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Resumen

El acontecimiento literario de mayor importancia durante esta época es el extraordinario desarrollo de los periódicos y revistas literarios, que habían empezado por insignificantes “años nuevos” y almanaques. En estas revistas publican sus cuentos y narraciones los literatos de la época, casi todos ellos inmiscuidos en la política, en su mayoría afiliados al partido liberal. Las tendencias literarias reflejan las corrientes europeas: romanticismo, costumbrismo, historia novelada. Además de los géneros tradicionales –poesía, novela, drama– aparecen por vez primera en México el cuento, la novela corta y el cuadro costumbrista. Aunque estos primeros cuentos son verdaderos balbuceos, no dejan de tener importancia, pues ya en ellos encontramos los gérmenes de lo que ha de ser el género durante la época siguiente. Castillo, Prieto, Payno y sus contemporáneos introducen perspectivas y sensibilidades que han de ser refinadas por los literatos de las generaciones venideras; mas ellos fueron quienes, aunque de una manera imperfecta, se dedicaron primero a cultivarlos; sus escritos fueron fuente temática y metodológica en la cual bebieron los productores de la siguiente generación, que pasamos a estudiar.

Consultar

Coester, The Literary History, pp. 334-56; Enrique Fernández Ledesma, Viajes al siglo xix (México, 1933); Galería de fantasmas (México, 1933); González Peña, pp. 151-158. Hespelt; Outline, pp. 44-52; Jiménez Rueda, Historia, caps. xii-xv. Las letras en el siglo xix (México, 1944); Malcolm D. McLean, El contenido literario de El Siglo Diez y Nueve (Washington, D. C., 1940); Pimentel, Novelistas; Guillermo Prieto, Memorias de mis tiempos, 1828 a 1840, 2 tomos (México, 1906); Jefferson R. Spell, “Mexican Literary Periodicals of the Ninneteenth Century”; Arturo Torres Rioseco, Bibliografía de la novela mexicana (Cambridge, Mass., 1933); John Lloyd Read, The Mexican Historical Novel, 1828-1910 (Nueva York, 1939); Arthur R. Seymour, “The Mexican ‘novela de costumbres’”, en Hispania (1925), pp. 283-289.

1 Publicado en La Revista Mexicana, 1835, pp. 551-560. Hay ed. de 1836, México, 40 pp.

2 Diario del Gobierno, xiv, núm. 1437, 6 de abril de 1839, citado por Manuel García Garófalo.

3 Manuel Payno, al hacer la descripción del camposanto de la ciudad de Veracruz, durante su viaje por aquel estado en 1843, comenta: “No observé epitafios dignos de mencionarse. La hija de D. Francisco [sic] Fernández de Lizardi llamado el Pensador Mexicano, reposa allí” [Tardes nubladas (México, 1871), p. 444].

4 También. en Prieto, Prosas y versos, México, 1917.

V. NACIONALISMO
SEGUNDA ETAPA ROMÁNTICA (1867-1883)
Comentario preliminar

Con el triunfo del partido liberal y de la Reforma, la nación entra en una era de paz desconocida hasta entonces. Excepto por la revuelta de la Noria contra Juárez (muerto en 1872), esta época de paz se prolonga con Díaz hasta la primera década del siglo xx. Al amparo de esta calma octaviana, los escritores mexicanos, desligados ahora un tanto de la política, se dedican, con todas sus energías, a la creación de una literatura nacional digna del renombre que México empezaba a obtener. El resultado es un florecimiento literario hasta entonces no sospechado.

En 1867, al restaurarse la República, Altamirano efectúa un llamado a los literatos, tanto liberales como conservadores, para proponerles que aúnen sus talentos y energías, y los dediquen a la creación de esa literatura nacional con la que siempre había soñado durante los trances anteriores al triunfo de la República. El resultado fue la revista El Renacimiento (fundada en 1869), en la que habrían de colaborar tanto los liberales como los conservadores, olvidando las rencillas políticas. Además, Altamirano logró reactivar el difunto Liceo Hidalgo, cenáculo donde se reunían los escritores que han de figurar en la época que se inicia; entre ellos todavía encontramos a algunos de los literatos de la generación anterior: Prieto, Payno; pero predominan los jóvenes: Roa Bárcena, Riva Palacio, Justo Sierra y Manuel Acuña.

Durante este periodo, que en realidad es de transición entre el romanticismo y el modernismo, se siguen cultivando los cuentos de tendencia romántica; este romanticismo retardado se caracteriza por la moderación, tanto en los sentimientos como en los temas. El primitivo cuadro de costumbres de Prieto y Payno obtiene en Altamirano un refinamiento inusitado. Al mismo tiempo, aparece el cuento moderno. Lo que hasta aquí habían sido simples balbuceos son ahora pasos firmes en este género, con escritores como Roa Bárcena y Riva Palacio. “Florece después –observa Ortiz de Montellano– una serie de ‘narradores’ cuyo tipo es don José María Roa Bárcena y un muy distinguido corifeo, el general Vicente Riva Palacio, los que inician el cuento moderno, sustantivo y corto, en un estilo familiar de conversación y de recuerdo para entretener al auditorio”.

A. El cuento sentimental

El cuento sentimental, o romántico retardado, que cultivan Altamirano, Castera y Sierra, es el descendiente directo del cuento romántico de Florencio M. del Castillo. Su principal característica es el predominio de los sentimientos expresados de una manera muy moderada, y hasta sobria algunas veces. En los temas, nada descabellados, predomina el nacionalismo. Este cuento sentimental es el precursor del cuento modernista de Nájera.

Autores

Ignacio Manuel Altamirano (Tixtla, Guerrero, 1834-San Remo, Italia, 1893) es más recordado como poeta y novelista –Rimas, Clemencia, El Zarco–, aunque también escribió cuentos y cuadros de costumbres. Como cuentista, sin embargo, su producción es escasa: una novela y tres cuentos. El primero, “La novia” aparece en El Correo de México en 1867 y también en El Renacimiento en 1869 (i, 471-473), aunque con diferente título: “Las tres flores”. Sobre este “cuento alemán”, que según nota del autor es una traducción, González Peña opina lo siguiente: “Cuentecillo de ambiente extranjero, aunque de pronunciado sabor a romanticismo mexicano, que Altamirano afirma haber traducido cuando estudiante, pero que hay motivos para conjeturar que sea original y propio”. El siguiente cuento ve la luz pública tres años después en El Siglo xix (1870) y bajo el título “Una noche de julio”, que más tarde es abandonado por uno más breve: “Julia”. Ese mismo año, en el folletín de La Iberia, aparece la delicada novelita corta La Navidad en las montañas, obra maestra de Altamirano. Para completar la bibliografía de sus cuentos, mencionaremos la obra “Antonia”, y unas “Cartas sentimentales” aparecidas en El Siglo xix en 1872, cartas que no nos ha sido posible leer para determinar su carácter. Algunos de los relatos arriba mencionados fueron más tarde recogidos en el volumen Cuentos de invierno, del cual se hicieron varias ediciones. También publicó Altamirano durante su vida un volumen de cuadros costumbristas –género que cultivó con gran éxito– titulado Paisajes y leyendas, tradiciones y costumbres de México (1884), el cual contiene algunas de las mejores páginas del autor.

Aunque la obra de Altamirano en este terreno no sea muy abundante, no hay duda de que contribuyó al desarrollo del género en dos maneras: en la selección de los temas nacionales y en la estructura artística de las narraciones. Su influjo sobre los cuentistas posteriores es evidente.

Lecturas: La Navidad en las montañas, en Aires de México, Bib. del Est. Univ., 18 (México, 1940; 2ª ed., 1955), pról. de A. Acevedo Escobedo.

Crítica: José Luis Martínez, prólogos a Clemencia (México, 1949) y a La lit. nac. (de Altamirano) (México, 1949) i, vii-xiii; Monterde, Cultura, pp. 215-217; Read, pp. 159-177; R. H. Valle, Bibliografía de Manuel Ignacio (sic) Altamirano (México 1939); R. E. Warner, “Bibliografía de las obras de Ignacio Manuel Altamirano”, Rev. Iber., iii (1941), pp. 465-512; Historia, pp. 47-55.

Justo Sierra (Campeche, 1848-Madrid, 1912), el famoso maestro de la juventud mexicana, comenzó a escribir cuentos durante sus días de estudiante. Al llegar a la metrópoli, llevó consigo sus primicias literarias, que comenzó a publicar en periódicos y revistas. De 1868 en adelante comienzan a aparecer en el Monitor Republicano sus “Conversaciones del domingo”, algunas de las cuales son verdaderos cuentos. Otras revistas también abrieron sus puertas al joven literato, y el mismo maestro Altamirano publicó en su Renacimiento un cuento de Sierra, “César Negro”. Durante esta misma época escribió la “Novela de un colegial” (abril de 1868), y las “Confesiones de un pianista” aparecieron primero en El Domingo, semanario que vio la luz entre 1871 y 1873. Estos cuentos y otros del mismo periodo fueron coleccionados y publicados más tarde bajo el título Cuentos románticos. En carta de Justo Sierra a Raúl Mille, suscrita en junio de 1895, encontramos la siguiente autocrítica: “Querido amigo: Por empeño de usted, no mío, publico esta colección de cuentos que bien habría podido titular románticamente Amor y muerte. Exceptuando dos o tres, están escritos de 1868 a 1873, entre mis veinte y mis veinticinco años[…] Lleva esta colección su fe de bautismo en el lirismo sentimental y delirante que la impregna…” A pesar del desdén con que el autor veía sus producciones novelescas, son, sin embargo, según juicio de González Peña, “un dato importante en la evolución de nuestras letras: representan, con las novelas de Altamirano, el momento justo en que el romanticismo mexicano en el género novelesco cristaliza en una forma propiamente literaria y artística”.

Lecturas: “La playera”, en Mancisidor, Cuentos siglo xix, pp. 667-684; “La fiebre amarilla”, en Cuentos románticos (México, 1946).

Crítica: Pról. de A. Castro Leal a los Cuentos románticos (México, 1946); Francisco Monterde (ed.), Obras completas de Justo Sierra, ii: “Prosa literaria” (México, 1948); A. Loera y Chávez, pról. a Prosas de Justo Sierra (México, 1917); Carlos González Peña, págs. prels. a Confesiones de un pianista y otros cuentos románticos (México, 1946); Enc. Yuc., vii, pp. 401-436.

Pedro Castera (1846-1906), músico, soldado y periodista, bien conocido por su novela Carmen, nos dejó también sus Impresiones y recuerdos (1882) y su cuento “Las minas y los mineros” (1882), de ambiente y tonalidad romántico-sentimentales. Los coleccionados en este último volumen ya habían aparecido en diferentes periódicos, “con mucho éxito”, según el decir de González Obregón. Altamirano, en su prólogo a la colección, califica el cuento “Tildío” de

bellísima narración en que el interés dramático empieza desde que aparece el pequeño personaje anunciando el fuego en la Mina, que va creciendo instante por instante de un modo violento, y que se sostiene admirablemente hasta las últimas líneas, hasta el paseo triunfal del heroico niño morrongo de la Preciosa, tipo generosísimo que no desdeñaría Victor Hugo.

Además, la colección comprende los cuentos “En la montaña”, “Una noche entre lobos”, “En plena sombra”, “La guapa”, “El pegador”, “En medio del abismo”, “Los maduros”, “Un combate” y “Sin novedad”.

Lecturas: “Sobre el mar” y “Un amor artístico”, en Mancisidor, Cuentos siglo xix, pp. 131-158.

Crítica: C. González Peña, pról. a Carmen, memorias de un corazón (México, 1950); Warner, pp. 79-82.

B. El cuento anecdótico

El cuento anecdótico consiste en hacer uso de un asunto sencillísimo (muchas veces de una simple relación) para entretejer un cuento. El secreto consiste en saber contar y en sugerir una emoción. Los maestros de este tipo de cuento son Roa Bárcena y Riva Palacio. Con ellos nace el cuento moderno en México, género que en los Estados Unidos había iniciado Edgar Allan Poe.

Autores

José María Roa Bárcena (Jalapa, Ver., 1827-ciudad de México, 1908) ocupa, como cuentista, un alto puesto en la literatura mexicana. Cornyn lo ha llamado “el Poe de México”, y de sus cuentos ha dicho que en cuanto a la caracterización de los personajes, el desarrollo de los temas y la coordinación de los materiales que usa, son los mejores que se habían escrito en México.

Noche al raso –colección de cuentos unidos por un cuadro semejante al del Decamerón de Bocaccio y Los cigarrales de Toledo, de Tirso– es obra digna de figurar entre las mejores del género. De ella dijo don Juan Valera en sus Cartas Americanas: “Noche al raso es lindísima colección de anécdotas y cuadros de costumbres, por donde el ingenio, el talento y la habilidad para narrar están realzados por la naturalidad del estilo y por la gracia y primor del lenguaje castizo y puro, sin la menor afectación de arcaísmo”. El escenario de Noche al raso, se podría agregar, es mexicano: el camino entre Orizaba y Puebla. El motivo no es muy original: el tener que dormir una noche al raso por la descompostura de la diligencia. El grupo de pasajeros se entretiene narrando cuentos. Los mejores de ellos son el del procurador (“El crucifijo milagroso”), el del farmacéutico (“La docena de sillas para igualar”, cuento cuya base es un topillo, tan popular en México) y el del almonedero (“El cuadro de Murillo”, tema que había de repetir Riva Palacio). De menos interés son los cuentos del militar (“El hombre del caballo rucio” y “A dos dedos del abismo”).

Algunos de los mejores cuentos de Roa Bárcena fueron publicados después de 1870; entre otros hay que mencionar “Lanchitas” (1878), “El rey y el bufón” (¿1882?) y “Combates en el aire” (¿1892?). Sobre la génesis de “El rey y el bufón” el autor nos dice: “El esqueleto de este cuento ha sido exhumado de los libros ingleses de caballerías del siglo xiii. El autor, más aficionado a las limpias y frescas pastas modernas que al polvo de los cronicones, halló el asunto en el Curso de literatura francesa de Villemain”. A pesar de esa aversión a los cronicones, no hay duda de que de uno de ellos salió el tema de su obra maestra, el inolvidable “Lanchitas”, en el cual, según el decir de Valera, “la fantasía del autor y su arte y buena traza prestan apariencias de verosimilitud y hasta de realidad al prodigio más espantoso”. El origen de la conseja utilizada por Roa Bárcena para entretejer su fantástico cuento fue descubierto por don Luis González Obregón; en su leyenda “La calle de Olmedo” revela que, según un proceso que existe en el Archivo General de la Nación, el hecho referido por Roa Bárcena ocurrió el 15 de septiembre de 1791, “y cuyo secreto se llevó a la tumba el sigilo inquebrantable del discreto y cumplido sacerdote D. Juan Antonio Nuño Vázquez”. La popularidad del cuento de Roa Bárcena lo prueba el número de imitadores que comenzó a tener inmediatamente después de su publicación. Entre otros autores que se aprovecharon de él citemos a Ángel R. Arellano, a Riva Palacio, a Juan de Dios Peza y al propio González Obregón. El mérito de la obra de este escritor consiste, por supuesto, en haber creado un cuento cabal de una simple conseja; el incidente del pañuelo, fundamental en “Lanchitas”, sirve para transformar lo inverosímil en verosímil. Los trabajos de Roa Bárcena marcan un adelanto bien definido en el desarrollo del cuento mexicano.

Lecturas: “Lanchitas”, “El crucifijo milagroso”, “El cuadro de Murillo”.

Crítica: J. Jiménez Rueda, pról. a Roa Bárcena, Relatos (México, 1941), Bib. del Est. Univ. 28; “Noticia del autor”, pról. en Obras, i (México, 1897), pp. i-xv; Manuel G. Revilla, “El historiador y el novelista C. José M. Roa Bárcena”, en Memorias de la Acad. Mex., iv (1910), pp. 263-287; Renato Rosaldo, “Roa Bárcena y sus traducciones del alemán”, en Ábside, ix (1945), pp. 329-340.

Vicente Riva Palacio (ciudad de México, 1832-Madrid, 1896), general, periodista y político –más recordado como novelista e historiador, debe no poca de su fama a Cuentos del general, colección de 26 deliciosos relatos escritos en estilo castizo, y en los cuales sobresale el humorismo y la ironía, características predominantes en las obras más logradas del autor, como lo son estos cuentos y su galería de contemporáneos, Los ceros.

Aunque los Cuentos del general vieron la luz pública el mismo año de la muerte del autor (1896), fueron escritos con mucha anterioridad. Como observó Manuel Toussaint, el argumento de “El buen ejemplo” aparece en Los ceros, libro publicado en México en 1882. No hay duda, sin embargo, de que muchos de los cuentos fueron escritos en Madrid, pues acusan el influjo de la Corte y de la vida española.1 Menos numerosos son los de asunto colonial mexicano, basados en anécdotas extraídas de las crónicas de la Nueva España; en unos cuantos se trasluce el influjo de los franceses: “La gata coja”, “La expiación”, “La bestia humana” y “En una casa de empeños”.

Los más típicos cuentos del general son aquellos inspirados en una anécdota, como “El buen ejemplo”, “Un Stradivarius” (repite el tema de “El cuadro de Murillo” de Roa Bárcena), “La burra perdida” y otros. También se supera en la graciosísima fábula “El divorcio”, y sólo sentimos que no haya explotado más esta tendencia. En general, todos los cuentos de Riva Palacio tienen un argumento bien redondeado, característico del estilo del autor. No hay duda de que con los Cuentos del general el desarrollo del cuento mexicano da un gran paso.

Lecturas: “El buen ejemplo”, “El divorcio”, “La horma de su zapato”.

Crítica: Manuel Toussaint, pról. a Cuentos del general (México, 1929); Pedro Serrano, El general, silueta del excelentísimo señor don Vicente Riva Palacio, con varias anotaciones (México, 1934); Luis Leal, “Dos cuentos olvidados de Vicente Riva Palacio”, Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, 27 (1958), pp. 63-70; Luis Leal, “Vicente Riva Palacio, cuentista”, Revista Iberoamericana, 22 (julio-diciembre, 1957), pp. 301-309; Luis Leal, “Los cuentos del general”, Literatura mexicana 72 (1996), pp. 325-333), núm. dedicado a Riva Palacio.

Resumen

En este corto periodo de transición entre el romanticismo y el modernismo, los literatos por primera vez logran trabajar en paz. El resultado es un renacimiento de las letras. Las tendencias europeas evidentes en el periodo anterior siguen teniendo influjo sobre el desarrollo de la literatura mexicana. Altamirano, sin embargo, realiza un esfuerzo por crear una literatura nacional; en sus cuentos, novelas y artículos costumbristas emplea temas y motivos mexicanos.

Él y Justo Sierra, románticos retardados, cultivan el cuento sentimental.

El desarrollo del género da un gran paso durante esta época: dos escritores, Roa Bárcena y Riva Palacio, escriben por vez primera verdaderos cuentos, cuentos que podemos llamar modernos en toda la extensión de la palabra. Su influjo sobre los cuentistas de la generación siguiente, que pasamos a estudiar, es notorio.

Consultar

Coester, The Lit. History, pp. 341-362; González Peña, pp 203-209; Juan B. Iguíniz, Disquisiciones bibliográficas (México, 1943); Jiménez Rueda, Historia, caps. xv, xvi y xix; Concha Meléndez, “Novelas históricas de México”, en El libro y el pueblo, xiii, núm. 3 (noviembre, 1939), pp. 113-124; Francisco Monterde, “Estudio histórico de la novela mexicana”, en Iguíniz, Bibliografía; Ernest R. Moore, “Obras críticas y biográficas referentes a la novela mexicana anterior al siglo xx”, en Revista Iberoamericana, iii (1941), pp. 235-264.

1 En las pp. 237-239. Tamb. en El Siglo xx (1 de noviembre de 1982); allí mismo: “ciento por uno” (15 de septiembre de 1887), “El hermano Cirilo (11 de junio de 1986), “La limosna” (4 de marzo de 1896) y “Perico” (12 de febrero de 1896). Cinco “Cuentos del general” aparecieron en la Ilustración Española y Americana (Madrid) en 1893.

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