Kitabı oku: «Las tres estaciones», sayfa 5

Yazı tipi:

–Buenos días, gracias.

Mientras camino hacia la banda de equipaje no logro llegar a ninguna conclusión sobre el resultado de mi experimento.

Ahora que son las once con veintiocho y ya pasé por la ventanilla de los pasaportes y acabo de recoger mi maleta y de constatar que Jorge está en la fila de la aduana, desde donde vuelve a hacerme señas que respondo con un gesto ciertamente enigmático, decido hacer un nuevo experimento. Pondré cara de sospechoso. Ni un gesto ni un movimiento: sólo me esmeraré en poner mi expresión de tipo altamente sospechoso.

Son las once con treinta y nueve y debo admitir mi más absoluto fracaso: oprimí el botón del foco que indica quiénes deben someter su equipaje a la revisión de los agentes y quiénes no, me esmeré en mi expresión de sospechoso imperdonable y se encendió la luz verde, franqueándome el camino. Vi cómo esculcaban impecablemente la maleta de Jorge y me despedí de lejos, indicándole con gestos enérgicos que hablaríamos por teléfono. Él dijo algo que no alcancé a oír.

Ahora estoy en el asiento trasero de un taxi grande y amarillo, mantengo mi expresión de sospechoso número uno pero, cuando el coche llega a la costera, le pido al taxista cordialmente que disminuya un poco a la velocidad para dejarme sentir la brisa marina.

Llego al hotel cuando el reloj de la recepción marca las doce y cuarto. Pido una habitación en uno de los pisos altos, con balcón y cama matrimonial, frente a la bahía.

Tardo veinte exactos minutos en acomodar mi ropa en el clóset y la cómoda del cuarto, observar que la vista es realmente fenomenal, darme un baño rápido y prepararme para la comida programada a la una de la tarde. Intentaré apresurar todos mis pendientes para tener tiempo libre mañana y pasado, cuando la joven esté conmigo. Pienso, por primera vez, como parte de una serie de pensamientos idénticos que se repetirán a lo largo de la tarde, que la vida está llena de sorpresas y que el mundo tiene sus cosas.

* * *

Son cinco para las nueve, me estoy muriendo de hambre, recojo en la recepción las llaves del mil seiscientos catorce. Ningún recado, claro. En dos horas, dos y media a más tardar, la joven estará aquí. Estoy agotado. Decido: un baño, un sándwich, una cerveza fría; cuando ella llegue, pido la cena; quiero que sirvan la cena en la mesita del balcón, sobre las luces y sombras de la bahía.

Decido: me rasuro, un sándwich, una cerveza, y luego un baño de tina tibio, inmenso, que dure por lo menos una hora, renovando el agua cada tanto. Decido pedir, junto con el sándwich y la cerveza, una cajetilla de cigarros y el periódico de la tarde.

Me he acostumbrado a aceptar con calma la idea de dormir vestido cuando estoy en algún hotel tras un día de trabajo agotador. Pero hoy, ni pensarlo.

Son las diez y media, veo en la televisión una película titulada The hanging tree , con Gary Cooper y María Schell. Gary Cooper es médico y hace trampa cuando juega a las cartas. María Schell es enfermera y ciega. Además hay un marido desalmado y muchos balazos y muchas golpizas.

Son ocho para las once, cambio de canal en busca de algún noticiario. No encuentro ninguno. Vuelvo a Gary Cooper. Mi afiladísimo sentido de análisis me indica que una enfermera ciega es uno de los absurdos más grandes de la historia del cine. Mi acelerado sentido de atracción por la risa me lleva a apostar contra mí mismo que Gary Cooper terminará en la horca por todas las trampas que ha hecho en el póquer durante los últimos cinco minutos. Pero no me animo a apostar contra mí mismo si María Schell va a recuperar la vista o no.

El sonido del teléfono es como un par de agujas que se clavan a ambos lados de mi cabeza. Antes de contestar veo que me dormí con la televisión encendida, que Gary Cooper ya no está ahí, sólo la pantalla y su llovizna luminosa, y que son diez para la una de la mañana.

–Por fin –murmuro, al contestar.

Del otro lado de la línea, y sobre un ruido de fondo conformado por muchas voces y algunas risas, oigo a Jorge:

–Pues sí, ¡por fin! No me dijiste en qué hotel te ibas a quedar, pasé horas hablando a todos los hoteles de la ciudad. Ni te imaginas qué me pasó.

–No, Jorge, ni me lo imagino–interrumpo, cayéndome de sueño e irritado por la euforia de su voz.

–Estoy aquí abajo, en el casino de tu hotel. ¿Y sabes qué es lo mejor? Me acabo de sacar dos premios gordos seguidos. El quince, mi estimado, ¡el quince! Dos veces, ¿lo puedes creer? ¡Dos veces seguidas! Ah, lo sabía, lo sabía: cuando te encontré en el aeropuerto hoy en la mañana, pensé: “Es una buena señal”. ¿Me escuchas?

–Qué suerte, Jorge. Qué bueno –digo, y cuelgo.

Me hundo en el sueño poco a poco, tendido sin desvestirme en la cama, y en esa lenta inmersión veo el atardecer y a la joven en una playa extranjera, y voy hundiéndome y hundiéndome, y siento que cumplí la promesa.

EN EL JARDÍN

Y cuando ya no sabía de dónde agarrarse, se largó a cuidar de la memoria como un jardinero cuidaría la tierra. Como si fuera algo especial.

Dividía su memoria como la abuela, años antes, dividía un pastel en rebanadas. Y a cada rebanada le dedicaba un tiempo.

Así había pasado casi una semana recordando la casa de su infancia, el jardinero que plantaba flores blancas, el pino que crecía junto a la ventana del cuarto de la hermana, las noches que cruzaba el cuarto de su hermana para salir por la ventana y bajar por el pino hacia la oscuridad de la noche.

Luego dedicó dos semanas enteras a recordar, día a día, todas las pláticas que había entablado con Horacio en Buenos Aires, cuando vivían en la misma ciudad. Horacio había inventado una extraña combinación culinaria y se la pasaba divirtiéndose, iba a restaurantes y pedía tallarines a la Horacio, que nadie sabía cómo eran. Él les explicaba: a la mantequilla, con pimientos y una milanesa. Comía como un pajarito, alababa su propia receta y contaba todas las historias que pretendía escribir algún día y que jamás escribió.

Un día surgió la rebanada de memoria que ocupaba Julia y entonces empezó a sentir un tiempo distinto, de cansancio: un cansancio que lo ahogaba, un cansancio de agua.

La presencia de Julia se había convertido en un fantasma pegajoso, había ocupado el espacio de todas las demás rebanadas de su memoria, invadía historias ajenas, se metía con otra gente en paisajes que no eran suyos, donde nunca había estado, y él ya no sabía a ciencia cierta dónde situar a Julia en su memoria o dónde situarse en la memoria de Julia.

En aquel tiempo viajó primero a San José de la Montaña y se hospedó en un hotel con la determinación de escribir un concierto para flauta. No escribió nada, pero pasó algunas noches en la cama de una joven llamada Carmen, que había cruzado el mar sin saber por qué.

Después viajó a Barcelona al lado de la joven llamada Carmen, y vivieron dos meses juntos. Pasados los dos meses, viajó a un pueblito de la costa, rentó un pequeño departamento y empezó a escribir el mismo concierto para flauta. Julia invadía sus noches y no lo dejaba dormir. Veía la mañana escurrirse sobre el mar, y poco a poco fue comprendiendo que jamás podría escribir el concierto para flauta si no se libraba de aquella rebanada de memoria.

Pensó en regresar a San José de la Montaña y luego decidió detenerse en cualquier otro pueblito de América Central. Fue a parar a Managua, aunque nunca supo explicar por qué. Pasó doce días instalado en un cuarto de hotel y la noche del último día empezó a escribir el concierto para flauta. Escribió la primera parte del primer movimiento, pero algo no estaba bien con la orquesta. Pensó que la orquesta estaba llena de vacíos y concluyó que eso era muy natural, pues no era posible arrancar bien en una sola noche. Le quedaba claro el camino que debía seguir la flauta, pero había vacíos en la orquesta y, en consecuencia, decidió que era imposible escribir un buen concierto en Managua y se fue a la Ciudad de México.

Rentó una casa al fondo del terreno de una casona grande y vetusta. Pasó dos o tres días pensando que el vacío de la orquesta se debía al vacío del recuerdo de Julia, que había desaparecido para siempre una noche en la que él, desde la ventana del hotel, adivinaba, en la oscuridad, el lago de Managua.

Terminó rápidamente la primera parte del primer movimiento del concierto para flauta, y entonces la orquesta empezó a crecer con una rapidez alucinante, mientras el camino de la flauta se perdía.

Por aquellos días, Arthur pasó por México rumbo a Los Ángeles, para hacer una serie de grabaciones de Rajmáninov. No le dijo nada sobre sus problemas, ahora centrados en la flauta. Sólo le dijo que había empezado a componer el concierto y que pretendía terminarlo antes del verano, época en que le pagarían el encargo y viajaría a Río de Janeiro, donde pasaría dos meses dirigiendo una orquesta.

Arthur durmió, comió y bebió, y el día en que volaba a Los Ángeles le dijo que se había encontrado a Julia hacía tres meses en una fiesta en Venecia, y que estaba guapísima. La siguiente semana pudo, trabajando día y noche, concluir el concierto, que no le quedó ni bien ni mal.

Llamó a un copista para pasar en limpio las partituras, corrigió algunos pasajes del chelo, marcó mejor algunos ritmos con los clarinetes, reforzó el canto triste de dos trombones y llamó a su agente para confirmar las fechas de sus conciertos en Río de Janeiro. Tres días antes de volar lo invitaron a una fiesta en la embajada francesa y estaba a punto de naufragar en un mar de aburrimiento cuando decidió ir al jardín. Bajaba la escalera de la terraza que conducía al jardín y al estrecho camino de piedras que desembocaba en la alberca cuando oyó una risa. Se dio media vuelta y ahí estaba: una mujer morena que se reía como Julia.

Le preguntó a un francés quién era aquella joven. El francés se llamaba Francis y fumaba un puro enorme. Dijo que no la conocía, que era una uruguaya que pintaba malos cuadros.

Pasó unos instantes mirándola y luego se dirigió al jardín. Se tendió en el pasto y poco a poco se quedó dormido, sintiendo en el aire un viento de pinos y flores blancas, y recordando el jardín de su infancia. Era más fácil.

Tres días después abordó un avión con el concierto para flauta debidamente corregido en el equipaje y, en el asiento de al lado, la joven uruguaya que pintaba malos cuadros pero que tenía la risa más hermosa que él hubiera visto en la vida.

La temporada en Río de Janeiro fue un éxito, y él pasó noches sin fin con la joven uruguaya, que una mañana de domingo voló rumbo a Uruguay prometiendo volver algún día, mientras él volaba hacia Managua prometiendo no volver nunca.

No volvió nunca y Julia jamás fue a Managua. En Managua intentó primero escribir un segundo concierto para flauta, luego quiso escribir un conjunto de seis piezas para piano, luego se acercó suavemente y para siempre a una joven de vestido verde, luego intentó un quinteto para clarinete, pero no podía sacarse de la cabeza un movimiento de Mozart.

Decidió pasar seis meses sin intentar hacer nada, mientras por teléfono su agente le avisaba que su cuenta bancaria estaba cada día más raquítica. Pasados los seis meses le informaron, por teléfono, que ya no tenía agente ni cuenta bancaria.

El radio anunciaba peligros, la joven de vestido verde tenía unos ojos enormes que también estaban llenos de peligro, pero él apenas si se daba cuenta de todo eso.

Le escribió a Arthur preguntándole por Julia, Arthur no contestó. Nunca supo que Arthur no sabía nada de Julia.

La última noticia que se tuvo de él fue que se encargaba de cuidar los jardines de un ministerio en Managua, y que había pedido un empleo de jardinero en la embajada de Francia con la esperanza de que algún día hubiera una fiesta y apareciera la joven que se fue a Uruguay prometiendo volver.

AQUELLA MUJER

(Para Juan Rulfo)

Él tenía sesenta y cinco años y aparentaba más. Era de una elegancia extrema. Me gustaban sus trajes y sus corbatas. Usaba zapatos con agujetas, siempre pulidos, que siempre parecían recién comprados. Era esmerado en sus gestos, sólo hablaba en voz baja y tenía un humor corrosivo. Era de una vanidad discreta y de una generosidad que desbordaba su fragilidad. Le gustaba la música medieval, hablaba de los tiempos de los trovadores, imaginaba delicadas princesas cautivas de amores imposibles. Fumaba cigarros sin filtro y tomaba café fuerte en grandes tazas. Dormía pocas horas por noche. Comía como un pajarito. Tenía un mar de tristeza guardado en los ojos. Hasta su risa era tristísima. Vivía en una soledad inmensa. Creo que fue la persona más solitaria que conocí. Un hombre de campo, de la aridez de los páramos, que desde los dieciséis años vivía cercado de ciudad por todas partes. Eso no hacía sino aumentar su soledad y su silencio.

Era mayor que mi padre y, como si fuera él, hacía un enorme esfuerzo por protegerme, por proteger a mi mujer y a mi hijo de los males del mundo, de los peligros de la vida. Era un poco miedoso ante las cosas de esta vida y este mundo, pero detestaba sentir miedo y detestaba que lo notaran. Yo lo notaba, claro. Y hacía un enorme esfuerzo por protegerlo de esos mismos males del mundo, de esos mismos peligros de la vida.

La diferencia más evidente es que mi padre lo hacía todo de una manera discreta y silenciosa. Él no: él daba consejos directos, hablaba a mi casa casi dando órdenes para advertirme de peligros y amenazas que sólo él veía.

Era dueño de un alma dilacerada, y con frecuencia se dejaba ofuscar por los fulgores de una angustia ancestral, permanente, arraigada. Yo lo quería como se quiere a un amigo de toda la vida. Ya me había acostumbrado a que me hiciera falta, pero de un tiempo a esta parte me envuelve esa opresión constante de las ausencias más hondas, que el tiempo devuelve cada tanto sin advertencia ni criterio, y entonces mis recuerdos se turban y acabo conviviendo con mis amigos que se fueron y siento su falta como el peso de un sol que de pronto se desplomara y me cayera encima. Pero no quiero hablar de eso ahora.

Era, sí, un hombre solitario. A veces, en nuestras reuniones semanales, inventaba historias, tramas, personajes. Las historias con frecuencia se alargaban y nuestras reuniones semanales se convertían en una especie de serie, una de esas viejas series de cine de la juventud: un capítulo tras otro.

Debo admitir que nunca supe a ciencia cierta si lo que me contaba de su infancia eran recuerdos o fantasmas inventados para cubrir otros fantasmas.

Un día me contó una historia de amor. Fue la última de las historias que me contó. Duró meses. Fue entonces cuando al fin pude hacerme una idea del tamaño infinito de su soledad.

Me contó que estaba viviendo un amor decisivo, su último gran amor. Una joven de Tucumán, del interior de Argentina, a la que había conocido en Italia cinco años antes. “Estuve con ella muchas veces, cada vez que viajo nos encontramos en los lugares más insólitos e inesperados”, susurró. “La última vez fue cuando estuve en París y Berlín. Ayer le hablé por teléfono. Casi nunca le hablo, porque me hace mucho daño oír su voz. Prefiero las cartas, que no tienen sonido. Pero ayer le llamé. Hablamos casi una hora. Y ya me decidí: voy a dejarlo todo para irme a vivir con ella. Quiero sentir esa felicidad hasta el fin, creo que la vida me debe esa luz.”

Me habló de los ojos claros, del pelo negro, de la delicadeza de la joven. Me contó que le gustaban los cuartetos y quintetos de Mozart, que le gustaban las sinfonías de Brahms –él tenía sus reservas en cuanto a las grandes orquestas, aquellas inmensas formaciones; decía que a esas alturas de su vida lo que en realidad le gustaba era la esencia–, y que hablaban mucho de todas esas cosas.

Me dijo que con aquella joven era feliz. Que, por primera vez en su vida, era feliz. Me lo dijo como quien cuenta cualquier banalidad, pero yo conocía su alma lo suficiente como para entender que lo que decía era la confesión más densa, desesperada y gravosa, y también para entender que era mentira.

Durante tres meses, en nuestras reuniones semanales, no hablamos de otra cosa. Claro que muchas veces nos encontrábamos en casas de amigos, de vez en cuando íbamos a comer y nos hablábamos por teléfono casi todos los días, pero nuestras reuniones del miércoles eran un espacio sagrado. Y en esas reuniones sólo hablábamos de la decisión que había tomado, de lo difícil que sería abandonar toda una vida, de lo que haría con su casa, con sus hijos, con su empleo, y de cómo reuniría dinero y a dónde se iría a vivir con la joven de Tucumán –“Es mucho más joven que yo, también debo tenerlo en cuenta, pero eso no me preocupa mucho.”

Un día me contó que la joven tenía cuarenta años y que vivía con su madre y una hermana. Cuando empezó el verano, y aquel fue un verano bravo, me informó: “Hablé con ella por teléfono, otra vez. Decidimos que vamos a vivir en Río de Janeiro”. Y entonces dedicamos semanas a planear cómo sería la vida de los dos en Río de Janeiro.

Le conseguí un departamento prestado en la avenida Atlántica: seis meses frente al mar, sin pagar renta. Me dijo que debería tener un teléfono. Le dije que le había conseguido un teléfono. Me dijo que debería tener un coche. Le dije que había conseguido que el vicegobernador le prestara un coche con chofer el primer mes, después veríamos qué hacer. Me dijo que debería tener un empleo que no ocupara mucho tiempo pero que le bastara para vivir. Le dije que le había conseguido un empleo de profesor visitante en la Universidad Federal. Daría dos conferencias de una hora a la semana sobre lo que quisiera –de preferencia literatura latinoamericana–, a cambio de una beca de cuatro mil dólares al mes.

“Eso, más el dinero que tengo, resuelve el problema”, afirmó con una sonrisa. Y los preparativos fueron avanzando, fuimos dándole la vuelta a los problemas.

En una de nuestras reuniones me contó que había hablado con dos de sus hijos, que lo habían entendido todo y que le aseguraban que estaban dispuestos a ayudarlo. “Va a ser difícil hablar con mi mujer, pero ya sabes: la decisión está tomada, no voy a dar marcha atrás. Tengo derecho a esa felicidad.”

Quince días más tarde, apareció enormemente feliz: “Conseguí una licencia de un año con goce de sueldo. Estoy listo”. Entonces fijamos la fecha: yo necesitaba tenerla clara para hablar con el dueño del departamento, la compañía telefónica, el vicegobernador y el rector de la Universidad Federal. “El quince de septiembre”, me dijo. Le comenté que ese día cumplía años mi hermano y que en esa época del año el clima de Río solía ser agradable.

Hablamos incluso de la aerolínea, de los horarios de los vuelos: él quería llegar al aeropuerto de Río de Janeiro a la misma hora que la joven de Tucumán, decía que ya no quería vivir ninguna espera, que por fin volaría hacia esa felicidad última que la vida le debía desde siempre. Le pregunté si quería que mi hermano fuera a recogerlo al aeropuerto. Me dijo que sí, pero después cambió de opinión: quería empezar su nueva vida así, solos los dos frente a lo desconocido de la vida.

Ese año, el 15 de septiembre caía en miércoles, el día de nuestra reunión semanal. Acordamos comer tarde, después de comer lo acompañaría al aeropuerto.

Fui más puntual que nunca. Cuando llegué al restaurante, él estaba sentado solo, esperándome. Tenía puesto un viejo saco de tweed oscuro, la camisa sin corbata, el cuello abierto con cierto descuido, una barba de días salpicada por la cara gris y flaca, y estaba despeinado. Llevaba lentes de sol y se estaba tomando una limonada. El pequeño cenicero estaba cubierto de colillas de cigarros sin filtro, sus Pall Mall preferidos. Le pregunté si estaba ahí desde hacía mucho. “Llegué temprano”, murmuró. “Hace una hora y media, más o menos. En realidad, ni me fijé.”

Y se hundió en el silencio. No pregunté nada. Después de un rato, pedimos comida. Sólo quiso una sopa y un omelet. Cuando llegó el café, me contó:

–Le hablé el lunes en la noche. Todo estaba bien. Sólo quería volver a confirmar a qué hora llegaba su vuelo de Buenos Aires. Y entonces me dijo que no podía. Que no quería lastimarme, pero que no podía. Que había pasado noches sin dormir para llegar a esa conclusión. Que no quería lastimarme. Lo dijo un montón de veces. Pero que no podía.

Le pregunté qué había dicho él. Se quedó mirando al mantel, sus manos en el mantel, el cenicero en el mantel, el vaso vacío, y me contó: “Le dije que lo entendía. Que no había problema. Que se cuidara, que no se preocupara por mí. Pobrecita. Estaba muy triste. Estaba derrotada. Pobrecita”.

Poco después nos levantamos. Se despidió de mí en la calle. No quiso que lo llevara a su casa. Me dijo que tenía que resolver algunos asuntos urgentes. Y se fue caminando bajo el sol del fin de la tarde. Me quedé ahí viendo alejarse a mi amigo con el cuerpo ligeramente encorvado, cargando todo el peso de una tristeza más grande que la felicidad que le debía la vida.

Esa fue la última historia que me contó. Seguimos viéndonos, seguimos con nuestras charlas, pero nunca volvimos a mencionar a la joven de Tucumán, su novia postrera, su última oportunidad de ser feliz para siempre.

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9786078764136
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