia de México. La independencia no soluciona el conflicto, ya presente durante la época colonial, entre conservadores y liberales, tradicionalistas y renovadores. Dicho conflicto complica el establecimiento de un gobierno durable; ni las invasiones extranjeras –norteamericana primero, francesa después– logran unir a estas dos facciones irreconciliables. Es en 1867 cuando, debido a la abnegación de varios prominentes directores intelectuales de ambos bandos, los dos grupos logran reunirse y formar una nación sin disensiones internas. Este ambiente en la política y en la vida no es, por supuesto, muy favorable al desarrollo de las letras. Sin embargo dos jóvenes literatos encuentran tiempo para fundar la asociación que había de dominar la vida literaria de la época: la Academia de Letrán (1836-1856). En torno a los fundadores –José María Lacunza y Guillermo Prieto– se formó un grupo que incluía a Pesado, Calderón, Rodríguez Galván Gorostiza, Ramírez y otros. Cultivaban estos jóvenes, sobre todo, la poesía y el drama; pero también hubo algunos que ensayaron géneros nuevos: la novela corta y el cuento. Además, con el objeto de criticar las instituciones sociales –a imitación de lo que hacían en España Mesonero Romanos y Larra– se creó el cuadro costumbrista. La mayor parte de esta literatura no se daba a conocer al público en libros; más bien constituía la parte literaria de los periódicos, que se multiplicaban y prosperaban como nunca.
Durante esta época aparecen, por fin, el cuento y la novela corta como géneros independientes. El primero en cultivarlos fue Florencio M. del Castillo, primer cuentista y novelador mexicano. Pero antes ya encontramos uno que otro autor anónimo, una que otra leyenda, uno que otro cuento histórico y, en abundancia, el cuadro costumbrista. Todo ello aparece en los periódicos, los almanaques y los Año Nuevo. En el cuento y la novela corta la tendencia es única: el romanticismo.
A. El cuento legendario
El cuento legendario es uno de los primeros que se cultivan en el México independiente. Los temas, por lo general, son coloniales, resaltando lo sombrío y hasta lo tenebroso. Gómez de la Cortina y Bernardo Couto fueron los iniciadores de este tipo de creación, tan popular en la literatura mexicana.
Autores
José Justo Gómez de la Cortina (conde de la Cortina) (México, 1799-1860) dedicó gran parte de su vida al estudio de la filología y la gramática, y en sus ratos de ocio escribió versos humorísticos y crítica literaria. Publicó el primer cuento legendario de que tenemos noticia, “La calle de don Juan Manuel”,1 de interés por ser de tema colonial mexicano y por haber tenido influencia sobre varios cuentistas posteriores, como Payno, Riva Palacio y González Obregón.
Lecturas: “La calle de don Juan Manuel”, en Valle, pp. 186-189.
Crítica: González Obregón, pp. 16-17. Pimentel, Novelistas, p. 296; Read, p. 72; José Guadalupe Romero y J. M. Pereda, “Biografía del Exmo. Sr. D. José María Justo Gómez de la Cortina, Conde de la Cortina”, Boletín de la Sociedad Mexicana de Geo. y Est., viii (1860), pp. 249-266.
José Bernardo Couto (1803-1862), abogado, político y literato, nació en Orizaba, Veracruz, estudió en el Colegio de San Ildefonso de la ciudad de México y recibió el título de abogado en 1827. Fue ministro de Justicia (1845) y presidente de la Junta Directiva de la Academia de Bellas Artes hasta 1860. Aunque es más conocido por su Historia de la pintura en México, también cultivó el cuento. Su excelente narración “La mulata de Córdoba y la historia de un peso” (verdaderamente dos relatos en uno) apareció en los primeros números de El Mosaico Mexicano. Se ha querido ver en esta narración el origen del famoso cuento de Gutiérrez Nájera, aunque en realidad nada tienen en común.
Lecturas: “La mulata de Córdoba y la historia de un peso”, en el Calendario Antiguo. Casa de Munguía (México, 1882), pp. 107-116; tamb. en Jiménez Rueda, Antología, pp. 199-212.
Justo Sierra O’Reilly (Tixcacaltuyú, Yuc., 1814-Mérida, 1861), hijo de padres distinguidos, hizo sus estudios en su estado natal, hasta llegar a obtener el grado de doctor en leyes. Su obra novelística aparece durante el corto periodo de 10 años: 1840-1850. De ella nos interesan las novelas El filibustero, Doña Felipa de Sanabria, Los bandos de Valladolid y El secreto del ajusticiado. Las tres primeras aparecieron en El Museo Yucateco (1841-1842) y la última en El Registro Yucateco (1845-1846). Sobre la veracidad histórica de El filibustero –cuyo protagonista es Diego el Mulato, pirata del siglo xviii– el autor mismo observó que “la leyenda es toda historia, casi hasta en sus más insignificantes circunstancias”. Lo mismo acontece con la novelita Doña Felipa de Sanabria, en la cual “todos los nombres que se citan, con muchas de las circunstancias que se han referido –dice el autor–, pertenecen a nuestra historia. Así este cuento tiene mucho de histórico y se ha escrito con la mira de desenvolver algunos hechos antiguos”. No menos verídico es el asunto de El secreto del ajusticiado, historia de los alcaldes –de Valladolid– Miguel Ayuso y Francisco Tovar, ahorcados en Mérida en 1704. El mismo asunto dio materia al poeta y dramaturgo español García Gutiérrez para dos de sus dramas. Además de las anteriores, se le atribuyen las novelas El duende de Valladolid, La tía Mariana, Los anteojos verdes, Don Pablo de Vergara, Don Juan de Escobar, Xtacumbilxunáan y El lazarino, esta última a base de interesantes episodios de piratas.
Sierra O’Reilly firmaba sus obras con los seudónimos “José Turrisa” y “J. Tomás y Ara”. Aunque no fue el primero en escribir novelas históricas, le corresponden puesto importante en el desarrollo del género, pues fue él quien por primera vez realizó un estudio concienzudo de la historia de su provincia para entretejerla en sus obras de ficción.
Lecturas: “El secreto del ajusticiado”.
Crítica: E. Abreu Gómez, “Sierra O’Reilly y la novela”, en Clásicos, románticos, modernos (México, 1934), pp. 93-129; José Esquivel Pren, Enc. Yuc., v (México, 1946), pp. 623-631; Read, pp. 98-108; Warner, pp. 16-19.
